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Don Quintín, el amargao



Don Quintín, el amargao o El que siembra vientos es un sainete en dos actos divididos en cinco cuadros en prosa, de Carlos Arniches y Antonio Estremera, con música de Jacinto Guerrero, estrenado en Madrid en 1924.

La fórmula del sainete continuaba explotándose y buscando nuevo asentamiento entre los gustos del momento. Este es un ejemplo del Sainete clásico trasladado a la actualidad, el cual durante los años 20 y 30 tuvo su máximo esplendor, dando joyas tan importantes como La del manojo de rosas, o Los claveles.

El libreto, debido a Carlos Arniches y Antonio Estremera, trata de reflejar los tiempos actuales, con una trama que roza el melodrama y ciertas pinceladas castizas, muy del gusto de la época.

En la parte musical, Jacinto Guerrero demuestra su buen hacer y conocimiento de los gustos del público, al crear melodías tan pegadizas como «El coro de segadores», o «La java», que en su día fueron muy populares.

Quintín es un hombre que, movido por los celos, expulsa a su esposa del hogar dudando de la paternidad de la niña que espera. La madre intenta convencer a Quintín, dejando a su hija en la puerta del hogar del marido, pero éste la cede en adopción. Con el paso de los años, la amargura de Quintín se hace crónica, y continua dudando de los lazos de sangre que le unen con la joven muchacha.

La acción transcurre en Castilla y Madrid en la época del estreno (1924).[1]

En una caseta de un peón caminero, enclavada en una carretera de Castilla, viven Teresa y Felisa, bajo el cuidado de Nicasio, un bruto peón, el cual las maltrata y riñe constantemente. Teresa confiesa a Felisa su cansancio por el malvivir y la anima a escaparse a Madrid, en compañía de dos muchachos, un señorito y un chófer, a los cuales cuidaron cuando ocurrió un accidente en la carretera.

Nicasio comenta con su compañero Fidel su mala suerte con la Teresa, y descubre que no es su hija, la encontró abandonada en una cesta cerca de la ventana con una nota; en ella aseguraban una manutención si se hacían cargo de la criatura. Tras agotarse el dinero, maldice su suerte.

Llega a la casa, la tía Celi, una vieja vagabunda, trayendo una nota de los muchachos y las anima por su parte a escaparse con ellos. Llegan ellos y preparan las cosas; al ver llegar a Nicasio y a Fidel, huyen rápidamente.

Nicasio y Fidel encuentran a la tía Celi y la mandan a un recado. Al quedar solos, llega Don Quintín acompañado de sus secuaces Sefini y Angelito. Interrogan por Teresa, descubriéndose que Quintín es el verdadero padre de ella. El motivo del abandono fue el creer la infidelidad de su esposa; pasado el tiempo, recibió una carta de ella, con su última voluntad, en ella reconoce a la niña como hija legítima; y decide ir a buscarla.

Llega la tía Celi apresurada, trayendo una carta. Quintín la lee y en ella descubre la fuga de Teresa y Felisa, debido a los malos tratos de Nicasio. En un ataque de ira se abalanza contra él y lo estrangula, mientras todos tratan de calmarlo.

En un solitario bar, Sanluqui, un simpático camarero, realiza varias labores de servicio sin ningún cliente. Entra el señor Laureano y contemplar el panorama, interrogándole el motivo de ello. Don Quintín ha alquilado el bar enteramente para poder tomar el café, y todo lo que se le antoje solo, sin necesidad de tener a nadie alrededor, pagando espléndidamente a Don Crótido, su dueño.

Llegan al bar Frasquito, un tocador de flamenco, y su hija Rosa, cantadora, los cuales vienen a amenizar una pequeña juerga para Don Quintín. Entran Sefini y Angelito, comentan la actitud enloquecida de Don Quintín ante la desaparición de su hija. Don Quintín entra hecho una furia, y se mete con Laureano, el cual decide aprovecharse de la situación y se une a la juerga.

Llegan Teresa y Paco, el chófer que la saco de la casa, dispuestos a cenar. En seguida llaman la atención de Don Quintín, el cual está dispuesto a molestar a la pareja. Empieza tirando migas de pan a Paco, y al final, cuando están a punto de marcharse, lanza una aceituna a Teresa que da en su ojo. Sale la pareja, entre las risas y vítores que dan a Quintín.

Al momento entra Paco y sacando un revolver, obliga a Quintín a comerse la aceituna que tiró a Teresa; cuando se marcha, Don Quintín jura vengarse de Paco ante la consternación de todos.

En una plazuela de los barrios bajos, Don Quintín vigila junto con sus matones, Sefini y Laureano, la zona, buscando a Paco para ajustarle las cuentas. Al no tener claras las pesquisas, Don Quintín descarga su ira con ellos, maltratándolos constantemente.

Al quedar la plaza sola, llega Angelito, y les comenta que tras dejar a Don Quintín, se ha dedicado al mundo de la escena, trabajando como cantante de tangos en un pequeño salón de baile, en él ha conocido a una muchacha que conoce a Teresa, aclarando que aquella no es su hermana.

Llega Felisa, acompañada de Manoli, un aspirante a torero, y entabla conversación con Angelito, el cual reclama informes sobre Teresa. Al marcharse todos, aparecen Teresa y Paco, acompañadas de la niñera con su hijo, contentos por toda la dicha que les ha traído el haberse marchado de la caseta.

Al quedar solos, Teresa comenta a Paco sus malos presentimientos acerca de la noche en el restaurante, cuando Don Quintín, se metió con ellos; durante la conversación, ella lo ve asomarse por uno de los lados de la plaza, gritando asustada. Manda a Paco a casa, y ella aprovecha para encararse con Quintín y recriminarle su actitud, pidiendo que se marche del barrio y los deje tranquilos.

Paco, sale airado de la casa, desoyendo la suplica de su mujer y se encara con Don Quintín; los matones acuden a separarlos y le revelan, que esa mujer es su hija desaparecida, quedando Quintín desconcertado.

En una calle, los matones corren despavoridos ante Don Quintín, llega desesperado pidiendo explicaciones, se sienta en el suelo maldiciendo su suerte. Una niña llega y lo consuela, animándole a que venga con ella y su madre, él, enternecido, la besa y marcha con ella.

En un salón de baile, de los barrios bajos, entran apresuradamente los matones acompañados de Teresa y Paco, comentando acaloradamente el descubrimiento. Se oyen tiros en la puerta y entra Don Quintín, huyendo todo el mundo, salvo Paco, Teresa y los demás.

Don Quintín pide perdón y reconoce a Teresa como su hija, ella lo perdona y le pide a su vez que no guarde rencor a Paco. La obra concluye con la felicidad de todos.

Se estrenó en el Teatro Apolo de Madrid el 26 de noviembre de 1924. Se llegó a las 297 representaciones. Interpretada por Jesús Navarro (Don Quintín), Eugenia Galindo en el papel de su hija, Carmen Andrés y el Sr. Iglesias, con decorados del Sr. Martínez Garí.



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