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Naturalis Historia



Historia natural[a]​ es una enciclopedia escrita en latín por el procurador imperial romano Plinio el Viejo, obra que pretendía abarcar todo el conocimiento que en ese momento se tenía. Es una de las mayores obras individuales que sobreviven del Imperio romano en nuestros días. Es la única obra de Plinio que sobrevive y la última que publicó. Publicó los primeros diez libros en el año 77 d. C., pero no había completado la revisión final de los restantes al momento de su muerte en 79 d. C., durante la erupción del Vesubio, por lo que el resto de la obra fue publicada de manera póstuma por su sobrino Plinio el Joven.

Esta obra está dividida en treinta y siete libros, organizados en diez volúmenes y su temática no se limita a lo que hoy conocemos como historia natural; como lo indica el mismo escritor, pretende abarcar “el mundo natural, o la vida”. Abarca temas que incluyen astronomía, matemáticas, geografía, etnografía, antropología, fisiología humana, zoología, botánica, agricultura, horticultura, farmacología, minería, mineralogía, escultura, pintura y piedras preciosas.

La Historia natural llegó a ser el modelo de posteriores enciclopedias y trabajos escolares, por su índice, la cantidad de campos que abarca y las referencias que realiza de los autores originales.

La obra fue dedicada al emperador Tito.

En su forma actual, la Historia natural consta de 37 libros. El primero incluye un prefacio descriptivo y tablas de los contenidos, así como una lista de sus fuentes, que originalmente precedía a cada uno de los libros editados por separado. La distribución de la obra es la siguiente:

Plinio aparentemente publicó los primeros diez libros por su propia cuenta en el año 77, y se ocupó de revisar y ampliar el resto durante los dos años restantes de su vida. Su trabajo fue probablemente publicado con escasa o ninguna revisión por su sobrino, Plinio el Joven, quien treinta años después, en la historia de un delfín doméstico y en la descripción de las islas flotantes del lago de Vadimonio (VIII 20, IX 33), parece olvidar que ambas se encuentran en la obra de su tío (II 209, IX 26). El Joven describe la Naturalis historia como una Naturae historia, y la caracteriza como un «trabajo erudito y lleno de materia, y tan variado como la naturaleza misma».

La falta de una revisión final puede explicar parcialmente las muchas repeticiones, y algunas contradicciones, errores en los pasajes tomados de los autores griegos, y la inserción de adiciones marginales en lugares incorrectos en el texto.

En el prefacio, el autor afirma haber recogido 20 000 hechos recolectados de unos 2000 libros y de 100 autores selectos. Las listas que todavía existen de sus fuentes ascienden a mucho más de 400, incluyendo 146 romanos y 327 griegos, así como otras fuentes de información. Las listas, como regla general, siguen el orden del tema de cada libro. Esto fue claramente demostrado en la Disputatio de Heinrich Brunn (Bonn, 1856).

Una fuente principal de Plinio es Marco Terencio Varrón. En los libros geográficos, Varrón se complementa con los comentarios topográficos de Agripa que fueron completados por el emperador César Augusto, aunque ofrece datos posteriores que indican que aprovechó su cercanía a la administración imperial para actualizarlos, al menos en el caso de Hispania.[1]​ Para su zoología confía en gran parte en Aristóteles y en Juba de Mauritania, el erudito rey de Mauritania, studiorum claritate memorabilior quam regno (v. 16). Juba es además su principal guía en botánica, y Teofrasto aparece también nombrado en los índices.

En la historia del arte las fuentes griegas originales en las que se apoyó fueron Duris de Samos, Jenócrates de Sición y Antígono de Caristo. La tradición atribuye a Duris las anécdotas (XXXIV 61, Lysippum Sicyonium Duris begat nullius fuisse discipulum etc); la noticia de los sucesivos desarrollos del arte, y la lista de trabajadores en bronce y pintores, a Jenócrates, y una larga lista de datos diversos a Antígono. Las últimas dos fuentes se mencionan en relación a Parrasio (XXXV. 68, hanc ei gloriam concessere Antigonus et Xenocrates, qui de pictura scripsere), mientras que Antígono es nombrado en los índices de XXXIII-XXXIV como escritor en el arte toreutic.

Los epigramas griegos contribuyen su parte en las descripciones de cuadros y estatuas de Plinio. Una de las fuentes de menor importancia para los libros XXXIV-XXXV es Heliodoro, el autor de un trabajo sobre los monumentos de Atenas. En los índices a XXXIII-XXXVI ocupa un importante lugar Pasiteles de Nápoles, el autor de un trabajo en cinco volúmenes sobre famosas obras de arte (XXXVI. 40), que probablemente incorpora la sustancia de los tratados griegos más tempranos; sin embargo, Kalkmann niega que Plinio estuviese en deuda con Pasíteles al respecto y sostiene que Plinio utilizó el trabajo cronológico de Apolodoro, así como un catálogo contemporáneo de artistas.

El conocimiento de Plinio de las fuentes griegas fue probablemente debido principalmente a Varrón, a quien cita a menudo (e.g. XXXIV. 56, XXXV. 173, 156, XXXVI. 17, 39, 41). Varrón probablemente se ocupó de la historia del arte en conexión con la arquitectura, que estaba incluida en sus Disciplinae.

Para varios artículos sobre obras de arte de la costa de Asia Menor y las islas adyacentes, Plinio debe mucho al general, hombre de estado, orator e historiador Cayo Licinio Muciano, quien murió antes del 77. Plinio menciona las obras de arte coleccionadas por Vespasiano en el Templo de la Paz y en sus otras galerías (XXXIV. 84), pero mucha de su información en cuanto a la ubicación de tales trabajos en Roma se debe a sus lecturas y no a observación personal.

El principal mérito de su recopilación sobre el arte antiguo, el único trabajo clásico de ese tipo que conservamos, es que se basa en los textos, hoy perdidos, de Jenócrates, y en las biografías de Duris y de Antígono. Plinio no muestra una especial aptitud para la crítica de arte. En varios pasajes, sin embargo, da pruebas de observación independiente (XXXIV. 38, 46, 63, XXXV. 17, 20, 116 seq.). Afirma que prefiere el Laocoonte en mármol del palacio de Tito a todos los cuadros y bronces en el mundo (XXXVI. 37). En el templo cerca del Circo flaminio, Plinio admira el Ares y la Afrodita de Scopas, «que bastarían para dar renombre a cualquier otro lugar». «En Roma (agrega) las obras de arte son muchísimas, además, una eclipsa la otra en la memoria, y no obstante lo hermosas que pueden ser, estamos distraídos por las abrumadoras demandas que nuestras obligaciones y deberes nos imponen. Para admirar el arte necesitamos tiempo libre y profunda tranquilidad» (ibid. 26-72).



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