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Transfusión de sangre



La transfusión de sangre es la transferencia de la sangre o un componente sanguíneo de una persona (donante) a otra (receptor).[1]​ Con los descubrimientos realizados acerca de la circulación de la sangre por William Harvey, se inició una investigación más sofisticada para las transfusiones de sangre en el siglo XVII, con experimentos acertados de transfusiones en animales. Sin embargo, las investigaciones sucesivas de transfusión entre animales y seres humanos no fueron tan exitosas (como cualquier técnica médica experimental que emerge) hasta que estas técnicas se refinaron y hoy en día salvan cientos de miles de vidas diariamente. Actualmente se están estudiando nuevas formas de liberación de fármacos mediante transfusiones sanguíneas para liberar sostenidamente el fármaco en circulación,[2]​ mantenerlo en el torrente circulatorio[3]​ o bien como vehículo de nanoparticulas.[4]

El primer intento de transfusión sanguínea registrado ocurrió en el siglo XV relatado por Stefano Infessura. En 1492 el Papa Inocencio VIII cayó en coma, por lo que se requirió de la sangre de tres niños para administrársela a través de la boca (ya que en ese entonces no se conocía la circulación sanguínea) a sugerencia del médico. A los niños de 10 años de edad se les prometió pagarles con sendos ducados de oro y, sin embargo, tanto el Papa como los jovencitos murieron. Algunos autores desacreditan el relato de Infessura, acusándolo de antipapista.

La primera transfusión de sangre humana documentada fue administrada por el doctor Jean-Baptiste Denys, quien el 15 de junio de 1667 describió el caso de un enfermo de sífilis que murió después de haber recibido tres transfusiones de sangre de cordero: «Estaba en el proceso exitoso de recibir la transfusión..., pero algunos minutos después... su brazo se calentó, su pulso aceleró, el sudor brotó sobre su frente, se quejaba de fuertes dolores en los riñones y en el estómago, su orina era oscura, negra de hecho... luego murió...».[5]

Durante la primera década del siglo XX se identificaron los diferentes tipos de sangre, y que la incompatibilidad entre la sangre del donante y del receptor podía causar la muerte.

Karl Landsteiner descubrió que las personas tenían diferente tipo de sangre y que las transfusiones no eran compatibles entre personas de diferente tipo. En 1901 describió el sistema de AB0 y en 1940 el sistema Rh.

El método de conservación de sangre humana para su uso diferido en transfusiones, mediante la adición de citrato de sodio, fue desarrollado por el médico argentino Luis Agote en 1914.

En 1936, durante la Guerra Civil Española, el médico Frederic Durán-Jordà organizó un banco de sangre en Barcelona con un servicio de transfusiones a distancia.[6]​ Y el médico Norman Bethune desarrolló el primer servicio móvil de transfusiones de sangre que llegaba hasta el frente de batalla.[7]

A fines de la década de 1930 e inicios de la de 1940, la investigación del médico estadounidense Charles Drew llevó al descubrimiento de que la sangre podía ser separada en plasma sanguíneo y células rojas, y de que el plasma podía ser congelado separadamente. La sangre almacenada de este manera duraba más tiempo y era menos propensa a contaminarse.

Mediante la donación de sangre se pretende cubrir las necesidades de transfusión que necesitan las personas enfermas. En los países en vías de desarrollo la donación suele ser realizada principalmente por voluntarios o familiares de los enfermos. Los países desarrollados cuentan con un sistema que controla las donaciones a través de los bancos de sangre.

La sangre se extrae por medio de una punción en el brazo y se trata para impedir su coagulación, posteriormente la sangre se separa en sus componentes principales, plasma, plaquetas y glóbulos rojos. La sangre de los donantes es posteriormente analizada, pasando un exhaustivo control que incluye numerosas pruebas para detectar los principales virus que puede contener la sangre, como: pruebas para la detección de anticuerpos irregulares, pruebas de serología infecciosa, pruebas para medir el nivel de transaminasas y prueba del NAT.[8]

Para realizar transfusiones, deben tomarse medidas para asegurar la compatibilidad de los grupos sanguíneos del donante y el receptor, para evitar reacciones hemolíticas potencialmente fatales. La tabla de compatibilidades e incompatibilidades de tipos de sangre es como se indica en la tabla de la derecha.

Sin embargo, no son el AB 0 y el Rh los únicos tipos de grupos sanguíneos existentes. Existen otros tipos de grupos sanguíneos menos conocidos por ser menos antigénicos que los anteriores y por lo tanto menos susceptibles de provocar reacciones de incompatibilidad. Por ello es imprescindible realizar pruebas cruzadas entre la sangre de donante y la del receptor, para descartar la existencia de anticuerpos en el receptor contra eritrocitos del donante.

Antiguamente este análisis se hacía observando la reacción al microscopio y valorando con el mismo la aparición o no de aglutinación (incompatibilidad). En la actualidad el proceso está automatizado y ya no es imprescindible depender únicamente de la fiabilidad del observador al microscopio.

Los países desarrollados someten cada unidad de sangre donada a pruebas de laboratorio para detectar la presencia de múltiples tipos de virus y bacterias como el VIH/sida, las hepatitis B y C o la sífilis. Así, al realizar una transfusión sanguínea en los Estados Unidos, la American Medical Association dijo en 2004 que la probabilidad de que una unidad de sangre sea portadora de virus o bacterias es inferior a una entre 1,9 millones en el caso del VIH e inferior a una entre un millón en el caso de la hepatitis C.[9]​ En contraste, en 2008, la Organización Mundial de la Salud reveló que en 31 países en desarrollo y con economías en transición no se realizaban, en todas las unidades de sangre donada, pruebas para detectar la presencia de virus o bacterias responsables de enfermedades infecciosas.[10]

En algunos países del mundo las donaciones de plasma mueven un negocio millonario que ha generado polémica.[11]​ En España, por ejemplo, la Cruz Roja recibe dinero de la comunidad autónoma de Madrid por cada bolsa de sangre donada. Estas donaciones se envían al banco de sangre que se encarga de su conservación y distribución. Desde este banco buena parte de la sangre es enviada a Grifols para ser tratada y comercializada en tratamientos específicos que les genera muchas ganancias. Sólo una pequeña parte de la sangre se utiliza en Hospitales.[12]​ Por otro lado, a pesar de los controles en laboratorio que se hacen para garantizar que la sangre no tenga virus ni bacterias, el periodo ventana hace imposible asegurar que toda la sangre sea limpia.[13]

La cirugía sin sangre cada vez tiene más adeptos y muchos hospitales públicos y privados la recomiendan mediante departamentos específicos de esta especialidad de la medicina moderna.[14]​ La razón es un mejor resultado durante las operaciones de todo tipo de enfermedades, incluso de las más complejas como de cáncer y corazón, y un mejor postoperatorio.[15]​ Sin embargo, esto no aplica en hemorragias o pérdida de sangre, en la incapacidad de producir suficiente sangre o en trastornos sanguíneos existentes donde una transfusión de sangre es necesaria para la vida del paciente. Mientras la ciencia no logre desarrollar una fuente de sangre artificial, no existe ninguna alternativa aceptable a una transfusión de sangre en muchas situaciones. Medicamentos conocidos como factores de crecimiento para incrementar la capacidad del organismo de fabricar sangre estimulan la producción de glóbulos rojos y de plaquetas. Estos en la mayoría de los casos, no reemplazan totalmente la necesidad de una transfusión.[16]



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