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Batalla de Santiago (1957)



La Batalla de Santiago (o los "sucesos del 2 de abril") fue el nombre que se le dio a las protestas realizadas los días 2 y 3 de abril de 1957 en la ciudad de Santiago de Chile, y que terminaron en enfrentamientos con la policía que dejaron una veintena de muertos, por las cuales el Gobierno de Chile declaró estado de sitio y sacó al ejército a la calle.[1]

Durante el segundo gobierno de Carlos Ibáñez del Campo (1952-1958), el país sufrió una crisis económica que, incluso tras la adopción de diversas medidas económicas, no fue controlada. Ante esta situación, el gobierno contrata la misión Klein-Sacks, la cual propuso que se adoptaran medidas de corte más liberal, en abierto contraste con la política proteccionista establecida hasta entonces.[2][1]

Entre otras cosas, Klein-Sacks propone congelar el aumento de salarios y eliminar la fijación de precios en algunas áreas. El gobierno de Ibáñez adopta algunas de esas medidas, lo que provoca el malestar de la población. Lo que detonó la crisis fue el alza de la tarifa del transporte público. Ante esta situación, las principales organizaciones sindicales, encabezadas por la Central Única de Trabajadores, convocan para una gran movilización nacional los días 2 y 3 de abril de ese año. Un poco antes, en Valparaíso, se produjo una marcha que terminó en enfrentamientos con Carabineros, acciones que se repitieron los días posteriores.[1]​ Las barricadas impresionantes de la noche del sábado 30 en Valparaíso fueron acompañadas de un espíritu festivo. La prensa denunció que bares y cantinas funcionaron hasta la madrugada, y que se había visto “grupos de exaltados que avanzaban por Avenida Argentina en total estado de ebriedad”.[3]​ Contra la multitud de proletarios rabiosos el Estado responde con descargas de fusilería.[2]

La movilización en Santiago contó con el apoyo de sindicatos, centros de estudiantes y otras organizaciones sociales, así como partidos como el Frente de Acción Popular y el radicalismo.[4]

A diferencia de lo ocurrido en Valparaíso, la movilización en Santiago se desarrolló de manera espontánea, con la gente llegando desde distintas partes y uniéndose en el camino. Así, la movilización llegó a tener cerca de 20 mil personas en el centro de la capital. Pronto comenzaron algunos disturbios. Carabineros intervino, pero los disturbios no concluyeron, sino que se agravaron. Cientos de personas atacaron y destruyeron varios locales comerciales, vehículos de transporte público, y otras propiedades públicas y privadas.[1]

La violencia de masas, por su parte, se expresó en múltiples formas de desobediencia y ataque, de la que dan cuenta algunos extractos de la prensa:

Ante estos hechos, el Gobierno decide suspender provisoriamente las sesiones del Congreso y decreta el estado de sitio, sacando a la calle varias unidades del ejército al mando del general Humberto Gamboa, las cuales se unen a la policía y se enfrentan contra los manifestantes.[1]

Al caer la noche del día 2, el general Gamboa informó que la jornada había dejado 16 muertos y cerca de 5000 heridos. [1]​ A las 2.15 horas del miércoles 3 de abril fue asaltada la imprenta Horizonte. En esos momentos trabajaban en ella veinte operarios y el redactor de turno, periodista Elmo Catalán Avilés.

Al día siguiente, la policía civil allanó y requisó elementos de medios de prensa opositores al gobierno. Días después, el Gobierno fue investido de facultades extraordinarias por parte del Congreso, lo que le permite detener y relegar a dirigentes opositores.[nota 1]

La Batalla de Santiago significó un golpe mortal para el gobierno de Ibáñez, que vio con esto prácticamente terminada su carrera política. Asimismo, significó el punto de partida para que partidos como el socialista abandonaran la política conciliadora y unificadora que lo ubicaba dentro de la centroizquierda del espectro político haciéndolo girar hacia una postura más confrontacional y radicalizada, acercándose al Partido Comunista y al marxismo, con el que había tenido fuertes divergencias en el pasado incluso catalogable de rivalidad. Otros partidos, como el radical, empiezan a sufrir divisiones internas.[1]



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