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Dioses primordiales de la mitología griega



En las cosmogonías y teogonías de la mitología griega aparece una serie variable de entidades o deidades primordiales que existieron en los inicios del mundo, generalmente identificadas con elementos o principios naturales.[1]

Los mitos cosmogónicos eran habituales en el Oriente Próximo desde el III milenio a. C.. Con el auge de su civilización, los poetas griegos comenzaron a adoptar estos mitos. Los primeros intentos se aprecian en la Ilíada de Homero, en un pasaje del canto XIV en el que Hera dice que quiere reconciliar «a Océano, padre de los dioses, y a la madre Tetis», reminiscencia del mito babilónico de Apsu y Tiamat recogido en el Enûma Elish.[2]​ La idea del agua como elemento primordial prefigura a Ferécides de Siros y a Tales de Mileto.[3]

La cosmología órfica intenta llenar el abismo entre un Caos vacío y el mundo visible con un relato distinto, según el cual al principio de todo estaban Caos, la noche (Nix) y Erebos. Nix habría puesto un huevo, del que surgió Eros, que en otros relatos es denominado Fanes, Protogonos (el «primer nacido»)[4]​ y conocido además como Metis y Erikapaios o Erikepaios), pero se trata del mismo padre (o madre, dado que en algunas versiones se lo describe como hermafrodita) de una gran cantidad de generaciones de dioses.[5]​ De hecho, la fuente más antigua que se conserva, la comedia Las aves de Aristófanes, solo habla de Eros (no de Fanes) para referirse al nacido del huevo originario de Nix.[6]Nix (Noche) es también mencionada como primer principio por muchos poetas y filósofos griegos. En el orfismo temprano, Noche es la madre del Cielo; la colección imperial de Himnos órficos, tras dos himnos introductorios, comienza con un himno a Noche; es el primer elemento para Museo y, junto con el Aire, para Epiménides.[7]

Para el filólogo clásico Herbert Jennings Rose, mientras Homero organiza a los dioses a la manera en que se haría con un clan humano, Hesíodo presenta una cosmogonía de entidades primigenias que solo luego se van enlazando genealógicamente.[5]​ Para encontrar una genealogía completa y propia hay que recurrir a la Teogonía de Hesíodo,[8]​ que es tanto una cosmogonía como una teogonía, y puede considerarse la tradición mitológica griega más fundamental, punto de partida para los desarrollos posteriores.[9]​ Un ejemplo de la manera en que la especulación ulterior se apodera de la narración hesiódica se ha señalado en Las metamorfosis de Ovidio, donde Caos se presenta como una mezcla completamente informe de los elementos o de las propiedades esenciales de la materia, tales como duro y blando, pesado y liviano, etc.[5]

No hay una clasificación o definición estricta de las entidades o divinidades primordiales griegas. Algunos autores consideran cuatro primeras entidades o elementos primordiales: Caos, Gea, Tártaro y Eros.[10][11]Jan N. Bremmer habla de Urano (el cielo), Ourea (las montañas) y Pontos (el mar), una primera generación de descendientes concebidos sin relación sexual debido a su estatus primordial.[12]​ Otros, como C. Scott Littleton en Gods, Goddesses, And Mythology, hablan de una «segunda generación de deidades primordiales», los hijos de la «pareja primordial» representada por Urano y Gaia: titanes, hecatónquiros, cíclopes...[13][14][15]

Tras un himno introductorio a manera de proemio en el que canta a las musas, comienza la Teogonía propiamente. «En primer lugar existió el Caos», primera de las entidades primordiales,[9]​ y luego surgieron «Gea la de amplio pecho», «el tenebroso Tártaro» y «Eros, el más hermoso entre los dioses inmortales».[8]​ Aunque frecuentemente se asume que Gea, Tártaro y Eros descienden de Caos, esto no se corresponde ni está implicado en el texto de Hesíodo, que los presenta como realidades primarias como Caos que llegaron a la existencia independientemente. Como Gea, Caos forma posteriormente una familia propia a partir de dos descendientes que sí nacen de ella.[16]

Rose analiza que aquella afirmación central de Hesíodo de que al comienzo de todas las cosas era Caos (χάος) es una expresión que ha dejado para toda la filosofía ulterior un espacio muy amplio para la interpretación y la especulación.[5]​ La palabra «caos» no tenía para los griegos un significado que apunte a ninguna de las connotaciones actuales de desorden o confusión.[17]​ Aunque la palabra parece significar originalmente «vacío» o «espacio»,[18]​ seguramente no designa simplemente un espacio vacío, dado que resulta muy improbable que los griegos hayan supuesto que al comienzo había «nada». Pero Hesíodo tampoco dice que Caos estaba allí siempre (desde toda la eternidad), sino que prefiere usar la palabra γένετο, para señalar su «génesis» o surgimiento.[5]

En una revisión y actualización de la obra de Rose, Robin Hard agrega la idea de que aunque Caos signifique literalmente «amplio vacío» denota algo más que el mero espacio vacío, principalmente por tratarse de una característica primordial del universo. Esta «realidad turbia» apareció en las genealogías subsiguientes como la fuente primaria de lo oscuro y lo negativo en el mundo. Hard destaca además que Hesíodo se imagina a Caos como algo sólido, al menos lo suficientemente compacto como para ser afectado por el calor del rayo de Zeus. Por lo demás, Caos no desaparece, sino que continúa ocupando un lugar, una ubicación espacial, cuando ya está finalizada la construcción del universo: en un pasaje posterior se le sitúa entre Gea y Tártaro, la zona más profunda del inframundo.[8]​ Aunque Caos es en griego un sustantivo de género neutro, es tratada en los relatos como hombre cuando se presenta como una deidad.[17]

Aun siendo una figura importante en su mitología, Gea no fue particularmente honrada en el culto de la antigua Grecia. Su rol primordial la diferenciaba aparentemente de los posteriores dioses olímpicos, con personalidades mucho más desarrolladas.[19]​ Le fueron dedicados templos en varios lugares de Grecia, incluyendo uno en la ladera sur de la Acrópolis ateniense (honrada como Ge Kourotrophos) y otro en Esparta, compartido con Zeus Agoraios. Aunque actúa en los mitos como una persona y a veces se la muestra en obras de arte surgiendo del suelo en forma humana, no puede decirse que se trate de una deidad completamente antropomórfica por su inmediata y directa identificación con la tierra como elemento físico y natural.[20]

Como en los poemas homéricos, el Tártaro hesiódico es la más profunda región del mundo, situada bajo el mismo Hades, a la misma distancia de este que la Tierra del Cielo. Fue el lugar donde las sucesivas generaciones de dioses encerraron a sus enemigos.[21]​ Aunque muchos autores lo mencionan en el inicio de sus cosmogonías (Museo inicia su historia de la creación con él), otros autores griegos como Platón o Aristóteles, ignoraron los versos de la Teogonía donde se lo menciona. Martin West piensa que es posible que fuera insertado como una idea de último momento: ubicar el Tártaro en los inicios sería comprensible en una teogonía como la hesiódica, en la que el mundo se construye de abajo arriba.[19]​ Cuando Tártaro es personificado se le considera padre de hijos siniestros, como Tifón (en la Teogonía, hijo de Gea y Tártaro) o, en fuentes posteriores, de Equidna y Tánatos (la muerte).[16]

El Eros hesiódico es primordial, su acción es universal y previa a la distinción de sexos. Personifica la pasión, el anhelo amoroso y total y su existencia permite que los seres primigenios creen nuevos seres sin unión sexual.[22]​ El papel de Eros es una invención destacable de Hesíodo, sin paralelo en las historias de la creación de Oriente próximo, posiblemente derivado de la posición de Poto en la cosmología fenicia.[19][23]​ Hesíodo fue seguido solo por el mitógrafo argeo Acusilao (siglo V a. C.) en no atribuir padres a Eros. Autores posteriores le atribuyeron diferentes padres, pero dichas variaciones indican la ausencia de una tradición autorizada al respecto.[19]

El siguiente estadio en el desarrollo del universo comienza cuando Caos y Gea generan nuevos seres sin contacto con pareja masculina.[16]

De Caos nacieron posteriormente Érebo (la oscuridad) y Nix (la noche).[8]​ Nix concibió con su hermano Érebo a Éter (luminosidad) y Hemera (el día), para lo cual Hesíodo cambió el género gramatical de Érebo de neutro a masculino.[12]​ Nix es mucho más importante que su hermano porque, además de los dos hijos que tuvo con él, es la fundadora de la rama principal de la familia de Caos, al generar una serie de hijos por sí misma, en su mayoría personificaciones de las fuerzas oscuras, destructivas y negativas:[16]Moros (Destino), Ker (Perdición), Tánatos (Muerte), Hipnos (Sueño), Geras (Vejez), Ezis (Dolor), Apate (Engaño), Némesis (Venganza), Eris (Discordia), Filotes (Amistad, Ternura), Momo (Burla), las Hespérides (Hijas de la Tarde), los Oniros (los Sueños), las Keres (Espíritus de la destrucción y muerte) y las Moiras (Hados), correspondiéndose estas dos últimas con Ker y Moros respectivamente.[4]

De Gea surgió el «estrellado Urano», el cielo. En una simetría típica de las cosmologías griegas, el cielo es un igual respecto a la tierra y tiene «sus mismas proporciones, para que la contuviera por todas partes y poder ser así sede siempre segura para los felices dioses»; en la Ilíada y la Odisea es llamado «bronce» y «hierro» respectivamente, y parece representar un techo sólido, plano y paralelo a la tierra. También surgieron de Gea los Ourea (las montañas, morada de las ninfas) y Pontos, el mar, « sin mediar el grato comercio». Con el nacimiento del mar finalizan las «concepciones inmaculadas» de los hijos de Gea, la tierra; quizás su estatus «primordial» impedía que pudieran nacer de una relación sexual.[12]​ Si la línea genealógica de Caos (a través de Nix) produjo toda una serie de fuerzas negativas o dañinas, Gea fue la progenitora de todo lo positivo y sustancial en el mundo: las características físicas del universo, las deidades que presidían distintos aspectos de la naturaleza y todos los grandes dioses y diosas. Gea fundó dos familias con sus dos hijos, la mayor a partir de su unión con Urano y una menor con Pontos, constituida básicamente por divinidades marinas, ninfas y seres de naturaleza monstruosa o grotesca que fueron posteriormente desplazadas por las deidades del orden olímpico.[24]

La unión de Gea y Urano, de la tierra y el cielo, es un motivo mitológico muy común, en el que la relación sexual es una metáfora de la naturaleza como producto de dicha unión. De ella nacieron los titanes, que pese a ser conocidos como un colectivo, son un grupo mezclado, solo unos pocos de los cuales realmente adecuados para una cosmogonía, y Hesíodo tomó varios de ellos de otros contextos. Entre ellos se encuentran Océano y Tetis, aunque no forman la pareja cosmogónica mencionada por Homero.[12]

Además de los titanes, Gea alumbró a los cíclopes, gigantes de un solo ojo, que fueron llamados Brontes (el que truena), Estéropes (el que da el rayo) y Arges (el que brilla). También a los hecatónquiros, gigantes con cien brazos y cincuenta cabezas de «fuerza inagotable y poderosa», llamados Briareo, Giges y Coto.[25]

Según Francisco Rodríguez Adrados, la genealogía hesiódica proporciona una descripción del mundo y los elementos que lo componen, culminando en los titanes, «que ya no son dioses "naturales".»[1]​ Con los titanes se inicia una narración sobre el sucesivo dominio y destronamiento de soberanos divinos: Urano es finalmente emasculado por su hijo, el titán Crono, quien a su vez será posteriormente destronado por Zeus.

El primer mito propiamente hablando en la Teogonía es el que cuenta la disolución de la unión entre Gea y Urano y el derrocamiento de este último, motivado por el maltrato a su mujer e hijos. Urano odiaba a todos sus hijos y no les permitía emerger a la luz, lo que causaba tanta angustia a Gea que finalmente esta les instó a rebelarse contra él. Fue Crono, el benjamín de los titanes, el que armado con una hoz que había preparado expresamente Gea emasculó a Urano cuando se acercaba a su madre, permitiendo que sus hermanos salieran a la luz finalmente. Crono lanzó los genitales de su padre al mar, donde la espuma se reunió alrededor para generar a la diosa Afrodita Urania; algunas gotas de la sangre de Urano cayeron sobre Gea, que concibió tres últimas series de hijos de Urano: las erinias (personificación de la venganza), los gigantes y las melias.[20]​ La separación de la pareja primordial Cielo-Tierra es un mito extendido en muy diversas culturas; en el antiguo Egipto Shu, personificación del aire, se interpuso entre Geb (el dios-Tierra) y Nut (la diosa-Cielo) para elevar a la segunda; mucho más lejos de Grecia, en los mitos maoríes de Nueva Zelanda, la unión entre Papa (Tierra femenina) y Rangi (Cielo masculino) era la primera fuente de vida, que quedaba prisionera por el apretado abrazo de los dos amantes, hasta que Tane, dios de los bosques, usó su cuerpo para separarlos. El mito hitita-hurrita de Kumbarbi tiene tales paralelismos con la historia de Urano y Crono como para sugerir que fuera conocido por el autor de la Teogonía. Hesíodo no incidió en la elevación del cielo, centrándose sobre todo en las implicaciones dinásticas del conflicto familiar.[26]

El significado de la palabra «titanes» es incierto, como lo es la cuestión de su origen y de quiénes fueron los primeros en creer en ellos. Buena parte del conocimiento elaborado sobre ellos es deducido de pocos y dudosos datos, aunque puede darse por cierto que se trata de figuras tenidas por extremadamente antiguas ya durante la Grecia histórica. La batalla de los titanes contra los dioses olímpicos y la victoria de estos últimos, según Rose, es posiblemente una reminiscencia del enfrentamiento entre una cultura previa y los griegos.[27]



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