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Tarsicio



San Tarsicio, también conocido como Tarcisio (forma incorrecta de Tarsicio), Tarsicio de Roma o Tarsicio mártir fue, según el Martirologio romano y una evidencia epigráfica honorífico-funeraria, un joven que murió martirizado en la Vía Apia de Roma en torno al año 267 o 268 d.C., durante el gobierno del emperador Valeriano. Lo poco que se conoce sobre él con carácter hagiográfico es lo que transmite el martirologio, a lo que se suma la inscripción esculpida en su tumba por mandato del papa Dámaso I, obispo de Roma entre 366 y 384. Tarsicio, conocido como «el mártir de la Eucaristía»,[1]​ es venerado como patrono de los acólitos y monaguillos. El Martirologio romano lo celebraba el 15 de agosto.

En el año 258, Caesar Publius Licinius Valerianus Augustus, más conocido como Valeriano regía el Imperio romano. El emperador Valeriano ya era conocido entre los cristianos por proclamar edictos de persecución en los que se prohibía el culto cristiano y las asambleas, y se ordenaba la confiscación de los cementerios donde a menudo se reunían. Las motivaciones de Valeriano, alegadas por su propio procurator summarum rationum (procurador del patrimonio imperial) Macriano,[2]​ eran hasta entonces inéditas: intentaba subsanar en parte el déficit estatal con los bienes de los cristianos.[3]​ En el edicto de agosto de 257, Valeriano «prohibió el culto cristiano, obligando al clero a sacrificar a los dioses so pena de destierro» (Actas de Cipriano). Un año más tarde (agosto de 258), un Senadoconsulto amplió el edicto al prescribir:

Como resultado de ese edicto fueron martirizados en Roma los papas Esteban I (254-257) y Sixto II (257-258), y varios diáconos suyos, entre ellos el popular san Lorenzo, mientras que en África fue decapitado un referente indiscutido, el obispo Cipriano de Cartago.[4]

El nombre «Tarsicio» proviene del latín (tarsus, valor) y significa «valeroso». Considerando la perspectiva geográfica, el nombre significa «el que nació en Tarso», ciudad que luego de la conquista romana fuera capital de la provincia de Cilicia.

San Tarsicio fue un joven convertido al cristianismo a mediados del siglo III, que colaboraba como acólito de la Iglesia de Roma en las catacumbas durante la persecución a los cristianos por parte de la administración del emperador Valeriano.

Después de participar en una Misa en las catacumbas de San Calixto fue comisionado por el obispo de Roma, Sixto II (257-258) para llevar la eucaristía a los cristianos que estaban en la cárcel, prisioneros por proclamar su fe en Cristo. Por la calle se encontró con un grupo de jóvenes paganos que le preguntaron qué guardaba bajo su manto. Tarsicio se negó a decir, y los otros lo atacaron con piedras y palos, posiblemente para robar lo que llevaba. El joven prefirió morir antes que entregar lo que él consideraba un tesoro sagrado. Otros detalles más legendarios indican que, cuando estaba siendo apedreado, habría llegado un soldado llamado Cuadrato, catecúmeno cristiano, quien reconoció a Tarsicio y alejó a los atacantes. Tarsicio le habría encomendado antes de morir que llevara la comunión a los encarcelados en lugar suyo.

El Martirologio romano manifiesta lo siguiente: «En Roma, en la Vía Apia fue martirizado Tarsicio, acólito. Los paganos lo encontraron cuando transportaba el sacramento del Cuerpo de Cristo y le preguntaron qué llevaba. Tarsicio quería cumplir aquello que dijo Jesús: «No arrojen las perlas a los cerdos», y se negó a responder. Los paganos lo apedrearon y apalearon hasta que exhaló el último suspiro pero no pudieron encontrar el sacramento de Cristo ni en sus manos, ni en sus vestidos. Los cristianos recogieron el cuerpo de Tarsicio y le dieron honrosa sepultura en el cementerio de Calixto».

Poco después, según el Martirologio romano, el papa Sixto II también fue detenido durante la celebración de la Misa en el cementerio de Pretextato, y fue martirizado decapitado junto con los diáconos Januarius, Vincentius, Magnus y Stephanus, que lo acompañaban en la celebración eucarística. Al mismo tiempo sufrieron el martirio los diáconos san Felicísimo y Agapito, y poco tiempo después el diácono san Lorenzo.

Sobre la tumba de Tarsicio, el papa san Dámaso I mandó grabar un epitafio con forma de poema, que constituye hoy la principal evidencia, de carácter epigráfico honorífico-funerario, que testifica la existencia de Tarsicio.[5]

En el poema, el autor se dirige al lector que lee esas líneas, invitándolo a recordar que el mérito de Tarsicio es muy parecido al del diácono san Esteban, y a ellos dos quiere honrar ese epitafio.

El poema refiere que san Esteban fue muerto bajo una tempestad de pedradas por los enemigos de Cristo, a los cuales exhortaba a volverse mejores. Señala además que mientras Tarsicio llevaba el sacramento de Cristo fue sorprendido por unos impíos que trataron de arrebatarle su tesoro para profanarlo. Finalmente, señala que prefirió morir y ser martirizado, antes que entregar a los «perros rabiosos» la eucaristía.

Per meritum, quicumque legis, cognosce duorum,
quis Damasus rector titulos post praemia reddit.
Iudaicus populus Stephanum meliora monentem
perculerat saxis, tulerat qui ex hoste tropaeum,
martyrium primus rapuit levita fidelis.
Tarsicium sanctum Christi sacramenta gerentem
cum male sana manus premeret vulgare profanis,
ipse animam potius voluit dimittere caesus
prodere quam canibus rabidis caelestia membra.

El epitafio, que compara la muerte de Tarsicio con la de Esteban el protomártir, es indicativo de que, en efecto, Tarsicio habría muerto lapidado tal como indica el martirologio.[1][5]

Hoy no existe una identificación plena de su sepultura, aunque la iglesia de San Silvestre in Capite, una basílica menor de Roma, se atribuye poseer sus reliquias.

San Tarsicio fue celebrado el 15 de agosto. En la actualidad, la Iglesia católica reserva esta fecha para la celebración de la solemnidad de la Asunción de María. San Tarsicio no se menciona en el calendario litúrgico actual, sólo en el Martiriologio romano.

En el catolicismo, san Tarsicio es el patrono de los acólitos y ministros de la Eucarístia, además de aquellas personas que reciben la primera comunión.

La historia de Tarsicio fue divulgada por el cardenal Nicholas Wiseman, quien lo describió como un joven acólito en su novela Fabiola, o la Iglesia de las catacumbas, publicada en su primera edición en 1854. La amplia divulgación de ese libro fue causa de la renovación y ampliación del culto a Tarsicio. Fue la lectura de esa novela la que inspiró a su vez otras representaciones, como la del escultor francés Falguière.

Alexandre Falguière (1831-1900), quien ya era famoso desde que en 1864 presentara en el salón su obra Vendedor del combate de gallos (museo de Orsay), presentó cuatro años más tarde la escultura Tarsicius, martyr chrétien (Tarsicio, mártir cristiano) (ver la obra en la ficha, al inicio de este artículo). La acogida que tuvo esta escultura confirmó el éxito de Falguière. La obra fue adquirida por el Estado francés.

Falguière eligió para la representación el momento en que el joven Tarsicio, con una vestimenta drapeada, muere bajo los golpes de las piedras. El epitafio, redactado por el papa Dámaso I, visible en las catacumbas de San Calixto en Roma, está retranscrito en la base de la escultura. Las piedras ubicadas detrás, sugieren el suplicio por lapidación. La obra hace referencia a los mártires neoclásicos, como el joven Bara pintado por Jacques-Louis David en 1794 (museo Calvet, Aviñón). Esta escultura de Falguière supo seducir en su época: las ediciones de esta obra fueron numerosas, incluidos los grabados y las fotografías.

En Roma, en la basílica San Lorenzo fuori le Mura, se puede admirar una estatua ilusionista de Tarsicio, parecida al mármol de Falguière, pero con una expresión más doliente.



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