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Theilard de Chardin



Pierre Teilhard de Chardin [/pjɛʁ tejaʁ də ʃaʁdɛ̃ /] (Orcines, 1 de mayo de 1881-Nueva York, 10 de abril de 1955) fue un religioso jesuita, paleontólogo y filósofo francés que aportó una visión muy particular de la evolución.

Dicha concepción, considerada ortogenista y finalista, equidistante en la pugna entre la ortodoxia religiosa y científica, propició que fuese atacado por la una e ignorado por la otra. Suyos son los conceptos Noosfera (que toma prestado de Vernadski) y Punto Omega.

Nace en el castillo de Sarcenat, en Orcines (Auvernia, Francia), siendo el cuarto hijo de una familia numerosa de once hermanos: de Emmanuel Teilhard (1844-1932), archivista,[1]​ y de Berthe de Dompiere. Su padre, naturalista aficionado, influye decisivamente en su vocación profesional; y la religiosidad de su madre en su formación espiritual. Era sobrino-nieto de Voltaire.

Cursa los estudios de ciencias y letras en el colegio jesuita de Mongré (Villefranche-sur-Saône).

En 1899, a los 18 años de edad, ingresa en el noviciado jesuita de Aix-en-Provence. Allí, y más tarde, en 1908, en el colegio jesuita de Hastings (cerca de Piltdown, Gran Bretaña), cursa estudios de teología, tras los cuales es ordenado sacerdote.

Es en esa época, durante su estancia en Gran Bretaña, en 1909, cuando conoce al naturalista Charles Dawson con quien compartirá la afición por la paleontología. Y es en 1912 cuando Chardin se ve envuelto en el escándalo del Hombre de Piltdown. Le une a este escándalo el hecho de ser uno de los primeros en conocer el descubrimiento de su amigo. El descubridor del supuesto hombre de Pitdown fue Charles Dawson, y Dawson junto a Smith Woodward, paleontólogo del Museo Británico de Londres fueron quienes lo presentaron a la Sociedad Geológica de Londres. No obstante, han sido muchos los intentos (después de que Teilhard adquiriera relevancia, no antes) de, con mayor o menor sutileza, unir su figura a aquel fraude, en unas ocasiones insinuando su participación, en otras, el conocimiento del mismo.

En 1912 entra a trabajar en el Museo Nacional de Historia Natural de Francia, en París, trabajando junto al paleontólogo Marcellin Boule, que había exhumado el primer esqueleto completo de un neandertal. En el Instituto de Paleontología Humana entabla amistad con Henri Breuil y participa con él (en 1913) en excavaciones en la, entonces recientemente descubierta (1903), Cueva de El Castillo de Puente Viesgo (Cantabria, España).

Entre 1914 y 1919, permanece movilizado en el frente como camillero recibiendo la Medalla al Mérito Militar y Legión de honor.

En 1916 y 1919, publica sus primeros trabajos: La vida cósmica[2]​ y El potencial espiritual de la materia. En ellos ya se transluce lo que será el núcleo de su pensamiento.

De 1922 a 1926, obtiene en La Sorbona tres licenciaturas de ciencias naturales: Geología, Botánica y Zoología, y alcanza el doctorado con su tesis Mamíferos del Eoceno inferior francés y sus yacimientos.

En 1923 realiza su primer viaje a China por encargo del Museo de París. Otra vez en París, imparte clases como profesor en el Instituto Católico. Un artículo suyo sobre el pecado original es la causa de sus primeros enfrentamientos con la Santa Sede. Se ve obligado a abandonar la enseñanza.

Regresa a China donde en Zhoukoudian participa, junto a Henri Breuil, en el descubrimiento del Sinanthropus u hombre de Pekín —actualmente Homo erectus pekinensis—, el pariente más cercano del Pithecanthropus u Hombre de Java —actualmente Homo erectus erectus—. Breuil y Teilhard descubrieron que el hombre de Pekín era un fabricante de herramientas de piedra y que manipulaba el fuego.

En 1931 participa como geólogo y paleontólogo en el Crucero amarillo recorriendo el Asia Central, una peligrosa aventura científico-deportiva organizada por André Citroën para promocionar sus vehículos.[3]​ Hasta 1951, que se establece en Nueva York, prosigue una intensa actividad científica marcada por numerosos viajes de estudios: Etiopía (1928), los Estados Unidos (1930), la India (1935), Java (1936), Birmania (1937), Pekín (1939 a 1946), Sudáfrica (1951 y 1953), así como varias provincias chinas (Shanxi en 1932, Henan en 1934 y Shandong en 1936).[4]​ Teilhard contribuyó fuertemente a la constitución de una red internacional de investigación en paleontología humana.

En 1951 ingresa en la Academia de las Ciencias de Francia.

Muere en Nueva York, el 10 de abril de 1955, el día de Pascua. Un año antes, durante una cena en el consulado de Francia de esa misma ciudad, confió a sus amigos: «Mi deseo sería morir el Día de La Resurrección».

Gran parte de su obra fue publicada con carácter póstumo por Jeanne Mortier, a la que nombró su albacea para temas editoriales. Esta obra ocupa trece volúmenes.

El biólogo Francisco J. Ayala realiza una síntesis sobre el pensamiento de Teilhard de Chardin y lo reduce a cuatro puntos básicos:[5]

Antes de la aparición de la teoría de la evolución, predominaba la imagen de un universo estático, formado totalmente desde sus lejanos comienzos. Por el contrario, con la evolución aparece la dimensión «tiempo», como un actor principal, ya que el cambio es lo esencial y lo estático es lo inexistente.

Según Teilhard, no sólo la vida, sino la materia y el pensamiento están también involucrados en el proceso de la evolución. De ahí que es necesario atribuirle a dicho proceso un sentido.

El sentido de la evolución, que involucra tanto la materia, como la vida y el pensamiento (o el espíritu), está comprendido en un principio descriptivo de la mayor generalidad: la tendencia hacia el logro de mayores niveles de complejidad y, simultáneamente, al logro de mayores niveles de conciencia.

A partir de la tendencia del universo, guiado por la Ley de complejidad-conciencia, Teilhard vislumbra el Punto Omega, al que define como «una colectividad armonizada de conciencias, que equivale a una especie de superconciencia. La Tierra cubriéndose no sólo de granos de pensamiento, contándose por miríadas, sino envolviéndose de una sola envoltura pensante hasta no formar precisamente más que un solo y amplio grano de pensamiento, a escala sideral. La pluralidad de las reflexiones individuales agrupándose y reforzándose en el acto de una sola reflexión unánime».[6]

La evolución entonces se estaría convirtiendo en un proceso cada vez más opcional.[6]​ Teilhard señala así los problemas sociales del aislamiento y de la marginalización como inhibidores enormes de la evolución, ya que la evolución requiere una unificación del sentido. Ningún futuro evolutivo aguarda a la persona si no es en asociación con los demás.[6]

En 1958, Teilhard ya había muerto, el padre Janssens informó a la Compañía de Jesús, que un decreto del Santo Oficio, dirigido por el cardenal Ottaviani, requirió a las congregaciones retirar de todas las bibliotecas las obras de Teilhard. El documento dice que los textos del jesuita «representan ambigüedades e incluso errores tan graves que ofenden a la doctrina católica» por lo que «alerta al clero para defender los espíritus, en particular los de los jóvenes, de los peligros de las obras de P. Teilhard de Chardin y sus discípulos».

El padre Leonardo Castellani enumera en los siguientes puntos las fallas de su pensamiento desde una perspectiva católica:

En 1962, bajo Juan XXIII, la Congregación del Santo Oficio emitió otro monitum ('advertencia') severo:

José María Iraburu afirma que «la rehabilitación de Teilhard de Chardin es imposible, considerando la enorme gravedad de sus errores».[8]​ Y se reafirma con el comunicado de prensa que la Santa Sede donde se declara:

A pesar de sus opiniones condenadas y de las sospechas de participación en el fraude histórico del Hombre de Piltdown,[9]​ no son pocos los teólogos que han defendido la obra de Teilhard. En 1962 en El pensamiento religioso del padre Teilhard de Chardin, el jesuita Henri de Lubac, aunque reconoce que no comprendía bien el papel de la socialización en el pensamiento de Teilhard, destaca la continuidad de Teilhard con la tradición de la Iglesia.

El papa Pablo VI en un discurso sobre la relación entre fe y ciencia se refiere a Teilhard como un científico que acaba de estudiar este asunto y pudo «encontrar el espíritu», de manera que su explicación del universo manifiesta «la presencia de Dios en el universo en el principio inteligente y Creador».[10]

Durante las siguientes décadas teólogos prominentes y líderes de la Iglesia, incluyendo cardenales y el papa Juan Pablo II, valoraron la figura y las ideas de Teilhard. En 1981, el cardenal Agostino Casaroli, en nombre de Juan Pablo II, escribe en la primera página del periódico del Vaticano, L'Osservatore Romano:

El cardenal Avery Dulles expresó en 2004:

El cardenal Christoph Schönborn escribió en 2007:

Ya en 1987 el teólogo y cardenal Ratzinger, luego papa Benedicto XVI, en sus Principios de teología católica admitió que uno de los principales documentos del Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes fue permeado por el pensamiento del jesuita francés. Benedicto XVI afirmó también que Teilhard tuvo una gran visión, que culmina en una verdadera liturgia cósmica, en la cual el cosmos se convertirá en una hostia viviente.[14]

Sir Julian Huxley, el biólogo evolutivo, elogió el pensamiento de Teilhard de Chardin por mirar la forma en que el desarrollo humano necesita ser examinado dentro de un mayor sentido universal integrado de la evolución, aunque admite que no podría entender a Teilhard todo el tiempo.[15]

Theodosius Dobzhansky se basó en la insistencia de Teilhard en que la teoría evolutiva proporciona el núcleo de cómo el hombre entiende su relación con la naturaleza, para llamarlo "uno de los grandes pensadores de nuestra época".[16]

De acuerdo con Daniel Dennett, "se ha puesto de manifiesto al punto de la unanimidad entre los científicos que Teilhard no ofreció nada serio como una alternativa a la ortodoxia, las ideas que eran peculiarmente suyas se confundieron, y el resto fue simplemente redescripción grandilocuente de la ortodoxia".[17]

De modo similar, Steven Rose escribió que "Teilhard es reverenciado como un místico de genio por algunos, pero entre la mayoría de los biólogos se ve como poco más que un charlatán".[18]

En 1961, el premio Nobel Peter Medawar, un inmunólogo británico, escribió una crítica despectiva de El Fenómeno Humano para la revista Mind:[19]​ "La mayor parte de ella, voy a mostrar, es un disparate, engañado con una variedad de conceptos metafísicos, y su autor puede ser excusado de la deshonestidad sólo bajo el pretexto de que antes de engañar a otros, se ha esforzado mucho para engañarse a sí mismo".

El bioquímico y Premio Nobel francés Jacques Monod valoró el pensamiento de Teilhard en estos términos:

El biólogo evolutivo Richard Dawkins llamó a la revisión de Medawar "devastadora" y El Fenómeno Humano "la quintaesencia de la mala ciencia poética".[21]

En la película Las sandalias del pescador inspirada en la novela homónima de Morris West de 1963, el personaje del padre David Telemond (interpretado por Oskar Werner) que expone teorías heterodoxas contrapuestas con la forma tradicional de exposición de los Dogmas de la Iglesia católica, parece representar a Pierre Teilhard de Chardin, varias de cuyas concepciones ejercieron profunda influencia en los círculos intelectuales católicos de las décadas de 1950 y 1960, incluido el Concilio Vaticano II.[22]



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