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Mandinga (mitología)



Mandinga es el nombre que representa al diablo en algunas regiones de Sudamérica, al aparecer como un ser humano normal, con la intención de presentar una apariencia más amigable. De esta manera, según el mito, podría lograr tentar más fácilmente a las personas. A pesar de ello la creencia afirma también, que al alejarse deja un característico olor que delata su presencia.

El centro de la actividad pecaminosa se centraba en la Quinta de Recreo El León, donde mineros y arrieros se juntaban para gastar sus sueldos recién recibidos. Las que hacían correr las historias de tales actividades diabólicas, por supuesto eran las esposas que veían como los sueldos se esfumaban. En dicha Quinta de Recreo, según los habitantes del pueblo, habían entierros y candelillas, además de poderse ver al diablo cantando y tocando melodías mexicanas.

Generalmente era visto en el puente que quedaba aguas arriba del estero, lugar de muchos accidentes de jinetes ebrios.

En Argentina al diablo también se le llama Mandinga, y se lo representa de color y vestiduras totalmente negros. Utilizado como adjetivo, "mandinga" se origina en el apelativo que se aplicaba a los hombres negros del oeste de Sudán.[n. 1]​ Puede ser que el término haya sido introducido en el Río de la Plata por los traficantes de esclavos, antes de que la Asamblea del Año XIII comenzara a abolir la esclavitud.

En Colombia el mandinga es un mito tradicional del Folclor colombiano, generalmente la historia se cuenta en Bogotá, y la Costa Caribe colombiana; además hay un pueblo muy pequeño llamado Mandinga en el departamento del Bolívar, a hora y media desde Cartagena de Indias, la capital del departamento, donde la historia se cuenta en cada rincón.

Desde la antigüedad existe la creencia de que las personas pueden obtener grandes premios al pactar su alma con el Mandinga.[1]​ Hasta ahora las páginas de los periódicos tienen noticias de pactos con el Mandinga[2]​ Desde muy antiguo existen antecedentes en tal sentido. Eliphas Levi, sentadas las bases de su axioma , no rechaza en absoluto la posibilidad de pactos infernales, aunque sí exprese sus dudas sobre algunas de las "recetas contenidas en los grimorios para tal fin".

En la Demonología Cristiana, se pensaba que la persona que había hecho un pacto con el demonio prometía a cambio sacrificarle niños o al menos consagrárselos al nacer (se acusó a muchas matronas de hacer tal cosa debido a la gran cantidad de niños que morían durante el nacimiento en la Edad Media y el Renacimiento). También se suponía que participaría en aquelarres, tendría relaciones sexuales con demonios y concebiría descendencia con los súcubos (o los íncubos si era mujer).

El pacto podía ser oral o escrito. El oral se realizaba mediante invocaciones, conjuros o rituales: una vez que el nigromante cree que el demonio está presente, le pide el favor que sea y ofrece su alma a cambio; de esta manera, no quedarían pruebas de lo sucedido. Sin embargo, en los juicios por brujería siempre aparecían evidencias como la marca diabólica, una señal indeleble causada por el toque del diablo al cerrar el pacto. Esta marca (que podía ser desde una peca a una cicatriz) constituía prueba suficiente de que el pacto diabólico se había producido.

El pacto escrito atraería al demonio de la misma manera pero incluiría un contrato firmado con la sangre del hechicero o de la víctima sacrifical (o, más comúnmente, tinta roja o sangre animal). Los inquisidores elaboraron sofisticados contratos falsos para acusar a sus víctimas, aunque en último término afirmaban que bastaba con haber incluido el propio nombre en un cierto Libro Rojo de Satán. Otros contratos pudieron ser escritos por personas que creían tratar realmente con el diablo.

Normalmente, estos contratos contenían signos extraños que se suponían firmas de demonios, cada uno con su propio sello.

El significado de la expresión pacto con el diablo se ha expandido hasta incluir intercambios que no tienen relación con el demonio pero implican perseguir una meta (como la venganza) por medios considerados malignos (por ejemplo, el asesinato).



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