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Italiano (grupo étnico)



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Los italianos son un grupo étnico de la Europa del Sur. Después de la constitución, o reconstitución moderna de un propio estado nacional unificado, el Reino de Italia (1861), el término ha pasado a designar, además que a todos los ciudadanos italianos, también a los extranjeros naturalizados que han adoptado el estilo de vida, la lengua, la cultura y los valores propios de la población autóctona. Su idioma es el italiano, lengua materna del 95% de la población residente,[13]​ hablado a menudo conjuntamente con uno de sus numerosos dialectos o, afuera del centro de Italia, junto con uno de los varios idiomas regionales autóctonos,[nota 1]​ y su religión mayoritaria es la católica, siendo su país sede de la Iglesia católica. [14]

Estrechamente vinculados a la nación italiana son los naturales de San Marino, de etnia, lengua y cultura italianas, y las comunidades históricas de etnia italiana, reconocidas oficialmente como tales, presentes desde varios siglos en el sur de Suiza (en la que es conocida como Suiza Italiana, comprende todo el Cantón del Tesino y partes del Cantón de los Grisones), Croacia y Eslovenia (en Suiza el italiano es también una de las tres lenguas oficiales del estado, en Croacia es cooficial en la región del Condado de Istria y en Eslovenia en la región del Litoral esloveno). Por lo que se refiere al gran número de descendientes de italianos esparcidos por el mundo se tiende a considerar italianos a todos aquellos que han conservado la cultura, las tradiciones, la religión y, sobre todo, la lengua de sus antepasados. Las colonias de oriundos italianos más consistentes se encuentran en América, también en Australia y Europa y, en menor medida, en África y Asia.

Italia fue, en la antigüedad, la cuna de la civilización romana, que sigue hermanando en la actualidad la población italiana con todas las naciones de expresión neolatina (cuyos idiomas son conocidos también como lenguas itálicas) y herederos de Roma, cuyo Imperio representó, junto con la democracia ateniense, el punto culminante de la civilización occidental antigua.[15]​ Roma logró unificar Italia durante varios siglos,[16]​ pero tras la caída del Imperio romano de Occidente, los italianos, como otros pueblos europeos, tuvieron que sufrir una larga serie de invasiones y dominaciones extranjeras. A pesar de una historia tan atormentada, supieron sin embargo desarrollar, a partir del año 1000, una civilización urbana refinada y próspera, basada en el comercio, que alcanzó su apogeo en el siglo XIII[17]​ (momento en el que destacan las Repúblicas marítimas italianas, como las de Amalfi, Génova, Pisa y Venecia) confluyendo, en el siglo XIV, en otra civilización autóctona en formación conocida como Renacimiento (o sea renacimiento de la antigüedad clásica).[18]​ El Renacimiento, a su vez, produjo el Manierismo, movimiento artístico determinante para el nacimiento del Barroco, que tuvo origen en la ciudad de Roma en la última década del siglo XVI. Todas esas civilizaciones y movimientos nacidos en Italia se internacionalizaron, dando un fuerte impulso al desarrollo cultural y material del mundo occidental.

El alto nivel económico y cultural de los italianos, que se prolongó hasta las primeras décadas del siglo XVII, fue pero acompañado por una debilidad política y militar crónicas, originadas por la fragmentación de su tierra de origen en varios Estados (a veces estructurados también como Ciudades-Estado) sobre los cuales ejercieron directa o indirectamente su dominio político, durante períodos más o menos largos y según modalidades distintas, muchas de las potencias que se sucedieron en el escenario europeo, como el Imperio bizantino, el Sacro Imperio Romano Germánico, el Imperio español, el Primer Imperio francés y el de Austria. Solo un reducido grupo de estados italianos lograron mantenerse siempre, o casi siempre, independientes: Venecia y Génova con sus respectivas repúblicas, el Ducado de Saboya, que en el siglo XVIII se convirtió en Reino de Cerdeña, y el Estado Pontificio. Siguiendo el destino de otros pueblos, como el alemán, el griego y de gran parte de las etnias asentadas en la Europa oriental, los italianos pudieron constituir un propio estado nacional unificado, como ya hemos indicado, solo en el siglo XIX, gracias a una serie de guerras de liberación pasadas a la historia con el nombre de Risorgimento.

En la región sur de la península itálica la población es, por lo general, marcadamente mediterránea, con importantes aportes principalmente griegos en la región histórica de la Magna Grecia.[19]​ Por otro lado, en el centro, aunque comienzan a notarse aportes de las poblaciones alpinas del norte peninsular, la relación etno-cultural con el sur es más sólida.[cita requerida]

Pueden establecerse prevalencias estadísticas de distintos modelos antropológicos definidos, tanto genotípica como fenotípicamente, pero, generalmente, se establece que los rasgos más evidentes son: estatura generalmente promedio o alta, la predominancia del color de piel blanco —interpretada tradicionalmente como raza caucasoide— y el color de pelo oscuro, castaño o negro, generalmente denominado como raza mediterránea.[cita requerida]

Los primeros asentamientos de la revolución neolítica fueron, sin duda, llevados a cabo por la cuenca mediterránea desde Anatolia. Los italianos tienen orígenes principalmente de los pueblos indoeuropeos pertenecientes al grupo itálico (como Latinos, Oscos, Umbros, Venetos, Samnitas, Sículos, Sabinos, etc.) así como, en menor medida, de poblaciones autóctonas preindoeuropeas (como Etruscos, Ligures y Sicanos, entre otros) y, en aún menor porcentaje, de antiguos griegos (los italiotas de la Magna Grecia) y Fenicios; que en edad prerromana poblaron Italia mezclandose a menudo entre ellos.[20]

Todos esos pueblos, que Roma absorbió entre el siglo IV y II a.C., experimentaron un profundo proceso de romanización ya desde el principio de la República romana y el comienzo de la primera guerra púnica, donde Italia constituía el territorio metropolitano de la misma Roma,[21]​ diferenciándose así de las provincias (siendo estas todos los territorios conquistados afuera de Italia)[22]​ tanto durante la etapa republicana como durante el Imperio romano,[23]​ y que culminó con la adquisición de la ciudadanía romana por parte de todos los hombres libres nativos de la Italia peninsular (en el 89 a.C., gracias a la Lex Plautia Papiria) y continental (a través de la la Lex Roscia, en el 49 a.C., cuando el mismo derecho de los itálicos peninsulares se concedió también a todos los habitantes libres de la Italia septentrional). Medio siglo después, esos nuevos romanos pasaron a constituir, gracias al Emperador Augusto, una mayor unidad política (igualmente llamada Italia), en el año 7 d.C., y articulada en once regiones que en parte han sobrevivido hasta nuestros días con las mismas denominaciones latinas que tenían en aquella época (como Umbria, Campania, Liguria, Apulia o Emilia).[24]

Por primera vez, el espacio geográfico y antrópico de Italia coincidía con un espacio político claramente determinado, si bien integrado dentro de un organismo territorial y humano mucho más amplio, el Imperio. En el año 297 d. C., con la nueva división administrativa del Imperio que Diocleciano llevó a cabo, la actual Italia insular (Sicilia y Cerdeña) y la isla de Córcega, entraron a formar parte de la Diócesis italiana.[25]

Desde la primera década del siglo V, el Imperio Romano de Occidente, fue invadido por pueblos prevalentemente germánicos, que determinaron su caída (476) y causaron muerte y destrucciones en la mayor parte de la antigua Europa romana durante largo tiempo. La progresiva romanización de esos pueblos y la fusión con el elemento autóctono de lengua y cultura latinas les permitió constituir una serie de Estados, si bien caracterizados por un modesto nivel de desarrollo.

Esa época de larga duración es conocida como el Período de las grandes migraciones o de las invasiones bárbaras que conllevaron para los italianos, así como para otros europeos, guerras y carestías a partir del año 401, con la primera invasión de los Visigodos de Alarico seguidas, hacia el 450, por otra perpetrada por los hunos de Atila en el norte peninsular. A finales del siglo V los Ostrogodos tomaron el poder en Italia y fundaron un reino que duró casi medio siglo: el Regnum Italiae (Reino ostrogodo de Italia). Entre los años 535 y 554 Justiniano, último emperador bizantino de madrelengua, educación y cultura latinas, logró liberar Italia del yugo bárbaro. Durante la larga guerra de liberación los solados romano-orientales, en su mayoría de lengua griega, definían a los italianos itálicos mientras ellos hablaban de si como Rhōmaîos (Ῥωμαῖος), o sea romanos. Italia quedó unida, y todos los italianos se convirtieron otra vez en súbditos romanos (del Imperio romano-oriental), pero por poco tiempo. Quince años más tarde invadió Italia el pueblo bárbaro de los Lombardos, que ocupó las instituciones políticas en la mayor parte de la Península. A partir de aquel momento, y en los dos siglos siguientes, existió una Italia lombarda (la máxima parte de la Italia continental, la Toscana y todo el interior de la parte meridional peninsular) y una Italia bizantina (el Exarcado de Italia o de Rávena). La conquista longobarda (568-576) fue un acontecimiento de suma importancia para los italianos: desde aquel momento Italia perdió su unidad política, que había caracterizado más de cinco siglos y medio de su historia, y que volvió a reconquistar solo trece siglos más tarde.

Los lombardos fueron gradualmente conquistados por los francos, otro pueblo germánico, en el siglo VIII, bajo el dominio de Carlomagno, un líder de etnia germánica que buscaba incorporar y legitimar a su gente dentro de tierras en donde históricamente habían sido considerados bárbaros y extranjeros. De esta manera el territorio central y norte de Italia vino a formar parte del Imperio Carolingio hasta el siglo IX.

Este periodo de larga duración histórica, en donde transcurrieron alrededor de seis siglos, y en el que Italia fue invadida por los godos, seguidos por los lombardos y los francos (todos pueblos de etnia germánica), formó parte de un proceso de migración mucho más extenso (las invasiones bárbaras), que afectó y transformó no solo a Italia sino a la mayor parte de Europa y de la cuenca del Mediterráneo, marcando la transición entre la Edad Antigua y la Edad Media, que se conoce con el nombre de Antigüedad tardía.

Durante los primeros siglos de la baja Edad Media empezó a utilizarse el gentilicio de italiano, que derivaba del término itálico, gentilicio con el que eran conocidos los habitantes de Italia durante la época romana, así como los mismos romanos (de Italia, que proviene del latín "(V)itellus" (en español: "becerro"), animal sagrado de algunos pueblos prerromanos del sur peninsular). El término "itálico", que designaba en época republicana tardía a todos los habitantes libres de la península que no tenían ascendencia elénica (estos últimos eran llamados italiotas), en edad imperial pasò gradualmente a designar a la totalidad de la población libre de una Italia ya totalmente latinizada.

Siempre durante la baja edad media el sur de Italia fue gobernado por los Normandos (siglos XI-XII), por la dinastía suaba de los Hohenstaufen (siglos XII y XIII), por los reyes Angevinos (siglos XIII - XV) y por la Corona de Aragón. En particular el largo dominio político hispano-aragonés que durante tres siglos se ejerció en el sur peninsular, durante dos en el Milanesado, y durante un periodo todavía más largo (cuatro siglos) en la Italia insular, reforzó ulteriormente los vínculos entre Italia y España ya fuertes desde la época romana.[26]

Esos vínculos fueron al origen de importantes intercambios económicos y, sobre todo, culturales, que favorecieron una influencia recíproca[27]​ entre las dos Esperias.[28]​ Hubo también flujos demográficos de españoles hacia Italia pero, aún más, de italianos en sentido contrario, comprobados por la presencia de colonias de mercaderes provenientes de Italia en algunas importantes ciudades ibéricas, como Sevilla,[29]​ y de militares, burócratas y prelatos españoles en el Ducado de Milán y los reinos de Nápoles, Sicilia y Cerdeña. A falta de estadísticas fiables no podemos determinar las dimensiones de esos flujos específicos, que probablemente, en el caso de los españoles, fueron trascurables. Sabemos, por lo que se refiere a los militares, que Madrid «...no favorecía los matrimonios de soldados españoles con mujeres locales, porque temía un aumento de gastos y una baja en la eficacia combativa». A pesar de todo, hubo matrimonios de españoles en Italia (pero mucho mayor fue, en los mismos años, la presencia de italianos en España, entre arquitectos, músicos, literatos, militares, comerciantes, marinos, religiosos, pintores, políticos y un sinfín de otras categorías profesionales provenientes de los distintos Estados italianos y que en muchas ocasiones recubrieron encargos importantes para la monarquía española en diferentes momentos históricos),[30]​ «... pero al fin los pocos españoles que se casaron con italianas fueron absorbidos por una masa humana mucho más densa».[31]

En Italia sobrevive todavía un reducido número de apellidos hispánicos de aquella época, generalmente italianizados (Spagnolo/i, Catalano/i, Castigliano/i, etc.) cuya difusión es pero muy limitada, incluso inferior, entre los apellidos de origen extranjero, a la que tienen los ya pocos apellidos franceses italianizados (Provenzale, Provenzano, Parigi, etc), alemanes (Tedesco/Tedeschi, Germano/i, Alemanno, etc), albaneses (Albanese/i) y muy inferior, por número y difusón, a los apellidos de origen griego (Greco, Grieco y la mayoría de los que terminan en "iti") bastantes comunes en ciertas zonas del país, o a los apellidos de origen italiano presentes en España.[32]​ Algunos apellidos de origen árabe (Miccichè, Saccà, Taibbi, Cuffaro, etc.) se pueden todavía encontrar en Sicilia, en algunas zonas de la cercana región de Calabria y, esporádicamente, en el resto de Italia. En Cerdeña hay apellidos que tienen su propia etimología, mientras que, entre la minoría étnica del Alto Adige son, en su mayoría, apellidos de origen alemán.

Históricamente, desde el medioevo, los italianos se han identificado más con su ciudad y región que con el Estado italiano, unificado recién entre 1861 y 1870. Esto sigue siendo parcialmente evidente en la cultura italiana de hoy pese a que la lengua italiana reemplazó -no solo en la administración, la literatura y los estudios superiores, como pasaba en los Estados italianos preunitarios, sino también en el hablado diario- gracias a la mayor alfabetización popular en el último siglo y medio, a los numerosos dialectos y lenguas del lugar.[33]​ El proceso de industrialización y modernización de Italia acaecido en los últimos setenta años (a partir de la segunda mitad de la década de 1950) ha creado una sociedad uniformizada y altamente desarrollada en todos sus sectores socio-económicos: una eficiente red de autopistas, aeropuertos y ferrocarriles normales y de alta velocidad[34]​ unifican -también socialmente y culturalmente- toda Italia, desde los Alpes hasta Sicilia.

La religión predominante en los italianos de todo el mundo es el catolicismo. La población italo-americana es famosa por sus festivales religiosos y procesiones en las calles de grandes ciudades, como Nueva York. Además, la gastronomía italiana es de las más reconocidas internacionalmente; la calidad de sus productos regionales, especialmente quesos, vinos y fiambres, va unido a la inventiva de sus recetas, sobre todo las de las pastas con sus diversas salsas y la pizza. Hay también una inmensa variedad de platos de carne, pescado, ensaladas y dulces.[35][36]

A lo largo de la historia los itálicos han contribuido exhaustivamente al desarrollo de la humanidad. La civilización romana fue la más avanzada de su época por mucho tiempo, y las bases del derecho actual y de la administración política fueron sentadas en aquel tiempo. Posteriormente, Italia ha producido innumerables músicos (Giuseppe Verdi, Antonio Vivaldi, Vincenzo Bellini, Gioacchino Rossini, Giacomo Puccini, Domenico Cimarosa, Giovanni Battista Pergolesi, Alessandro Scarlatti, Antonio Stradivari, Niccolò Paganini, Ennio Morricone, Ludovico Einaudi, etc), pintores y escultores (Giotto, Miguel Ángel, Rafael Sanzio, Donatello, Caravaggio, Tiziano, Perugino, Antonello da Messina, Cellini, Borromini, Antonio Canova, Sandro Botticelli, Tintoretto, Giuseppe Sanmartino, Modigliani, etc), arquitectos (Andrea Palladio, Filippo Brunelleschi, Domenico Fontana, Filippo Juvara, Donato Bramante, Gian Lorenzo Bernini, Leon Battista Alberti, Renzo Piano, Massimiliano Fuksas, etc), científicos e inventores (Galileo Galilei, Giordano Bruno, Evangelista Torricelli, Leonardo Fibonacci, Alessandro Volta, Giuseppe Lagrangia, Eugenio Barsanti, Guglielmo Marconi, Enrico Fermi, Ettore Majorana, Antonio Meucci, Giulio Natta, Federico Faggin, etc), escritores y poetas (Dante Alighieri, Francesco Petrarca, Giovanni Boccaccio, Giacomo da Lentini, Eugenio Montale, Salvatore Quasimodo, Alessandro Manzoni, Giacomo Leopardi, Giovanni Verga, Ugo Foscolo, Giambattista Basile, Giosuè Carducci, Grazia Deledda, Carlo Collodi, Edmondo De Amicis, Italo Calvino, Luigi Pirandello, Giosuè Carducci, Umberto Eco, Dario Fo, etc), filósofos (Tommaso Campanella, Tomás de Aquino, Bernardino Telesio, Torquato Tasso, Nicolás Maquiavelo, Maria Montessori, Gabriele D'Annunzio, Benedetto Croce, Pier Paolo Pasolini, etc), entre muchos otros y en innumerables otras categorías y disciplinas.

El Renacimiento se originó en Italia y fue allí donde tuvo su apogeo, siendo Leonardo Da Vinci su figura más extraordinaria. Durante este periodo aparecieron también los primeros pensamientos científicos sobre economía, así como el sistema contable, a cargo de Luca Pacioli.

En Italia, el lugar de procedencia de los italianos, existen actualmente 60,3 millones de habitantes. Sin embargo, un número importante de italianos emigraron durante los siglos XIX y XX a distintos países del mundo debido a problemas políticos, económicos y sociales (casi 30 millones entre 1850 y 1976).[cita requerida]

De esta forma podemos encontrar en América grandes asentamientos de descendientes de italianos en naciones tales como Brasil, Argentina y Estados Unidos. De acuerdo con el Departamento del Interior y Ordenación del Territorio de Italia: en Brasil, Argentina y los Estados Unidos existen 22.753.000, 15.880.000, y 15.502.248 de descendientes en algún grado de italianos respectivamente.[2]​ De igual manera existen diversas fuentes que afirman que los descendientes de italianos en Brasil y Argentina serían cercanos a los 30 millones y 25 millones respectivamente.[38]

En el caso de Europa también se encuentran importantes asentamientos de italianos e ítalodescendientes en Francia, Alemania, Suiza, Bélgica, Reino Unido y hasta Crimea;[39]​ debido a las causas anteriormente señaladas e incluyendo el factor de cercanía. Por su parte, en Oceanía destaca el asentamiento en Australia, donde existen según el censo de población de 2006 realizado por la Oficina Australiana de Estadísticas, 916.100 descendientes de italianos.[8]

Se calcula que (incluidos los 56 millones de italianos de Italia) más de 155 millones de personas en el mundo actualmente tienen origen italiano en modo parcial o total, o sea son descendientes de la emigración italiana iniciada con el descubrimiento de América.[40]​ Esto hace de los italianos el cuarto grupo étnico más grande por población en el mundo.[cita requerida]

El Departamento del Interior y Ordenación del Territorio de Italia (en italiano: Dipartimento per gli Affari Interni e Territoriali) se encarga además de llevar a cabo el registro de personas con nacionalidad italiana residentes fuera de Italia. Es así como en 2008 se contabilizaron 4.106.640 personas con nacionalidad italiana residentes fuera de Italia, repartidos principalmente entre Europa y América.[41]​ Los países con mayor cantidad de personas con nacionalidad italiana fuera de Italia son:



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