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Batalla de Omdurmán



La Batalla de Omdurmán enfrentó el 2 de septiembre de 1898 a un ejército anglo-egipcio comandado por el general británico Horatio Kitchener con el ejército de Abdallahi ibn Muhammad, sucesor del autoproclamado Mahdi Muhammad Ahmad, en Omdurmán, Sudán. Saldada con una victoria aplastante para las tropas anglo-egipcias, el enfrentamiento armado demostró la superioridad de la disciplina y la tecnología militar europeas, gracias al uso de fusiles y artillería contra un ejército muy numeroso pero con armamento totalmente arcaico. La batalla selló el éxito de los británicos en su intento por reconquistar Sudán, aunque no sería hasta la Batalla de Umm Diwaykarat, un año después, cuando los mahdistas serían totalmente derrotados. Omdurmán es hoy un suburbio de Jartum, en el centro de Sudán, aunque en su día fue elegida como base de operaciones por el Mahdi Muhammad Ahmad.

Desde la muerte de Charles George Gordon en enero de 1885 en Jartum, los derviches controlaban Sudán en su totalidad. El Mahdi había muerto, pero su sucesor, el califa Abdullah, ejercía un férreo control sobre su país pese a las derrotas de los últimos años. Era un hombre ambicioso, que aspiraba a extender su dominio hasta Abisinia e incluso Egipto.

En Gran Bretaña, la opinión pública exigía venganza por la muerte de Gordon. Como consecuencia, el ejército egipcio fue reforzado y la defensa del canal de Suez y de los intereses británicos fueron confiados a la Marina Real y a las tropas británicas en Egipto. En 1895 se consideró llegado el momento de preparar la reconquista de Sudán desde Egipto. La tarea le fue encomendada a Horatio Kitchener, sirdar («comandante en jefe») del ejército egipcio creado, instruido y dirigido por los británicos y que comprendía excelentes batallones reclutados entre los nativos del Sudán meridional, hombres que odiaban a los derviches. Kitchener carecía de experiencia como comandante de tropas en combate, pero tenía gran reputación como organizador militar y estaba decidido a no fracasar.

Para derrotar a un enemigo que se hallaba en pleno desierto era preciso mantener extensas líneas de comunicación y asegurar el avituallamiento y la evacuación de los heridos. Kitchener no dejó nada al azar. Las tropas y el material se podían transportar por barco hasta la primera catarata del Nilo en Wadi Halfa, 800 kilómetros al sur de El Cairo. A partir de allí, Horatio Kitchener decidió la construcción de una línea de ferrocarriles que llegase hasta Atbara, salvando cientos de kilómetros de desierto mientras una flotilla de cañoneros fluviales remontaba el Nilo.

Durante la metódica aproximación se libraron varias pequeñas batallas entre las fuerzas de Kitchener y las del emir Mahmoud, que debía hostigarlo mientras el califa concentraba su enorme ejército en Omdurmán, unos 320 kilómetros más al sur, en la orilla del Nilo opuesta a Jartum, sabiendo que éste era el verdadero objetivo.

El comandante irlandés llegó a avistar el objetivo el 1 de septiembre de 1898, acampando entre el río y una larga hilera de arbustos espinosos, la zareba. Esta estaba vigilada por patrullas a caballo, pues se había detectado una fuerza de 50.000 derviches a 8 kilómetros de allí, tras una colina. Abdullah esperaba derrotar a los británicos respaldado por su propia base y con las líneas de abastecimiento enemigas extendidas en exceso.

En la mañana del 2 de septiembre, al producirse el esperado ataque derviche, la fuerza anglo-egipcia se hallaba dispuesta en forma de semicírculo tras la zareba, con sus flancos apoyados en el Nilo y protegidos por los cañoneros fluviales. Los mahdistas atacaron frontalmente a las líneas británicas de dicho semicírculo, pero fueron rechazadas sangrientamente a 450 metros de la zareba, donde se amontonaban los muertos y heridos, fruto del fuego de artillería, ametralladoras y fusilería, siendo que las fuerzas de los derviches, dotadas de antiguas armas de fuego y de algunas lanzas se arrojaban sobre las líneas británicas pero eran repelidas con gravísimas bajas por el devastador fuego de las ametralladoras usadas por los europeos. De hecho las primeras avanzadas derviches fueron casi exterminadas en tanto sus muy antiguos fusiles (algunos inclusive de avancarga) no tenían opción alguna de oponerse ante el más moderno armamento de los europeos, que permitía a éstos disparar ráfagas de balas con una velocidad y cadencia imposible de resistir por los mahdistas. El máximo avance derviche sólo llegó a 50 metros de la línea de defensa de los británicos.

Los británicos enviaron a continuación el 21º Regimiento de Lanceros sobre la desorganizada ala derecha derviche para interceptar el camino a la ciudad. A cierta distancia localizaron a fuerzas enemigas en el lecho seco de un río y se lanzaron contra ellas sin percatarse de que había una gran horda derviche oculta en la depresión del terreno. En dos minutos los británicos lograron ponerlos en fuga con gran coste en oficiales, soldados y caballos, perdiendo la cuarta parte de sus fuerzas.

Por su parte, Kitchener marchaba hacia Omdurmán sin asegurarse de la derrota enemiga y sufrió el ataque de éstos sobre su expuesta retaguardia y flanco derecho. Por suerte para él, la retaguardia contuvo el ataque con sus ráfagas de ametralladora mientras el ejército formaba para hacer frente a otra masa de 20.000 derviches, que fueron nuevamente derrotados con severas bajas. Las tropas de retaguardia salvaron al grueso del ejército británico de un terrible combate cuerpo a cuerpo que habría producido gravísimas pérdidas y quizás la derrota de Kitchener. No obstante, la superioridad numérica de los partidarios del Mahdi no pudo contra fuerzas dotadas de artillería y armas de tiro rápido, como las ametralladoras.

El emir Abdullah al Taashi huyó y sobrevivió hasta 1898, cuando muere en una batalla. Kitchener tendría que hacer frente al «Incidente de Fachoda», en el que quedaría asentado el poderío británico en la región, siendo posteriormente recompensado con el título de Barón de Jartum y enviado a la India.

La batalla de Omdurmán fue la primera acción de envergadura en la que tomó parte Winston Churchill (antes había servido como observador extranjero durante la Guerra de Cuba). Al igual que el propio Kitchener y muchos de los británicos que participaron en la batalla, Churchill pondría en práctica lo aprendido durante la rebelión mahdista en la futura Guerra de los Bóeres en Sudáfrica, cuando alcanzó notoriedad por primera vez.



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