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Plan Cerdá



El Plan Cerdá fue un plan de reforma y ensanche de la ciudad de Barcelona de 1860 que seguía criterios del plan hipodámico, con una estructura en cuadrícula, abierta e igualitaria. Fue creado por el ingeniero Ildefonso Cerdá y su aprobación fue seguida de una fuerte polémica por haber sido impuesto desde el gobierno del Reino de España en contra del plan de Antonio Rovira y Trías que había ganado un concurso del Ayuntamiento de Barcelona.

El ensanche contemplado en el plan se desplegaba sobre una inmensa superficie que estaba libre de construcciones al ser considerada zona militar estratégica. Proponía una cuadrícula continua de manzanas de 113,3 metros desde el Besós hasta Montjuic, con calles de 20, 30 y 60 metros con una altura máxima de construcción de 16 metros. La novedad en la aplicación del plan hipodámico consistía en que las manzanas tenían chaflanes de 45º para permitir una mejor visibilidad.[1]

El desarrollo del plan duró casi un siglo. A lo largo de todo este tiempo, el plan se ha ido transformando y muchas de sus directrices no se aplicaron. Los intereses de los propietarios del suelo y la especulación desvirtuaron finalmente el plan Cerdá.

A lo largo del siglo XVIII y la primera parte del XIX la situación sanitaria y social de la población de Barcelona se había ido haciendo asfixiante. La muralla medieval que había permitido a la ciudad resistir siete asedios entre 1641 y 1714 representaba ahora un freno a la expansión urbana. El crecimiento demográfico elevó la población de 115.000 habitantes en 1802 a 140.000 en 1821 y llegó a 187.000 en 1850. Los 6 km de muralla rodeaban una superficie un poco por encima de los 2 millones de m², si bien el 40% del espacio estaba ocupado por 7 cuarteles, 11 hospitales 40 conventos y 27 iglesias.[2]

Las condiciones de salubridad empeoraban fruto de la densidad y de la falta de infraestructuras sanitarias como redes de alcantarillado o agua corriente. Los entierros en cementerios delante de las iglesias eran focos de infecciones, de contaminación de aguas subterráneas y de epidemias. A pesar de la decisión de hacer los entierros en el cementerio de Pueblo Nuevo decretada en 1819 por el obispo Pau Sitjar,[3]​ no se consolidó su funcionamiento hasta mediados del siglo XIX.[4]​ A partir de este momento, y forzado por ordenanzas militares, empezaron a recuperarse los espacios de los cementerios en las puertas de las iglesias como la de San Justo, San Pedro de las Puellas o el Fossar de les Moreres.[5]

En estas circunstancias, la media de vida se situaba en 36 años para los ricos y de 23 para los pobres y jornaleros.[2]​ Barcelona, de la misma manera que Cataluña, había sido castigada por la peste en los siglos XV y XVI, y sufrió diversas epidemias a lo largo del XIX:

La consideración militar de plaza fuerte que tenía Barcelona con la Ciudadela a su lado condicionaba la vida urbana. No solo se ignoraban los problemas de la ciudadanía intramuros, sino que los tímidos movimientos para expandirse extramuros fueron reprimidos con el derribo de las construcciones porque "impedían la defensa de la ciudad" como ocurrió en 1813,[7]​ ya que se consideraba área non aedificanda la comprendida hasta la distancia de un tiro de cañón, que correspondía aproximadamente a los "jardinets de Gracia".[8]

Las voces en contra no solo provenían de la ciudadanía, sino del mismo Ayuntamiento de Barcelona que, a través de la Junta de Ornato y en sintonía con el capitán general barón de Meer, en 1838 pidió una modificación de la muralla entre la puerta de los Estudios (la Rambla) y el baluarte de Jonqueres (Plaza Urquinaona) para conseguir una pequeña ampliación.[9]

En 1841 el Ayuntamiento de Barcelona convocó un concurso por promover el desarrollo de la ciudad. El 11 de septiembre de 1841 falló el premio a favor del doctor Pedro Felipe Monlau médico e higienista autor del trabajo Abajo las murallas, Memoria acerca de las ventajas que reportaría a Barcelona y especialmente a su industria de la demolición de las murallas que circuyen la ciudad, en el que se demanda una expansión desde el río Llobregat al Besós.

La amplia difusión del proyecto y el impulso popular provocó enfrentamientos como el del 26 de octubre de 1842 en qué la Junta de Derribo va a demoler parte de la Ciudadela, hecho que provocó que el general Espartero bombardeara Barcelona desde el castillo de Montjuic el 3 de diciembre y ordenara su reconstrucción con un gasto de 12 millones de reales a expensas de la ciudad.[10]

En 1844, Jaime Balmes se sumó, desde las páginas de La Sociedad, a las protestas contradiciendo las teorías del valor estratégico militar defendido por el general Narváez.

Pasaron más de diez años hasta que el Ayuntamiento de Barcelona aprobó un proyecto preparado por su secretario Manuel Durán y Bas que envió al gobierno de Madrid el 23 de mayo de 1853 con la firma unánime del consistorio con su alcalde, Josep Beltran i Ros al frente. El informe recibió el apoyo de los diputados catalanes y en especial de Pascual Madoz, diputado por Lérida y persona clave en el derribo de las murallas. Madoz llegó a ser gobernador civil de Barcelona durante escasamente setenta y cinco días por pasar a ocupar el cargo de ministro de Hacienda del gobierno progresista, desde dónde instó la desamortización y promulgó una real orden que acabaría con los enfrentamientos entre el Ayuntamiento y el ministerio de la Guerra.[10]​ La orden de derribo de las murallas del 9 de agosto de 1854 especificaba que se debían mantener la muralla de mar, el castillo de Montjuic y la Ciudadela.[11]

La necesidad de crecer fuera de las murallas era obvia, pero además hay que tener presente el efecto especulativo que suponía la urbanización de 1.100 hectáreas de terreno. Con el concurso abierto por el ayuntamiento en diciembre de 1840 y ganado por el proyecto "Abajo las Murallas" de Monlau, se abre el periodo de transformación de la ciudad. El año 1844 Miquel Garriga i Roca se ofrece al Ayuntamiento de Barcelona como arquitecto municipal por hacer el planeamiento del ensanche, con una propuesta centrada en operaciones de embellecimiento ornamental. En 1846 Antonio Rovira y Trías publicó en el Boletín Enciclopédico de Nobles Artes una propuesta para la formación de un plano geométrico de Barcelona.[12]

En 1853, un año antes de derribar las murallas, el ayuntamiento empezó a prepararse para la siguiente etapa creando la Comisión de las Corporaciones de Barcelona. Convertida más tarde en la Comisión del Ensanche; contaba con representantes de la industria, los arquitectos Josep Vila Francisco Daniel Molina, Josep Oriol Mestres, José Fontseré Doménech, Joan Soler i Mestres, y representantes de la prensa: Jaume Badia, Antonio Brusi y Ferrer, Tomás Barraquer y Antonio Gayolá.[13]

En 1855, el Ministerio de Fomento encargó a Cerdá el levantamiento del plano topográfico del Llano de Barcelona, que era la extensa zona sin urbanizar por razones militares que había entre Barcelona y Gracia y desde Sants a San Andrés de Palomar. Persona muy sensibilizada con las corrientes higienistas, aplicó sus conocimientos a desarrollar, por su cuenta una Monografía de la clase obrera (1856), completo y profundo análisis estadístico sobre las condiciones de vida intramuros a partir de los aspectos sociales, económicos y alimenticios. El diagnóstico fue claro: la ciudad no era apta para «la nueva civilización, caracterizada por la aplicación de la energía del vapor en la industria y la mejora de la movilidad[14]​ y la comunicatividad» (el telégrafo óptico era el otro invento relevante).[15]

Consciente de esta carencia, Cerdá empezó sin ningún encargo a estructurar su pensamiento, expuesto sistemáticamente muchos años después (1867) en su gran obra: Teoría General de la Urbanización. Uno de los rasgos más importantes de la propuesta de Cerdá, lo que le hace sobresalir en la historia del urbanismo, es la búsqueda de coherencia para contabilizar los requerimientos contradictorios de una aglomeración compleja. Supera las visiones parciales (ciudad utópica, cultural, monumental, racionalista ...) y se entrega en busca de una ciudad integral.[16]

El año 1859 es el año definitivo del ensanche. El 2 de febrero, Cerdá recibió la orden del gobierno central para que verificara el estudio para el ensanche en un plazo de doce meses. El ayuntamiento reacciona inmediatamente convocando el 15 de abril un concurso público sobre planes para el ensanche con fecha límite el 31 de julio, si bien se aplazó al 15 de agosto. Mientras tanto, Cerdá no perdía el tiempo, acabó su proyecto y se dedicó a mostrarlo -por ganar apoyos en Madrid- a Madoz, Laureano Figuerola y al director general de Obras Públicas, el marqués de Corvera.

Pero el 9 de junio de 1859 es la fecha en que definitivamente el gobierno central mediante una real orden, aprueba el plan del ensanche diseñado por Cerdá. A partir de ese momento se suceden las disputas de tipo técnico, político y económico entre el gobierno central y el municipal. Con respecto al concurso municipal, se presentaron trece proyectos, resultante ganador por unanimidad el de Antonio Rovira y Trías el 10 de octubre de 1859. Siguiendo una real orden de 17 de diciembre, todos ellos más el de Cerdá fueron expuestos indicando la calificación merecida, absteniéndose el Ayuntamiento de evaluar el de Cerdá.

La cuestión queda definitivamente resuelta el 8 de julio de 1860 en que el ministerio ordenó la ejecución del Plan Cerdá.[17]

Los proyectos presentados al concurso del Ayuntamiento de Barcelona para diseñar un ensanche para la ciudad centraban, en la mayoría de casos, su solución en el "camino de Barcelona a Gracia" que hacía un tiempo que se estaba consolidando urbanísticamente como paseo de Gracia y que condicionaba las posibles soluciones. Estos planes, a diferencia del propuesto por Cerdá, ocupaban una menor superficie y eran destinados a acoger a menos personas, lo que es lógico si pensamos que obedecían a los objetivos de la burguesía de reforzar la segregación social. Así, el plan ganador del concurso de ensanche, presentado por Rovira i Trias, se corresponde con el lema que lo encabezaba: "el trazado de una ciudad es más obra del tiempo que del arquitecto"; y el propio Rovira afirmaba que los proletarios no podrían vivir en lo "que propiamente tendrá que llamarse ciudad de Barcelona".[18]

Los proyectos se presentaron bajo seudónimo y las placas de los no premiados se destruyeron, por lo cual se ha perdido parte de la documentación. [19]

El proyecto ganador, según el consistorio municipal, fue una propuesta de Antoni Rovira basada en una malla circular que envolviendo la ciudad amurallada crecía radialmente, integrando de forma armónica los pueblos de los alrededores. Se presentó con el lema: "Le tracé d'une ville est oeuvre du temps, plutôt que d'architecte".[21]​ La frase es original de Léonce Reynaud un referente arquitectónico de Rovira. Estaba estructurado en tres áreas donde se combinaban los diferentes sectores de la población con las actividades sociales con una lógica de barrios y jerarquización del espacio y de los servicios públicos. A partir de una propuesta de ronda en sustitución de la muralla se desplegaba una malla formada por manzanas rectangulares con patio central y una altura de 19 metros. Unas cuantas calles principales hacían de unión entre bloques de manzanas de estructura hipodámica para ir reajustando el perfil cuadrado a la semicircunferencia que rodeaba la ciudad. Rovira plantea su solución con un centro claro ubicado a la plaza de Cataluña, mientras que Cerdá trasladaba la centralidad hacia la plaza de la Glorias. El plan aportaba una solución para la plaza de Cataluña, cosa que no preveía el plan Cerdá. [22]

La trama de Rovira responde a un modelo de ensanche contemporáneo y residencial como el "ring" de Viena o el proyecto Haussmann en París. Este modelo estaba más alineado con la futura "Großstadt" capitalista que reivindicaría la Renaixença y la Lliga.[23]

Después de la aprobación inapelable del gobierno central, el 4 de septiembre de 1860 la reina Isabel II colocaba la primera piedra del Ensanche en la actual plaza de Cataluña. El crecimiento de la ciudad fuera de murallas no fue rápido por la falta de infraestructuras y la distancia con el núcleo urbano.

La década de 1870 se produjo un progreso notable ya que los inversores vieron una gran oportunidad de negocio. El retorno de los indianos con el final de las colonias aportaba capitales importantes que se tenían que invertir y encontraron en el ensanche su mejor destino. Empieza la llamada fiebre de oro. Pero el gran interés acabó siendo perjudicial para el plan inicial, y la fiebre constructora contribuyó a la progresiva reducción de los espacios verdes y de los equipamientos. Finalmente se construyeron los cuatro lados de las manzanas.

La Exposición Universal del año 1888 significó un nuevo impulso que permitió la renovación de algunas zonas y la creación de servicios públicos. Pero sería el gran desarrollo de finales del siglo XIX con el Modernismo apoyado por la burguesía que invertía en edificios para dedicarlos a alquiler, lo que haría crecer el Ensanche de tal manera que en el año 1897 Barcelona integró los municipios de Sants, Las Corts, San Gervasio de Cassolas, Gracia, San Andrés de Palomar y San Martín de Provensals.[24]

El plan aportó la clasificación primaria del territorio: las «vías» y los espacios «intervías». Las primeras constituyen el espacio público de la movilidad, del encuentro, del soporte a las redes de servicios (agua, saneamiento, gas…), el arbolado (más de 100.000 árboles en la calle), el alumbrado y el mobiliario urbano. Las «intervías» (isla, manzana, bloque o cuadra) son los espacios de la vida privada, donde los edificios plurifamiliares se reúnen en dos hileras en torno a un patio interior a través del cual todas las viviendas (sin excepción) reciben el sol, la luz natural, la ventilación y la joie de vivre, como pedían los movimientos higienistas.

Cerdá defendía el equilibrio entre los valores urbanos y las ventajas rurales. «Ruralizad aquello que es urbano, urbanizad aquello que es rural» es el mensaje lanzado al principio de su Teoría General de la Urbanización.

Dicho de otra forma, su propósito era dar prioridad al «contenido» (las personas) por encima del «continente» (las piedras o los jardines). La forma, tema tan obsesivo en la mayoría de planes, no es más que un instrumento, si bien de máxima importancia, pero a menudo demasiado decisivo y a veces prepotente. La magia de Cerdá consiste a engendrar la ciudad a partir de la vivienda. La intimidad del domicilio se considera una prioridad absoluta y, en un tiempo de familias numerosas (tres generaciones), hacer posible la libertad de todos los miembros se podría considerar utópico.

Cerdá cree que la vivienda ideal es la aislada, lo rural. No obstante, las enormes ventajas de la ciudad obligan a compactar, esencia del hecho urbano, y a diseñar una vivienda que permita su encaje en un edificio plurifamiliar en altura, y disfrute, gracias a una esmerada distribución, de una doble ventilación por la calle y por el patio interior de la «manzana». La caricia del sol está asegurada en todos los casos.[15]

En el plano propuesto por Cerdá para la ciudad destaca el optimismo y la ilimitada previsión de crecimiento, la ausencia programada de un centro privilegiado, su carácter matemático, geométrico y con visión científica.[16]​ Obsesionado por los aspectos higienistas que había estudiado en profundidad y disponiendo de una amplia libertad para configurar la ciudad, ya que el llano de Barcelona no tenía casi ninguna construcción, su estructura aprovecha al máximo la dirección de los vientos para facilitar la oxigenación y limpieza de la atmósfera.[25]​ En la misma línea, asignó un papel clave a los parques y los jardines interiores de las manzanas, aunque la posterior especulación alteró mucho este plan. Fijó la ubicación de los árboles en las calles (1 cada 8 metros) y escogió el plátano de sombra para poblar la ciudad después de analizar qué especie sería la más idónea para vivir en la ciudad.

Además de los aspectos higienistas a Cerdá le preocupó la movilidad. Definió una anchura de calles absolutamente inusitada, en parte para huir de la inhumana densidad que vivía la ciudad, pero también pensando en un futuro motorizado con unos espacios propios separados de los de convivencia social que los reservaba por las zonas interiores. [26]

Incorporó el trazado de líneas ferroviarias que le habían influido en su visión de futuro cuando visitó Francia, si bien es consciente de que éstas tienen que ir soterradas, y le preocupó que cada barrio tuviera una zona dedicada a edificios públicos.[16]​ En este sentido incluye los avances dentro de su ideario progresista cuando afirmó:[25]

La solución formal más destacada del proyecto fue la incorporación de la manzana; su forma crucial y absolutamente singular con respecto a otras ciudades europeas viene marcada por su estructura cuadrada de 113,33 metros con unos chaflanes de 45º.[16]

La cuadrícula hipodámica de Cerdá preveía calles de 20, 30 y 60 metros de anchura. Las manzanas tenían construcción solo en dos de los cuatro lados, lo cual daba una densidad de 800.000 personas. Con el diseño original, el ensanche se habría ocupado totalmente hacia 1900,[27]​ si bien tanto el propio Cerdá como, posteriormente, algunas acciones especuladoras, lo densificaron sustancialmente.

Cerdà propuso el "Ensanche ilimitado" una cuadrícula regular e imperturbable a lo largo de todo el trazado urbano. A diferencia de otras propuestas que rompían su ritmo repetitivo para meter espacios verdes o servicios, la propuesta de Cerdà los engloba internamente y permitió fijar una repetición continua en el plan con capacidad de alterarlo cuando convenga. [28]

El principio igualitario que Cerdà quería imprimir en su urbanismo justifica esta homogeneidad en busca de la igualdad, ya no solo entre clases sociales, sino por la comodidad del tráfico de personas y vehículos, ya que tanto si se circula por una vía como si se hace por sus transversales, los cruces entre ellas se encuentran a la misma distancia, y al no existir unas vías más cómodas que otras el valor de los hábitats tenderá a igualarse.[1]

La visión del ingeniero era de crecimiento y de modernidad; su genialidad le permitió anticiparse a los futuros conflictos de circulación urbana, 30 años antes de inventarse el automóvil.[25]

Con respecto a la orientación, las vías discurren en dirección paralela al mar unas, y perpendicular las otras, eso hace que la orientación de los vértices de los cuadrados coincida con los puntos cardinales y por lo tanto todos sus lados tengan luz directa del sol a lo largo del día, denotando una vez más la importancia que el diseñador concede al fenómeno solar.

Cerdá desplegó el trazado sobre la columna vertebral que supone la Gran Vía. Trabaja con módulos de 10 x 10 «manzanas» (que Cerdá consideró un distrito) y que se corresponden con los cruces principales (plaza de la Glorias Catalanas; plaza Tetuán; plaza Universidad), con una calle más ancha cada 5 (calle Marina; Vía Layetana que atravesaría la ciudad vieja 50 años más tarde; calle Urgell). Con estas proporciones, así como la resultante del tamaño de la «manzana», Cerdá consiguió ubicar una de las calles anchas que bajan de la montaña al mar a cada lado de la ciudad vieja (Urgell y Sant Joan) con 15 manzanas en medio.

Las calles tienen en general una anchura de 20 metros de los cuales en la actualidad los 10 metros centrales están destinados a calzada y 5 metros a cada lado destinados a aceras. La amplitud de las calles, como en el modelo parisino de Haussmann, se asocia a una visión militar por poder reprimir con más facilidad las sublevaciones internas. Recordamos que Cerdá había vivido en primera persona las revueltas obreras de 1855. Los elogios que recibió el plan por parte de sus contemporáneos, fue el considerar el formato rectilíneo como ventajoso para el fuego de artillería. [29]

El ensanche ilimitado presentaba poca sensibilidad con la integración de las tramas urbanas de las villas periféricas. Los enlaces con estos núcleos no estaban previstos, salvo San Andrés de Palomar bordeado por la avenida Meridiana y se ignoraban los canales de tradición humana. En 1907 el Ayuntamiento aprobó el Plan Jaussely, un plan de enlaces para solventar estas carencias. Algunos de los criterios recogidos en este plan y el mantenimiento de uso de algunos caminos durante el desarrollo del plan Cerdá han evitado su desaparición. La calle de Pere IV (antiguo camino de Francia), la avenida Mistral (antiguo camino de Sants y que enlazaba con la calle del Carmen de la ciudad amurallada), la avenida de Roma (antiguo camino a las Corts) o la travesera de Gracia (antigua vía romana), son algunos ejemplos.[29]

Mención especial merece el diseño del paseo de Gracia y la Rambla de Cataluña, donde con el fin de respetar el antiguo camino de Gracia y la vertiente natural de las aguas, de aquí el nombre de rambla, Cerdá trazó solo dos vías consecutivas de anchura especial donde en realidad atendiendo al tramado de 113,3 m tendría que haber tres calles, además el paseo de Gracia para respetar el antiguo trazado, no es exactamente paralela en el resto de las calles lo que hace que las manzanas existentes entre las dos vías mencionadas, si bien son de diseño ortogonal con chaflanes, presentan irregularidades que les dan forma de trapecios.

A todo eso hay que añadir la presencia de algunas de carácter especial que no siguen el trazado reticular sino que lo atraviesan en diagonal, como la propia avenida Diagonal, la avenida Meridiana, el Paralelo, y otras que fueron trazadas respetando la existencia de antiguas vías de comunicación con los pueblos vecinos.

Las dimensiones de las manzanas vienen dadas por las distancias antes mencionadas entre los ejes longitudinales de las calles y la misma anchura de estas vías, de manera que al establecer una anchura estándar de las vías en 20 metros, las manzanas están formadas por cuadriláteros de 113,3 metros, truncados sus vértices en forma de chaflán de 15 metros, cosa que da una superficie de manzana de 1,24 ha, contrariamente a la creencia popular de que tienen una superficie exacta de 1 hectárea. La cifra de 113,3 metros ha tenido diversas justificaciones. Manuel de Solà-Morales considera que las 5 manzanas que hay entre el antiguo baluarte de Tallers (actual plaza Universidad) y el de Jonqueres (actual plaza Urquinaona) son las que marcan el factor a partir del cual se construye el resto.[30]

Cerdà justificó el chaflán de los vértices de las manzanas desde el punto de vista de la visibilidad que eso da a la circulación rodada y en una visión de futuro en la cual no se equivocó más que en el término utilizado para definir el vehículo, hablaba de las locomotoras particulares que un día circularían por las calles y de la necesidad de crear un espacio más amplio en cada cruce para favorecer la parada de estas locomotoras.

El diseño de algunas vías más anchas, sin que eso perturbe la cuadrícula regular de 113,3 m, permite reducir adecuadamente las dimensiones de las manzanas afectadas por el ensanchamiento de las vías, como sucede en la Gran Vía de las Cortes Catalanas, bajo la cual circulan el metro y el tren, la calle Aragón por la cual durante muchos años transitaba el ferrocarril en el aire libre hasta que finalmente fue soterrado, la calle Urgell y otras.

Dentro del espacio de cada manzana, Cerdá concibió dos formas básicas para situar los edificios, una presentaba dos bloques paralelos situados en los lados opuestos, dejando en su interior un gran espacio rectangular destinado a jardín y la otra presentaba dos bloques unidos en forma de "L" situados a dos lados contiguos de la manzana, quedando en el resto un gran espacio cuadrado también destinado a jardín.

La sucesión de manzanas del primer tipo daba como resultado un gran jardín longitudinal que atravesaba las calles y la agrupación de 4 manzanas del segundo tipo, convenientemente dispuestas, formaba un gran cuadrado edificado atravesado por dos calles perpendiculares y con sus cuatro jardines unidos en uno.

Ya antes de su aprobación contó con la oposición municipalista más por aquello que representaba (la imposición desde Madrid), que por su contenido. Las élites de Barcelona actuaron en contra del plan de la misma manera que lo estaban haciendo contra las crecientes protestas populares. El carácter antiautoritario, antijerárquico, igualitario y racionalista del plan topaba directamente con la visión de la burguesía que prefería tener como referente de nueva ciudad París o Washington con una arquitectura de carácter más particularista.[31]​ La figura de Cerdá también generaba antipatías entre los arquitectos que no le podían perdonar la afronta que había supuesto adjudicar una responsabilidad urbanística a un ingeniero. Cerdá sufrió una campaña de desprestigio personal llena de leyendas y mentiras. De nada sirvió que fuera de una familia catalana originaria del siglo XV, ni que hubiera proclamado la república federal catalana desde el balcón de la Generalidad de Cataluña, para que se difundiera que "no era catalán". Domènech i Montaner aseguraba que la anchura de las calles produciría unas corrientes de aire que impedirían una vida confortable. Como afronta, distribuyó los pabellones de su Hospital de San Pablo en dirección contraria a la alineación de la calle. [32]

En 1905, 50 años después de la aprobación del plan, Prat de la Riba manifestaba una profunda indignación "contra los gobiernos que nos impusieron la monótona y vergonzosa cuadrícula" en vez del sistema que él soñaba de ciudad irradiada a partir de la vieja capital histórica.[31]

La oposición a Cerdá y a su Plan por parte del pueblo barcelonés, facilitó la aparición de actividades especulativas y argumentos que trataban de conseguir un mayor espacio construido. El primero de ellos fue que si las calles tenían 20 metros de ancho, bien podía aumentar la profundidad de los edificios en esta misma medida, se ocupó posteriormente la zona central de las manzanas con edificaciones bajas, destinadas en la mayoría de los casos a talleres y pequeñas industrias familiares, desapareciendo con eso la mayor parte de los jardines centrales, con lo cual como último recurso para aumentar el suelo construido se unieron los dos laterales ya construidos con edificios que los unían, cerrando por completo las manzanas.

Parecía que en este punto finalizaba el proceso especulativo, pero apareció un nuevo argumento: si las calles tenían 20 metros de ancho, no tendría que haber inconveniente en qué los edificios tuvieran una altura de 20 m en lugar de los 16 m proyectados, ya que el aumento de altura, estando el sol en 45º, ilumina cualquier edificio en su totalidad sin que ningún edificio vecino le hiciera sombra; este argumento unido a la construcción de techos más bajos dio como resultado que se ganaran dos pisos de altura.

Finalmente, teniendo en cuenta la teoría anterior, si se construye sobre el edificio actual un piso más, pero con la fachada retirada hacia el interior del edificio la misma medida que la altura de este piso, se conseguiría aumentar el espacio construido sin que la sombra del edificio afecte a los edificios vecinos si el sol está en 45º; nacía así el piso ático, y por la misma teoría se construyó el sobreático, retirando la fachada otra vez hacia atrás la misma medida que la altura de este nuevo piso.



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