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Palacio Nacional (México)



 Patrimonio de la Humanidad (parte de «Centro Histórico de la Ciudad de México y Xochimilco», n.º ref. 412-001) (1987)

El Palacio Nacional es la sede del Poder Ejecutivo Federal de México. Ubicado al oriente de la Plaza de la Constitución en el Centro Histórico de la Ciudad de México, en la demarcación Cuauhtémoc, está construido sobre un área de 40 000 m². Al formar parte del mencionado conjunto arquitectónico en esa área de la ciudad, es en consecuencia Patrimonio de la humanidad desde 1987.

Su construcción se inició en 1522, como segunda residencia privada de Hernán Cortés, encima de una parte del palacio del huey tlatoani Moctezuma Xocoyotzin. Luego fue adquirido por la corona y destinado como sede de los Virreyes de la Nueva España, y de la mayoría de las instituciones coloniales. Durante aquel periodo sufrió un gran incendio y fue semidemolido en 1692, posteriormente fue reconstruido por las autoridades virreinales. Consumada la Independencia de México, fue sede de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial de los diferentes regímenes republicanos y monárquicos del país durante la mayor parte del siglo XIX; incluso fue residencia personal de todos los gobernantes entre 1822 y 1884; a partir de ahí, permaneció como oficina presidencial hasta 1968, recuperando parcialmente dicha función en 2012, y de manera completa en 2018. Además a partir de julio de 2019 volvió a ser residencia del presidente de la república.

Sin embargo ha sido permanentemente escenario de actos oficiales, protocolarios y cívicos de la Presidencia de la República, tales como la recepción de Jefes de Estado y de gobiernos extranjeros, entrega de cartas credenciales del cuerpo diplomático y las ceremonias festivas del Grito de Dolores (15 de septiembre) y del inicio de la Independencia (16 de septiembre).

Por casi quinientos años esta construcción ha tenido un gran número de ampliaciones y modificaciones en las que han quedado plasmadas las huellas de los distintos gobiernos que ha tenido el país durante el periodo colonial, así como durante su vida como nación independiente. En su construcción se pueden encontrar elementos neoclásicos, barrocos y neocoloniales, siendo el aspecto que hoy tiene el edificio en su exterior resultado de su última ampliación, acontecida durante la segunda década del siglo XX cuando fue añadido el tercer nivel. Alberga un valioso patrimonio histórico-artístico, destacando el conjunto de murales de Diego Rivera.

Durante la Conquista de México de 1519 a 1520, las fuerzas de Hernán Cortés pusieron sitio a Tenochtitlan y en su avance destruyeron la mayor parte de la ciudad. Derrotados los tenochcas, Hernán Cortés se apropió de ella, junto con el Palacio de Axayacatl o Casas Viejas de Moctezuma, donde se hospedó durante la primera etapa de la Conquista, y en enero de 1522 comenzó la reconstrucción de la ciudad de México-Tenochtitlan, lo que ahora se conoce como el Centro Histórico de la Ciudad de México.[1]

La nueva ciudad reconstruida se hizo habitable a partir de 1524, bajo una nueva traza de corte europeo, la cual incluía una plaza central y casas para los conquistadores indígenas y españoles. Las de estos últimos, con una marcada forma de fortaleza. Hernán Cortés como principal conquistador toma el predio del Palacio de Axayacatl ubicado en el lugar que hoy ocupa la casa matriz del Nacional Monte de Piedad y que para la época se encontraba dando frente a la plaza del Empedradillo y a la antigua construcción de la Catedral, en este estableció su primera residencia en la ciudad, por lo que se le conoció como Casas Viejas de Cortés. Más tarde, la Real Audiencia y el primer virrey Antonio de Mendoza la tomaron como casa de gobierno.

Cortés, al verse impedido de utilizar su residencia utilizada por el gobierno novohispano, inició la construcción de un nuevo palacio para su uso personal en los terrenos que antes habían ocupado las Casas Nuevas de Moctezuma; residencia que conformó parte de su Marquesado del Valle de Oaxaca, ratificado por cédula real del emperador Carlos V en 1529. El propio Cortés, ayudado por Luis de la Torre y Juan Rodríguez de Salas, se encargó de hacer la traza del edificio, en el predio que ocupaban las Casas nuevas de Moctezuma y una parte donde estuvo el templo de Tezcatlipoca. En 1528 ya podían verse los muros de la planta baja y empezaban a levantarse las habitaciones, columnas y arcos de los patios, todo en cantera labrada. Debido a la lentitud de las obras, Cortés solo habitó por un breve lapso su palacio. Para la construcción usó la mano de obra y materiales que tenía en su marquesado, sobre todo de los pueblos dependientes de Coyoacán, como Tacubaya (para piedras y arena), Cuajimalpa (para madera), etc.[1]

En los años inmediatos a la conquista, la Plaza Mayor de la ciudad de México mostraba en su lado oriental la nueva gran propiedad de Hernán Cortés; hacia el sur, las construcciones que albergaban las casas del Cabildo, la cárcel del ayuntamiento y la carnicería; hacia el poniente se levantaban las Casas Viejas de Cortés, rentadas para albergar a la Real Audiencia y al virrey. En el lado norte se encontraba un modesto nuevo templo religioso y las ruinas del Templo Mayor mexica que con el tiempo dejarían su lugar a la catedral. La construcción del palacio culminó en 1550, entre encendidas disputas legales del conquistador y sus herederos con las autoridades enviadas por el rey de España. A la muerte de Cortés en 1547, la obra constaba de tres patios arcados y dos pisos, así como de una extensa huerta en el área que luego sería la Plaza del Volador y que hoy ocupa el edificio de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Al crecer la burocracia del gobierno virreinal, se hizo necesario contar con una sede propia para albergar las instituciones de la Nueva España y con el fin de dejar de pagarle renta a Cortés y a sus herederos. Tras 41 años de litigios sobre rentas y prerrogativas de los Cortés es como el 19 de enero de 1562, el segundo virrey Luis de Velasco y Ruiz de Alarcón y Martín Cortés, hijo del conquistador, acuerdan la venta del palacio ubicado al costado oriente de la Plaza Mayor de la ciudad, en 264 mil reales (equivalente a 33 mil pesos de aquella época), por lo que devuelven a la familia de Cortes el palacio frente a la catedral. De inmediato fueron trasladadas ahí algunas dependencias virreinales, para lo cual el virrey Luis de Velasco encargo al arquitecto Claudio Arciniega reparar y adaptar las habitaciones de la Casa Real de los Virreyes. Ocho meses después, las Casas Nuevas de Cortés se convierten en la sede del poder virreinal, que por lo mismo reciben desde entonces el nombre de Palacio Virreinal.[1][2]

La construcción de ese entonces se trataba de una maciza fortaleza con troneras en las esquinas, para los cañones y aspilleras en el suelo, para la fusilería; tenía 19 ventanas a lo largo del segundo cuerpo y al centro, sobre el petril, un reloj y una campana.[3]​ Colindaba al norte con una especie de plaza, la cual terminaba en la actual calle de Moneda que tenía un canal y daba frente al palacio del Arzobispado, al oriente con otro terreno baldío que debió de servir como patio, huerta y ruta de escape para las Ataranzas (puerto de las embarcaciones que navegaban rumbo a Texcoco), al sur con la acequia Real (actualmente la calle de Corregidora), que cruzándola contaba con un terreno en el cual se ponía un mercado que después se conocería como la Plaza del Volador, y al poniente con la Plaza Mayor y el mercado del Parian.

El edificio fue adaptado en 1563 para albergar al gobierno, siendo el segundo virrey Luis de Velasco y Ruiz de Alarcón el primero en residir en él, dentro del piso superior del palacio, junto con la Real Audiencia, mientras tenía abajo la cárcel de la Corte Real (la cual fue quemada en 1659) y una serie de bodegas donde los comerciantes podían ser vigilados.[1]

Con el paso de los años se construyeron nuevos edificios en el costado sur oriental, construcciones que no alteraron el extenso jardín ni las huertas que tenía. Hacia finales del siglo, el entonces llamado Palacio de los Virreyes, concebido para la defensa, tenía el aspecto de una fortaleza, con dos torres en las esquinas protegidas por artillería, con pocas ventanas y con troneras para la fusilería". Este palacio era mucho más pequeño que el actual, con solo dos patios y dos alturas; tenía solo tres puertas, dos daban a la Plaza Mayor y una a la calle de las huertas.[1]

Durante el gobierno del virrey fray García Guerra, entre los años 1611 y 1612, se construyó una plaza de toros, en la parte oriental del palacio, que resultó destruida por un terremoto.[4]

En este siglo el Palacio Virreinal consolidó su imagen como símbolo del poder político. Puertas adentro el virrey y su corte vivían al modo aristocrático de las casas reales europeas, con sus distintas reuniones y festividades, la élite novohispana exhibía su abundancia y preeminencia social.

El 15 de enero de 1624 una revuelta de indígenas, mulatos y mestizos incitados por religiosos y encabezados por el arzobispo Juan Pérez de la Serna, irrumpieron en el palacio al grito de consignas contra el gobierno y el virrey Diego Carrillo de Mendoza y Pimentel (quien logró escapar disfrazado como uno de los rebeldes) al tiempo que el edificio era dañado y saqueado.

El siguiente virrey, Rodrigo Pacheco y Osorio, ordenó la reparación de los daños y embellecimiento del edificio. Las obras estuvieron a cargo del arquitecto Juan Gómez de Trasmonte, quien a partir de 1628 construyó un conjunto de habitaciones para el virrey y doce balcones con barandales de hierro que daban a la Plaza Mayor. De esos años data la ampliación definitiva de la fachada principal; el aspecto de esta, en aquellos días, consistía en unos portales con arcos de cantera que enmarcaban tres puertas. Al centro de ella había un remate coronado con almenas que mostraba un reloj. Contaba dos niveles y cuatro patios, además de dos puertas laterales en las fachadas sur y norte[5]

El 8 de junio de 1692, una terrible hambruna propició el motín de unos ocho mil indígenas en la Ciudad de México, que se reunieron en la Plaza Mayor para exigir comida. El virrey Gaspar de la Cerda y Mendoza ordenó a los soldados disparar a la multitud desarmada, entre los muertos se contabilizó una mujer embarazada, esto provocó que la gente se hiciera justicia irrumpiendo en el Palacio Virreinal y Ayuntamiento dónde quemaron los edificios y saquearon oficinas, casas particulares y comercios en toda la Ciudad de México. El erudito Carlos de Sigüenza y Góngora intentó salvar muchos de los archivos coloniales que se guardaban en ambos edificios. Al amanecer el día posterior al motín el estado del Palacio era desolador. Muchas áreas de la sólida construcción quedaron hechas cenizas, siendo la zona más devastada la que rodea el Patio de Honor. El virrey Cerda y Mendoza dedicó los meses siguientes a apresar miles de personas acusadas de participar en el incendio y saqueo, ejecutando públicamente a cientos sin comprobar participación ni juicios. [1][6]

Antes del incendio, y posteriormente, se cuenta que el Palacio Virreinal tenía un estado tal que recordaba un muladar. En su interior había cuartos de habitación de puesteros de la plaza, bodegas para guardar frutas y otros comestibles, fonda y vinatería que se llamaba la botillería, panadería con amasijos, pulquerías, zonas de juego público de naipes y juego de boliche, donde incluso se podía terminar la parranda por la mañana. Todo esto causaban montones de basura que se acumulaban en el interior del Palacio.[1]

El Palacio quedó en ruinas varios años, pero en 1711, bajo las órdenes del virrey Pedro Cebrián, se reinició la reconstrucción, manteniendo la composición básica original de dos patios y dos pisos, pero con acabados más moderno tipo Barroco y almenado, dejando de lado mucho de su aspecto de fortaleza; las aspilleras fueron convertidas en ventanas con rejas de hierro. Las obras se enfrentaron a la continua falta de presupuesto, que llegaron a costar 195,500 pesos, razón por la cual el Palacio se mantuvo en obras continuas casi todo el siglo XVIII. En esta época también se construía el nuevo edificio de la Catedral, con el frente a la Plaza Mayor. El Palacio se amplió hacia el Norte, hasta llegar a la calle de Moneda, con patios más pequeños y habitaciones para el virrey, con una pequeña puerta que daba directo a la cárcel de Palacio. La puerta del suroeste daba al patio de honor, cuya parte superior estaba destinada a las habitaciones del virrey; el entresuelo a la secretaría y archivo del virreinato; y la parte baja a la servidumbre, la guardia de alabarderos y los almacenes del estanco del azogue. Este patio se comunicaba con el jardín botánico. El patio central conformado con arqueria soportada por altos pilares almohadillos, daba acceso a las salas de la Real Audiencia, los tribunales de cuentas, del Consulado, de Minería, la Tesorería general, la Capilla real y la Sala del trono. En el extremo norte estaban la cárcel y las habitaciones de los guardianes.[1][7]

Con la llegada del virrey Juan Vicente de Güemes II, Conde de Revillagigedo, que se inicia la limpieza y dignificación del Palacio y la Plaza Mayor; realizando con ello los más importantes trabajos de mantenimiento, funcionalidad y belleza hasta entonces hechos al inmueble. En 1789 se emitió el primer reordenamiento del comercio ambulante e higiene, que desalojó a los comerciantes del Palacio, la Plaza Mayor y las calles de la ciudad de México, aunque con su sucesor en el cargo la situación volvió a lo que solía, pero fuera de Palacio.[1]

Durante esa época solo la Capilla Real, construida en la parte oriental, se mantuvo a salvo; ésta tenía pintado el martirio de Santa Margarita por la mano del sevillano Alonso Vázquez. Al sur de la capilla; y tras los edificios de la Casa de Moneda (hoy Museo Nacional de las Culturas) se realizó el Jardín Botánico, que servía de paseo a los habitantes del Palacio.[1]

El 15 de septiembre de 1808 fue escenario del primer golpe de estado que se recuerde en territorio novohispano, cuando elementos armados tomaron el palacio y aprendieron al virrey José de Iturrigaray, quien apoyaba abiertamente los intentos autonomistas del Ayuntamiento de la capital, encabezado por Francisco Primo de Verdad y Ramos y Melchor de Talamantes, entre otros.

El 27 de septiembre de 1821, después de un desfile por parte del ejército Trigarante, desde el Palacio del Ex Arzobispado, en Tacubaya, Juan O'Donojú entrega el gobierno virreinal a Agustín de Iturbide. Al día siguiente, el 28, se instaló en el Salón de recepciones del antes Palacio Virreinal, la Junta Provisional Gubernativa, que emitió el Acta de Independencia del Imperio Mexicano quedando en espera de que el rey español Fernando VII reclamara para si el trono de México, según el Plan de Iguala y los Tratados de Córdoba. Fernando VII rechazó la independencia de la Nueva España y por ende el trono mexicano. El 19 de mayo de 1822 el Congreso proclamó a Iturbide como emperador, aunque Agustín I continuó viviendo en el palacio de los condes de San Mateo de Valparaíso (actualmente el Museo Palacio Cultural Banamex, también conocido como Palacio de Iturbide), el Palacio virreinal pasa a ser llamado Palacio Imperial. A pesar de las intenciones de transformar el inmueble en un recinto mucho más fastuoso, el gobierno imperial, limitado por la inestabilidad económica y política del naciente país, apenas alcanzó a modificar ligeramente la fachada del edificio; algunos de los cambios fue pintar la fachada principal con un diseño de almohadillados estilo renacentista y la colocación de adoquines en las garitas laterales de cada puerta.[1]

Tras la caída de Iturbide en 1823, en el templo de San Pedro y San Pablo (actualmente el Museo de las Constituciones de la UNAM) se llevan a cabo las sesiones del Congreso Constituyente, que firma el Acta Constitutiva de la Federación Mexicana y, posteriormente, la Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos de 1824. Fundada la República, el Congreso decretó que todos los lugares que en su nombre llevaran los términos de "Imperial" serían sustituidos por el de "Nacional".[8]​ y por ello, el Palacio adoptó desde entonces el nombre de Palacio Nacional. Se remodeló para dar cabida a los tres poderes federales que se formaron en la nueva república: el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial.[1]

Para entonces, la construcción del Palacio cubría ya toda la fachada poniente que daba a la Plaza Mayor.

Los posteriores golpes de estado y revueltas afectaron en menor o mayor medida al Palacio Nacional. Las obras de reconstrucción y adecuación fueron continuas durante el siglo XIX y por causa de los movimientos políticos y simples accidentes, se fueron perdiendo obras artísticas de la época colonial. En 1830 la cárcel fue cambiada al edificio de la Acordada. También se dio la ocupación indebida de espacios, y la anulación de la pequeña puerta que conectaba con la cárcel en 1831 para mejorar la seguridad de las habitaciones presidenciales.[1]​ El 15 de marzo de 1825, la Suprema Corte de Justicia de la Nación se estableció en la esquina noroeste del Palacio Nacional, lugar donde permaneció hasta 1853.[9]​ Pero sobre todo, lo que más lo transformó, fue la edificación del Recinto Parlamentario en 1829, creado para albergar la Cámara de Diputados y que habría de incendiarse en 1872. En tanto que la Cámara de senadores se instaló en la planta alta del ala sur en 1845.[10]​ En julio de 1840, la revuelta federalista de Valentín Gómez Farías y José Urrea ocasionó graves daños al palacio, entre ellos un cañonazo que derribó parte de la fachada en una las torres del inmueble.

A raíz de la Intervención estadounidense en México, luego de la toma del último reducto que protegía la ciudad en el Castillo de Chapultepec, el 14 de septiembre de 1847, el ejército estadounidense entró en la plaza principal de la Ciudad de México e izó su bandera en el Palacio Nacional, en señal de victoria, aunque por instrucciones del General Winfield Scott se respetaron las instalaciones. De esta manera, el 16 de septiembre de 1847 en que se celebraría la independencia de México, los estadounidenses concretaban la ocupación del país. La ocupación del ejército de Estados Unidos terminó tras la firma (2 de febrero) y ratificación del Tratado de Guadalupe Hidalgo el 30 de mayo de 1848 por el que se perdió más de la mitad del territorio mexicano. La desocupación del Palacio Nacional se realizó hasta el 28 de junio del mismo año. Al día siguiente se izó de nuevo la bandera nacional mexicana en una ceremonia.[1]

En 1852 durante el gobierno del presidente Mariano Arista se llevaron a cabo las primera reformas significativas en Palacio Nacional: Se restauraron los patios del ala norte, que habían quedado abandonados desde que saliera de ahí la cárcel en 1832; se abrió el pasillo que comunica esta área con el patio central por la parte superior; se cambiaron pisos, puertas y ventanas; se dictaron reglamentos para recuperar zonas ociosas y se abrió la tercera puerta de la fachada principal, de uso exclusivo del presidente de la república y conocida más tarde como Puerta Mariana en honor al citado mandatario. El día 5 de febrero de 1857 en el recinto legislativo de Palacio se jura frente a un crucifijo la Constitución de 1857, de corte liberal.

Durante la Guerra de los Tres Años o Guerra de Reforma de 1857 a 1861, el país tuvo dos gobiernos simultáneos: por un lado, desde el Palacio Nacional, se mantenían los presidentes del gobierno conservador. Por otro, el presidente Benito Juárez instaló al gobierno federal en el puerto de Veracruz de donde ingresará a la Ciudad de México hasta enero de 1861.

El 31 de mayo de 1863, durante la Intervención francesa, Benito Juárez se vio obligado a dejar la capital y por tanto al Palacio Nacional, que simbólicamente, cierra la puerta central.[1]​ En junio de 1863 el ejército francés ocupó el Palacio Nacional y por breve tiempo de 1863 a 1867, nuevamente se le llamará Palacio Imperial, durante el Segundo Imperio Mexicano de Maximiliano de Habsburgo, aunque no lo usó como residencia, ya que en 1863 el emperador cambió su residencia al Castillo de Chapultepec, dejando al Palacio como un edificio puramente administrativo y de protocolo. No obstante lo anterior, ordenó diversas obras en su interior para que adquiriera un toque majestuoso y dejar atrás algo del estilo sobrio que le caracterizaba, convirtiéndolo en un lugar ideal para bailes y recepciones oficiales, y sede de lujosas oficinas públicas.

Se destruyeron las viviendas que por años habían invadido la azotea y se levantó el nivel de los patios para evitar inundaciones, al mismo tiempo que se destruían paredes que por el inevitable deterioro ya resultaban inútiles o peligrosas; uno de los más distintivo de esos cambios que por órdenes expresas de Maximiliano se hicieron, se dio en el Salón de Recepciones: en el amplio y alargado aposento, se retiraron los rasos del techo para dar aire a la magnífica viguería virreinal de cedro, también conocido como Salón del Dosel o del Trono; además fue motivo de redecoración con la instalación de la galería de retratos que recibió óleos de los pinceles de Petronilo Monroy (retrato de Iturbide), José Obregón (retrato de Matamoros), Ramón Pérez (retrato de Allende), Joaquín Ramírez (retrato de Hidalgo) y el propio Santiago Rebull, encargados expresamente por el Emperador para “…buscar una vinculación con el heroico pueblo que presido”.

Además, en el Palacio se amplió el Jardín Botánico, se liberó el edificio de la Casa de Moneda y se fundó el Teatro de la Corte; una alteración relevante fue la adición de una nueva escalera en los “Departamentos Imperiales” a la que comúnmente se llama “Escalera de la Emperatriz Carlota”, que hoy comunica los patios marianos. La construcción fue ordenada por Maximiliano a los hermanos Juan y Ramón Agea para uso exclusivo de la corte, y estaría cubierta por un tragaluz de cristal; la peculiar escalinata de muy ligeros peldaños causó revuelo e inquietud en 1867 cuando fue entregada. Por instrucciones del emperador, se convirtió a todos los salones del frente de la fachada principal en un solo e inmenso salón, destinado para banquetes, recepciones oficiales y fiestas de la corte imperial; las paredes se tapizaron con tapiz carmesí que tenía grabado el escudo imperial; se instalaron candelabros de bronce, jarrones de mármol blanco. En los salones se instalaron finos muebles europeos y se colocaron a manera de galería, en los pasillos principales de las áreas del emperador, retratos de los principales héroes de la independencia de México. Las adecuaciones imperiales se hicieron de acuerdo al proyecto de los arquitectos Ramón Rodríguez Arangoiti y Ramón Agea.[11][12]

Derrotado el imperio de Maximiliano, el 15 de julio de 1867 el presidente Benito Juárez regresó a la Ciudad de México, abrió simbólicamente las puertas centrales de Palacio Nacional y presidió, desde el palco central, el desfile triunfal.[1]

Pocos años después, con el bronce de varios cañones capturados al conservador Miguel Miramón en Calpulalpan, y con el de los obuses que sirvieron para la defensa de Puebla durante el sitio de 1863 se llevó a cabo la estatua sedente del presidente Juárez que se encuentra entre el primer y segundo Patios Marianos.

Ya durante el gobierno del presidente Porfirio Díaz fueron realizadas varias obras de infraestructura, adecuación y modernización del Palacio. Una de ellas fue la creación de una puerta especial para el acceso directo a las oficinas del Ejecutivo en el costado surponiente. Asimismo, se instalaron la primera línea de energía eléctrica y el primer elevador de la ciudad de México, en las áreas de oficinas del presidente, y que aún hoy sigue siendo de uso exclusivo del jefe del ejecutivo federal. En 1877 se construyó un observatorio astronómico y otro meteorológico.

El 14 de septiembre de 1886 se llevó a cabo con una ceremonia oficial la instalación de la campana original del templo de Dolores Hidalgo en Guanajuato, la cual fue transportada con honores militares. La llamada Campana de Dolores se ubica en sobre el balcón central de Palacio que da al Zócalo, en un nicho que fue especialmente construido, por lo que se demolió el original copetón del centro. Es a partir de entonces que se usa para celebrar el aniversario del Grito de Dolores.[1]

En 1892 el entonces secretario de hacienda José Yves Limantour reinstaló las oficinas de esa dependencia en el ala norte, en torno a tres patios sucesivos, más uno grande interior destinado a la Oficina Impresora del Timbre. Toda la fachada principal se aplanó con mezcla, formando rectángulos que simulaban bloques de piedra. Por dentro se remodelaron las estancias presidenciales, el comedor, el Salón Embajadores, la cocina, la sala de estar, las cocheras y las caballerizas.[13]

El último presidente que usó el Palacio Nacional como residencia fue Manuel González, quien terminó de rehabilitar el Castillo de Chapultepec, mismo que sería usado como residencia por su sucesor Porfirio Díaz, siguiendo los pasos de Maximiliano y Lerdo de Tejada. Aunque continuó siendo la sede del Poder Ejecutivo, albergando las oficinas principales de las secretarias de Guerra y Marina, de Gobernación y Hacienda siendo esta última la única que queda a la fecha dentro de Palacio; Además de la comandancia de la Primera Zona Militar.[1]

Para las fiestas del Centenario de la Independencia, Díaz ordenó en 1901 la rehabilitación casi total del palacio, salvo por el Salón de Recepciones, pero el estado actual del resto de las áreas protocolarias del Palacio Nacional son de esta época. Destacan de estos trabajos los plafones de algunos salones, el Salón Panamericano y la colocación de otro elevador en el área de Hacienda. Es así como durante 1910 se llevan a cabo diferentes ceremonias en Palacio, siendo de estas la más vistosa y última la "Apoteosis de los Héroes" el 6 de octubre en el Patio Central, para lo cual se construyó con madera y otros materiales varios monumentos alegóricos, siendo el principal un catafalco ubicado en el centro del Patio Central el cual se techo totalmente. Durante el denominado Porfiriato, el palacio alcanzó una etapa de esplendor en la que (alternando con la residencia oficial el Castillo de Chapultepec) fue el escenario de innumerables ceremonias y festividades que enaltecían la figura presidencial y revestían al inmueble de la categoría de recinto de gobierno que no tenía desde la época virreinal.

En 1902 el recién construido Salón Panamericano fue sede de la II Conferencia Panamericana, reunión cumbre de la Unión Panamericana a la que asistieron representantes de todos los países del continente.

El 8 de abril de 1908 se ideó un proyecto para transformar de manera radical Palacio Nacional por parte del arquitecto Ángel Bacchini, quien fungió como ayudante de la Dirección de Obras del Palacio Nacional hacia el año de 1909. El proyecto de Bacchini, conservaría los mismos niveles del Palacio Nacional, para que de esta forma la armonía con los patios no se perdería así como con la arquitectura del lugar; el estilo del proyecto fue sugerido por el Secretario de Hacienda, José Ives Limantour, quien propuso que para la transformación del Palacio se adoptara el estilo morisco o neo-mudéjar que presentaba el edificio de Correos aunque se sugirió también que se adoptara el estilo empleado en gran parte de las obras del arquitecto Adamo Boari que era en su mayoría de una mezcla del estilo renacimiento italiano y el gótico isabelino plasmado en sus puertas de acceso y en las ventanas.

Por otro lado, para evitar que el presupuesto inicial se elevara, se decidió no modificar la armonía y distancia entre cada una de las ventanas, imitando de tal forma del Palacio Postal, aunque las únicas modificaciones que se proyectaron fue la supresión de la galería de la planta alta y la erección de un gran torreón que se destinaría a un reloj y para uno de los símbolos más importantes de la historia de México, "la campana de la Independencia". La transformación del Palacio Nacional fue aprobada para que en junio de 1911 dieran inicio las obras de remodelación; pero a raíz de la precaria situación hacendaría resultante de la crisis financiera de 1905, el gobierno federal y el local, no contaba con los recursos financieros que pudieran sufragar dichas obras, debido a las cuantiosas inversiones que años anteriores el gobierno había invertido en lo que respecta a obras públicas (drenaje, introducción de agua, proyección de edificios públicos, etc.); además, de que el presupuesto concebido para la remodelación del edificio superaba las expectativas y por consiguiente, su costo era elevado; se decidió dejar de lado el proyecto de Bacchini y seguir financiando las obras públicas que se habían iniciado con anterioridad.[14]

Es así como durante la Revolución mexicana y principalmente durante la Decena Trágica (1913), que el Palacio Nacional recibe los daños de la guerra, teniendo el daño más fuerte en la zona de oficinas de la presidencia al sur del palacio. En 1914 fue tomado por las fuerzas Zapatistas y Villistas.

En 1926 se inauguró el Salón de la Tesorería (en el espacio que ocupaba la Tesorería desde 1891) y se realizó una reforma profunda al edificio, cuando el presidente Plutarco Elías Calles (a iniciativa del secretario de hacienda Alberto J. Pani) mandó construir la galería o tercer nivel de toda la construcción, así como sustituir la piedra blanca de la fachada por el actual tezontle rojizo que lo caracteriza y cambiar muchas de las características que hasta entonces lo distinguían, como eran las estatuas de ángeles sobre las puertas laterales del frente, retiradas cuando el pretil y las torres se almenaron; se pusieron remates sobre las tres puertas para el asta bandera, se recubrieron con cantera de chiluca las puertas y ventanas, cornisas, pretiles y remates; se colocó la campana dentro de un nicho flanqueado por atlantes; en el interior se construyó la gran escalera central, la escalera de la Secretaría de Hacienda y la sala de oficinas de la tesorería central. Dirigió la obra el arquitecto Augusto Petriccioli, y el arreglo de la tesorería Manuel Ortiz Monasterio. Entre 1929 y 1935 Diego Rivera pintó en el cubo de la escalinata una visión panorámica de la historia de México denominada Epopeya del pueblo mexicano, incluyendo una fantasía del mundo del porvenir. En el ala norte del patio central realizó otros murales, entre 1944 y 1952, con temas relativos a la vida de los antiguos pueblos mesoamericanos.

En 1945, el presidente Manuel Ávila Camacho ordenó la creación de las Galerías de los Presidentes y de los Insurgentes, que se ubican en el segundo nivel de los patios que dan al Patio de Honor en la zona de presidencia.

Con la transformación de la figura presidencial en el eje de la vida política del país a partir de la década de 1920, los símbolos del poder de esta (la silla y banda presidencial; los Pinos, etc.) se convirtieron en actores de los rituales que daban significado e imagen al ejercicio del poder. Desde luego el Palacio Nacional fue parte de estos elementos simbólicos, especialmente porque, al funcionar como despacho presidencial, se volvió el centro emisor de las decisiones y mandatos del presidente de la república. El inmueble era importante en ceremonias como la toma de posesión, donde el presidente, luego del desfile multitudinario que lo trasladaba desde la sede del Congreso, iniciaba sus actividades con el tradicional saludo y foto oficial con los integrantes del gabinete presidencial. En la ceremonia del informe presidencial, el mandatario asistía a Palacio para colocarse la banda presidencial e iniciar el recorrido a la sede del congreso. En tanto que el Balcón central se convirtió en la tribuna de honor desde donde el Comandante supremo encabezaba los desfiles conmemorativos del 1 de mayo, 16 de septiembre y 20 de noviembre. Además de ser el punto de encuentro en manifestaciones de apoyo popular al primer mandatario en el Zócalo, como ocurría en la mencionada toma de posesión o en alguna de las múltiples demostraciones de lealtad de organizaciones campesinas, obreras y populares afiliadas al partido oficial PRI.

Al inicio de la segunda mitad del siglo XX, surgió un desprecio y descuido por la herencia colonial en el centro de la ciudad de México se realizaron obras que contrastaban burdamente con los edificios virreinales. Así por ejemplo edificios tan antiguos como el Hospital de Jesús fueron desfigurados con áreas modernas. El Palacio Nacional no se quedó exento de estas ideas y en la década de 1960, en la parte oriente del antiguo huerto, fueron construidos los edificios Landa para albergar más oficinas de la Presidencia, la Primera Zona Militar y de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, con una arquitectura que en nada armonizaba con el entorno del lugar.

Contrario a lo anterior en 1972, se rehabilitó el Recinto Parlamentario con base a litografías y descripciones del siglo XIX, reinaugurándose con una sección especial del Congreso de la Unión el 18 de julio,[15]​ por estos años también se habilitaron otros salones con ideas vanguardistas que contrastaban con el origen colonial del edificio, como lo fue el vestíbulo del Recinto Parlamentario, entre otros.[16]

A consecuencia de las obras del metro y de un proceso de asentamientos desiguales, se resintió la estructura de Palacio. En 1971 se creó la Comisión Intersecretarial para las Obras de Palacio Nacional, cuyo objetivo principal era diseñar un Plan Maestro que atendiera la ingeniería del edificio y orientará la arquitectura de las obras que se desarrollaran. Para empezar, se realizaron trabajos de recimentación para solucionar los daños estructurales de la fachada principal, originados por el asentamiento irregular del complejo, y se inició la restauración de las fachadas sur y norte, así como la de Constanzo del siglo XVIII, que da a la calle de Correo Mayor.

También fueron remodelados los entrepisos de los salones y galerías presidenciales y el Salón Panamericano de la Secretaría de Hacienda; en todos los casos, sus decoraciones, pisos, tapices y mobiliario fueron escrupulosamente restaurados.

Adicionalmente, fue construido un nuevo edificio para oficinas de la Presidencia con arcadas estilo siglo XVIII en el lado sur del jardín. Por otro lado, el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) restauró el gran mural de Diego Rivera de la Escalera Principal, afectado durante las obras de construcción del Metro. En el corredor norte, que conduce a los Patios Marianos, se construyó el Auditorio de la Secretaría de Hacienda.

De esta última obra destaca el trabajo de rescate que se hizo de la viguería de madera de la época virreinal. También se restauraron las bóvedas, pavimento y estantería de la Biblioteca de la Secretaría de Hacienda y se rehízo su fachada; para lo cual, le fue añadido un óculo por encima de la puerta. Las obras de recimentación de aquel año pusieron al descubierto numerosos vestigios prehispánicos, incluso posteriores, que permiten conocer el lejano pasado del Palacio Nacional.

El Departamento de Salvamento del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) localizó algunos elementos arqueológicos dentro del Jardín Botánico, tales como basamentos de columnas del siglo XVI, pertenecientes a las arcadas del Patio del Tribunal de Cuentas del Palacio Virreinal.

También fue hallado un pavimento, junto con escalones y un pequeño cuarto, que pertenecieron a las Casas Nuevas de Moctezuma. Muy cerca de ahí, fue encontrada una construcción que se pensó pudo ser un adoratorio de dichas casas.

Igualmente se localizaron dos tramos de pavimento con drenaje superficial, un muro y un basamento de columna, identificados como elementos pertenecientes a las casas de Hernán Cortés. Asimismo, se encontró gran cantidad de cerámica prehispánica y virreinal.[17][18]

El 1º de mayo de 1984, un individuo lanzó dos bombas molotov, una hacia la Puerta Mariana y otra hacia el balcón presidencial de Palacio Nacional, justo cuando el presidente Miguel de la Madrid presenciaba el tradicional desfile obrero, resultando heridas algunas personas.[19]

Después del sismo del 19 de septiembre de 1985 que sacudió la capital de la República, se desocuparon los edificios Landa (que resultaron dañados por los terremotos), junto con otros espacios. Además se tornó preocupante el asentamiento del edificio, principalmente porque comenzó a ser de manera altamente irregular y acelerado. Con lo cual se iniciaron trabajos de rescate del inmueble, no para remodelarlo, sino para evitar su colapso. Principalmente se atacaron problemas de cimentación.

Otra intervención se realizó entre 1999-2000 por órdenes del presidente Ernesto Zedillo; en estos trabajos se incluyó la remodelación de la capilla, la demolición de los edificios Landa y otros más antiguos con el fin de recuperar 14 000 metros cuadrados, la idea fue habilitar espacios para la instalación de salas destinadas a exposiciones museográficas permanentes, por lo que ahora se contaba con un museo que alberga copias del Acta de Independencia, el Tratado de Córdoba, entre otros documentos. En los trabajos de restauración se tomó darles un estilo más apegados al siglo XIX a los salones habilitados como vanguardistas en las décadas pasadas, se estableció el jardín botánico en remembranza del de Moctezuma y el Jardín de la Emperatriz, el primero se hallaba originalmente donde hoy esta la Torre Latinoamericana, el segundo ocupó parte del huerto de Palacio.

Además el presidente Ernesto Zedillo es quien emite un reglamento para el uso del palacio determinando la creación de la Conservaduría del Palacio Nacional, compuesta por miembros de diferentes ramas del gobierno federal, lo que limita la preeminencia que había tenido el ejecutivo en la administración del inmueble a través del Estado Mayor Presidencial, por lo que la seguridad, mantenimiento y administración del inmueble se divide entre la Secretaria de Hacienda (que controlan la zona abierta al público en general), la Secretaria de la Defensa Nacional quienes controlan los edificios del oriente que dan a la calle de Correo Mayor pertenecientes entonces a la Primera Zona Militar; y la Presidencia de la República quienes a través del Estado Mayor Presidencial controlan el Patio de Honor y la zona de oficinas del presidente.[20][21]

Durante la administración del presidente Vicente Fox se da el primer intento serio de abandonar el edificio por parte de la presidencia, por lo que el entonces secretario de Hacienda y Crédito Público Francisco Gil Díaz toma áreas administradas por Hacienda como oficinas, desalojando las muestras museográficas, aunque muda muchas de sus actividades al edificio de Av. Constituyentes 1001. La idea era convertir las áreas de Presidencia a un museo de sitio, pero la presión de varios sectores sociales obligó a abandonar la idea.[22]​ Aunque se terminaron los trabajos de remodelación del vestíbulo del Recinto Parlamentario, se abrió el archivo de Francisco I. Madero.[23]

En noviembre de 2006 se inauguran los nuevos edificios que dan a la calle de Correo Mayor, que sustituyen a los edificios Landa, estos son destinados a oficinas y cuartel perteneciente a la Primera Zona Militar, que son compartidos por el Estado Mayor Presidencial ya que permiten contar por primera vez con un estacionamiento para funcionarios y visitantes especiales, a este edificio se le cuidaron sus fachadas para mantener la armonía arquitectónica con el resto del conjunto.[22]

Con motivo de los festejos del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución Mexicana, el presidente Felipe Calderón Hinojosa autorizó el remozamiento del Palacio y de la Casa de Moneda (actualmente Museo Nacional de las Culturas), con el fin de integrarlos en un solo conjunto que cubre toda la manzana. Los trabajos son principalmente en la fachada y su acera principal, trabajos de cimentación con la inyección de lodos con Bentonita.

Destaca de entre los festejos del Bicentenario de la Independencia, el rescate de muchas de las áreas destinadas para museografía que habían sido invadidas por la Secretaría de Hacienda, junto con otros espacios, integradas en la Galería Nacional inaugurada el 5 de septiembre de 2010 por el presidente Calderón con la exposición México 200 años: La patria en construcción[24]​ (abierta al público a partir del 19 de septiembre).

En esta exposición destacó la exhibición de once urnas con los restos de los catorce héroes que reposan en la Columna de la Independencia: Miguel Hidalgo y Costilla, Ignacio Allende, Juan Aldama, Mariano Jiménez, Nicolás Bravo, Vicente Guerrero, Mariano Matamoros, Francisco Xavier Mina, José María Morelos y Pavón, Andrés Quintana Roo, Leona Vicario, Guadalupe Victoria, Pedro Moreno y Víctor Rosales; los cuales fueron exhumados del Monumento de la Independencia el 30 de mayo y llevados para su estudio al Castillo de Chapultepec, y recibidos con honores en Palacio Nacional el 16 de agosto, los cuales estuvieron en exhibición hasta el 30 de julio de 2011, exactamente al cumplirse el bicentenario de la ejecución de Miguel Hidalgo, fecha en que regresaron a la Columna de la Independencia y en que concluyó la exposición.[25]​ Asimismo, en la exposición México 200 años: La patria en construcción se exhibieron documentos como el Acta de Independencia, los Sentimientos de la Nación; así como banderas, muebles y artículos de gran valor histórico.[24]

Al igual que los festejos del Centenario en 1910, el Palacio Nacional volvió a ser el gran protagonista en una festividad de enorme relevancia, cuando la noche del 15 de septiembre de 2010 fue el escenario culminante de las celebraciones en el Zócalo por el Bicentenario de la independencia. Un espectáculo con llamas danzantes surgidas de la parte superior de la fachada, acompañadas de música y concluido con fuegos artificiales, dieron paso al celebre Grito de Dolores.

Con el antecedente y el marco de una ceremonia de traspaso de funciones, improvisada la noche del 30 de noviembre de 2012; Enrique Peña Nieto, se convirtió en el primer presidente desde Gustavo Díaz Ordaz en despachar en este inmueble, incrementando las actividades oficiales y de trabajo en el recinto, hasta entonces hechas en la Residencia Oficial de los Pinos por los últimos mandatarios.[26]

El 6 de noviembre de 2014 un grupo de personas incendio la puerta principal del Palacio en medio de las protestas derivadas por la desaparición de 43 estudiantes en Iguala, Guerrero.[27]

El 13 de febrero de 2016 recibió la visita de estado del papa Francisco en su calidad de jefe de Estado de la Ciudad del Vaticano; recepción del máximo jerarca de la Iglesia católica, inédita en la historia del recinto.

Como parte de los compromisos iniciales, hechos en campaña, para realizar en los primeros días de su gobierno, el presidente Andrés Manuel López Obrador comenzó a operar de forma permanente en el despacho presidencial desde el 1 de diciembre de 2018, trasladando de manera definitiva las labores ejecutivas desde la Residencia Oficial de los Pinos (que se convirtió en Centro Cultural) al Palacio Nacional. Posteriormente el 22 de julio de 2019, y luego de 135 años de no serlo, recuperó su condición de Residencia Presidencial, al concretarse la mudanza del mandatario y su familia a un departamento ubicado en el tercer piso del complejo, específicamente en el ala sur junto a las oficinas que ocupaba el Estado Mayor Presidencial (mismas que serían empleadas ahora como área de trabajo de la presidencia).[28][29]

El área del departamento, en forma de escuadra, esta localizada exactamente en la esquina sur del Jardín botánico, y que en el exterior comunica a la calle de Corregidora. Con una extensión de 300 metros cuadrados cuenta con dos recámaras, un estudio, cocina, sala y comedor, así como pasillo principal y vestíbulo. El departamento fue construido por indicaciones del entonces presidente Felipe Calderón durante su sexenio, aunque no era conocido públicamente. La edificación no forma parte del complejo histórico que constituye el patrimonio arquitectónico del Palacio, por lo que su diseño y uso no representan impacto al valor artístico del inmueble. Habría sido el antecesor de López Obrador, Enrique Peña Nieto, quien le dio a conocer la existencia de dicha área, por lo que ya como presidente presentó los planos del lugar, sus características y su consecuente mudanza.[30][31][32]

En el proceso de adecuación del área habitable y las habituales rehabilitaciones, se invirtieron recursos para el mantenimiento del torreón poniente, los balcones de la fachada principal y los salones protocolarios, además de las distintas zonas museísticas.[33]

El Palacio continúa siendo la sede oficial del Poder Ejecutivo, y es actualmente la residencia oficial del Presidente (desde la conversión en Complejo Cultural de Los Pinos en el área del Bosque de Chapultepec). Aquí se realizan importantes actos protocolarios del Presidente, como jefe de estado: celebración del Grito de Dolores, desfiles militares conmemorativos de la Independencia y de la Revolución mexicana, mensajes del presidente con motivo de sus informes de gobierno, recepción de jefes de Estado y de gobierno extranjeros, recepción de credenciales del cuerpo diplomático acreditado en el país, entre otros eventos.[34]

Situado en el lado oriente del Zócalo de la Ciudad de México, Palacio Nacional es el inmueble más grande de los edificios que rodean la Plaza y uno de los conjuntos arquitectónicos de mayores dimensiones del país. Su fachada principal, revestida con piedra de chiluca y tezontle, muestra, en su parte inferior y media, un estilo barroco sobrio de los siglos XVII y XVIII, y en su parte superior, construida entre 1926 y 1928, el estilo llamado neocolonial.

La fachada principal de Palacio Nacional muestra tres ejes que corresponden a sus respectivas entradas monumentales. Los ángulos noroeste y suroeste rematan en torreones de estilo militar. El basamento abarca la planta baja, tiene 25 ventanas rectangulares de pequeñas proporciones El nivel inmediato superior ostenta el mismo número de ventanas, pero de mayores proporciones y protegidas con reja de hierro forjado. La mitad superior, con 39 grandes ventanas balconadas, está revestida con tezontle en varios tonos. Al tercer piso se le conoce como galería y posee 60 ventanas.

Dotado de tres portadas, correspondientes a sus puertas monumentales, destaca la central por su simbolismo: en lo alto se observa la campana de Dolores, uno de los objetos históricos de mayor relevancia para la historia mexicana. Debajo de ella se alza el Balcón Presidencial. Remata la portada el escudo nacional flanqueado por un caballero águila y otro español.

Las portadas laterales descubren las puertas denominadas Mariana y de Honor; la primera, ubicada en el ala norte, es así conocida en memoria del presidente Mariano Arista, quien la mandó construir en 1852; la otra, orientada al sur, recibe su nombre por el hecho de ser la puerta reservada para uso del Presidente de la República. Esta costumbre data de tiempo atrás cuando los mandatarios se dirigían del Castillo de Chapultepec o de Los Pinos a sus labores en Palacio. Al arribo del mandatario se despliega para su recibimiento una valla de honor de las guardias presidenciales. La fachada cierra en sus extremos con dos densos torreones de estilo militar revestidos de cantería.

La fachada lateral norte se extiende a lo largo de la calle de Moneda, la primera de dos partes presenta los mismos elementos formales de la fachada principal pero en un estilo más sobrio y puro característico del siglo XVIII. La segunda parte consta de tres pisos y es, casi en su totalidad, la original del siglo XVIII. Destaca la portada que da acceso al Museo de las Culturas, cuya imponente puerta exhibe ornamentaciones neoclásicas. A los costados de la puerta se levantan dos pares de columnas corintias rematadas con un friso de estilo siglo XVII, el cual sostiene una ventana balconada flanqueada por dos columnas jónicas. La gran portada termina con un frontón de estilo neoclásico y un águila en bronce, agregados, seguramente, durante la época del presidente Porfirio Díaz.

El lado oriente muestra una fachada divida en cuatro segmentos de diversas proporciones y estilos. La esquina que conforman las calles de Moneda y Correo Mayor ostenta el mismo estilo arquitectónico de la fachada principal del Museo de la Culturas, no así la fachada adyacente de la antigua Procuraduría, la cual permite observar el estilo neocolonial predominante de las primeras décadas del siglo XX con sus grandes ventanas y balcones enmarcados en cantería. El segmento inmediato muestra la fachada denominada Constanzó, construida en el siglo XVIII en un estilo que puede clasificarse como versallesco, aunque con elementos estilísticos de Luis XVI; entre sus características, destaca el revestimiento en tezontle rojo y los altorrelieves de amorcillos, guirnaldas, figuras humanas, trofeos e instrumentos musicales que se observan en los diversos tableros situados arriba de los ventanales. En el segmento que cierra la fachada oriente, en la esquina de las calles de Correo Mayor y Corregidora, se levantan dos edificios reconstruidos en tiempos recientes, cuyas fachadas presentan el estilo sobrio característico de los años en que se aumentó el cuarto piso a Palacio Nacional.

La fachada lateral sur la forman tres partes que, en lo fundamental, siguen el estilo que impuso el arquitecto Petriccioli a Palacio Nacional entre 1926 y 1928; no obstante, la fachada intermedia, que antes correspondía al Archivo General de la Nación, guarda elementos que permiten imaginar la antigua fachada del Palacio Virreinal.[35]

Ubicadas en el ala sur de Palacio Nacional, las áreas protocolarias de la Presidencia de la República ocupan los salones que asoman a la Plaza de la Constitución y a la calle de Corregidora. En sus orígenes éstas fueron las habitaciones de los virreyes y alojaron el aparato de la administración real. Fue también, durante diversos momentos del siglo XIX, residencia de presidentes y de los emperadores Maximiliano de Habsburgo y Carlota de Bélgica. La arquitectura de sus espacios ha sufrido múltiples transformaciones al paso de su historia; sin embargo, exhiben abundantes objetos ornamentales y obra plástica de la época del Segundo Imperio y conservan aún el gusto artístico predominante de la época de esplendor del porfiriato.

En la primera planta, al final del corredor surponiente, se abren las puertas que llevan a un pequeño salón conocido como Juárez, cuyo nombre se debe a Benito Juárez. Se sabe que por este salón el presidente cruzaba a diario para dirigirse de su despacho a sus austeras habitaciones, que se encontraban en el ala norte de Palacio. Entre los elementos que adornan este salón destacan los óleos del revolucionario y reformador agrarista Emiliano Zapata y del escritor y libertador cubano José Martí realizados por Antonio Albanés García y E. Valderrama, respectivamente.

Contiguas al Salón Juárez se localizan las galerías de los Insurgentes y de Presidentes, que sirven de antesala a los salones presidenciales. Situada en el corredor poniente, la Galería de los Insurgentes exhibe una colección de retratos de algunos de los próceres de la independencia nacional. El propósito de esta galería fue exaltar a los héroes nacionales que llevaron a México a convertirse en una nación libre y soberana. El emperador Maximiliano de Habsburgo fue el iniciador de este reconocimiento, cuando en 1865 se realizaron algunos de los óleos más importantes que aquí se muestran. De esta época destacan los retratos de Miguel Hidalgo y Costilla, pintado por Joaquín Ramírez, Mariano Matamoros de José Obregón y Agustín de Iturbide de Petronilo Monroy. Esta galería fue originalmente conocida como la Galería de Iturbide, y se situó en lo que hoy es el Salón de Embajadores.

La Galería de los Presidentes, situada en los pasillos del primer piso del área de gobierno, fue creada en 1945 por el entonces presidente de México Manuel Ávila Camacho. Sobre sus muros pende una serie de retratos de diversos mandatarios de los siglos XIX y XX. Se sabe que algunos de ellos posaron para las pinturas; tal fue el caso del retrato de Mariano Arista (1851), quien con uniforme de gala posó para el pintor Edouard Pingret. Muchos otros son recreaciones realizadas por el prolífico pintor Carlos Tejeda entre 1945 y 1946. Sobre los corredores también se exhiben otros objetos de arte, como un juego de candelabros de procedencia francesa traídos a Palacio Nacional durante la época del Segundo Imperio.

Los salones presidenciales se componen de un conjunto de áreas conocidas como el Salón Azul, Salón Verde, Salón Morado —así denominados por el color de sus tapices—, el Salón de Embajadores y el Salón de Recepciones, además del Despacho Presidencial, el Comedor y el Antecomedor, entre otros. Esta división en salones fue realizada en 1901, durante la época de esplendor del porfiriato, por el ingeniero Gonzalo Garita, con motivo de la celebración del Segundo Congreso Panamericano (1902).[36]

El Despacho Presidencial, es considerado el centro emblemático de Palacio Nacional y símbolo de poder para los mexicanos y su clase política. Anterior a los años treinta del siglo XX, este espacio estuvo dividido en dos, una parte acondicionada como área de descanso otra como sala privada, luego de ser unidas fueron decoradas al estilo del salón embajadores. Hoy en día resguarda un nutrido grupo de muebles de estilo renacentista italiano y francés, entre los que destacan el sillón presidencial y el librero, cuyo frontón, soportado por dos cariátides de madera, exhibe en su centro el escudo nacional. En 1901 esta área fue llamada "Sala Privada".[1][37]

Es el área de mayor dimensión en la zona presidencial. Tiene cinco ventanales, con sus correspondientes balcones a la Plaza de la Constitución, el del extremo norte queda bajo la campana de la Independencia y es utilizado exclusivamente por el Presidente en los grandes eventos cívicos, especialmente la noche del 15 de septiembre en la conmemoración del Grito de Dolores y el desfile militar del 16 de septiembre conmemorativo del inicio de la independencia. Se ubica a un costado del actual Salón de Embajadores, y fue el único que no se remodeló durante las obras de 1901. En la época Colonial se le llamó Salón del Trono, por encontrarse ahí el asiento con grada y dosel que ocupaba el virrey en las ceremonias. Durante la vida independiente en este lugar estuvo cautivo Benito Juárez debido a la revuelta conservadora ocasionada por el Plan de Tacubaya en 1857, preso por órdenes del entonces presidente Ignacio Comonfort. Las vigas de cedro fueron admiración de Maximiliano de Habsburgo, quien lo utilizó como Salón de Fiestas. En 1902 con motivo de la fiesta de recepción a los representantes del Segundo Congreso Panamericano, se utilizó como espacio complementario del Salón de Embajadores. Este salón guarda cuatro óleos monumentales que representan algunos episodios militares de la historia de México; tres de estos fueron ejecutados durante la presidencia de Porfirio Díaz. El salón se incendió en 1909 y posteriormente fue acondicionado por la proximidad de las Fiestas del Centenario de la Independencia.[1]

Tiene una superficie de 24 metros de largo por ocho de ancho. En el plafón se observan florones, follajes y mascarones; las superficies lisas están separadas por rectángulos longitudinales adornados con hojas de acacia, cordones dorados y figuras de angelitos sosteniendo un pequeño medallón. Entre las paredes y el plafón hay un friso curvo con ocho relieves que muestran las fases de una batalla. Una sucesión de guirnaldas da unidad al conjunto. Sobre los muros se encuentran pinturas de Miguel Hidalgo, José María Morelos, Vicente Guerrero, Ignacio Allende, Benito Juárez y una alegoría de la Constitución de 1857.[38]

Llamado así por ser el salón donde se presentan las cartas credenciales para embajadores y cónsules acreditados en México, ceremonia presidida por el presidente de la República. Este lugar ha sido testigo de acontecimientos históricos, por citar algunos: el 28 de septiembre de 1821 se firmó el Acta de Independencia del Imperio Mexicano; en 1872 estuvo expuesto por tres días el cuerpo de Benito Juárez, fallecido el 18 de julio; asimismo el 10 de septiembre de 1921, se llevó a cabo el acto conmemorativo del primer centenario de la consumación de la Independencia de México.[1]

Conocido a principios del siglo XX como "Sala de Ayudantes". Fue restaurado durante el régimen porfiriano. Este salón debe su nombre al color del tapiz que hace juego con un jarrón morado de porcelana que le fue obsequiado a Carmen Romero Rubio de Díaz, segunda esposa de Porfirio Díaz, el cual ostenta una placa de bronce con las iniciales C.R.R. de D.D grabadas. Un óleo del Virrey Juan Vicente Güemes Pacheco de Padilla, Segundo Conde de Revillagigedo, pintado por Carlos Tejeda en 1946, cuelga de la pared. Al igual que en otros salones, pende del techo un candil francés en bronce dorado y cristal, estilo Primer Imperio y sobre las paredes, cuatro arbotantes con figuras de ángel en bronce iluminan el lugar, decoración que otorga majestuosidad y belleza.[1]

Mide siete por ocho metros; el plafón es de estilo renacentista, de ahí pende un candil. La transición entre el plafón y las paredes laterales en las que hay tres clases de elementos decorativos: triángulos esféricos flanqueados por modillones; un rectángulo con una cartela central, coronada por una concha de la que surgen guirnaldas y flores; y un conjunto formado por un haz de flechas, un escudo, un trofeo y un casco romano.[39]

Mide ocho metros por lado y queda al sur del salón morado. En los lunetos de la bóveda están representados, en figuras de mujeres, los elementos conceptuales de los ideales positivistas: la Paz, conquistada por el desarrollo del espíritu, manifestado en las artes; ayudada por el Progreso, materializado en las ciencias y alcanzado por medio de la equidad, corporeizada en la ley y la justicia. En los ejes del recuadro central dos ángeles sostienen un medallón con las iniciales R.M. (República Mexicana), el cual reposa sobre el escudo nacional.[40]

A principios del siglo XX, este Salón fue conocido como el "Primer Salón de Audiencias" o como "Salón de Ayudantes". Más tarde se le llamó "Salón de los Secretos", pues ahí tenían lugar las reuniones entre los generales Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles. Es el único salón que cuenta con doble puerta. Del plafón pende un candil de cristal de Bacarat, con cuarenta y cinco luces. En sus muros, tapizados en tela color verde, se muestran los retratos al óleo del Rey Carlos III de España y el del primer presidente de los Estados Unidos, George Washington. Entre los objetos decorativos, destaca un tibor de Sevres giratorio de porcelana verde con aplicaciones en bronce.[1]

Mide 13 metros de largo por ocho de ancho, se comunica con el salón verde. Tiene un plafón rectangular con una pintura al temple firmada por A. Mendoza. Entre las paredes y el plafón hay un friso curvo donde los perfiles griegos y romanos forman las siglas R.M. (República Mexicana) y el águila del escudo nacional, unidas por una cadena de guirnaldas.[41]

Área conocida originalmente como "Salón de Audiencias", está tapizado en color azul. Al centro del salón hay un candil de cristal estilo Luis XV y también comprende tres arbotantes de cristal cortado. Sobre uno de los muros, se encuentra un retrato al óleo del venezolano Simón Bolívar con el título de "Libertador de Colombia y Perú", réplica del original de Pablo Rojas pintado en 1825, y una escultura en bronce con el nombre de " La Jauría", que representa una cacería inglesa. En cada una de las puertas hay una columna y un dosel tallados en madera de cedro, colocados en la época del Presidente Plutarco Elías Calles, donde se puede apreciar el águila del Escudo Nacional.[1]

Salón que lleva el nombre de uno de los presidentes mexicanos que habitó Palacio Nacional en el siglo XIX. La costumbre de Benito Juárez, era trasladarse de sus habitaciones, situadas en el ala norte, al área de gobierno, atravesando este pequeño salón.[1]

Mide trece metros de largo por siete de ancho. Conduce a él la puerta de lado oriente de la biblioteca. Tiene un plafón de diseño geométrico, a base de yesería que imita madera. Cada casetón proporciona luz indirecta.[42]​ El Salón de Acuerdos, llamado originalmente "Sala de Ministros", hoy en día se ocupa para celebrar importantes sesiones de trabajo del presidente de la República con su gabinete y sirve de antesala a sus reuniones. Uno de los episodios históricos acontecidos en este salón fue la aprehensión del presidente Francisco I. Madero. Pese a la defensa de su guardia el presidente fue llevado a la intendencia de Palacio.[1]

Pequeño salón de fumadores de estilo morisco —muy en boga en México a finales del siglo XIX—, posiblemente ideado por el arquitecto Antonio Rivas Mercado. Se le llama de este modo porque su decoración está inspirada en el arte islámico. El plafón está trabajado en estuco. Las entradas tienen un arco de medio punto en forma de herradura, que descansa en columnas pareadas, semiocultas y apoyadas en basamentos. A excepción del espejo que es de origen francés, el resto se conserva en un estilo medio oriental. Esta sala es utilizada como lugar de reunión y forma parte de los salones de los mandatarios mexicanos.[1]

Esta profundamente decorado con rombos lobulados que inscriben flores de lis estilizadas. El techo esta formado por una bóveda central y las superficies, por un lado circulares y por el otro de ángulo recto, correspondientes a las cuatro esquinas. En estas, limitadas por molduras mudéjares, aparecen roleos de acacia. La unión de plafón y paredes está hecha a base de molduras escalonadas, diseños geométricos, antefixias, ovos y conchas superpuestas.[43]

Estancia decorada estilo Luis XIV, que luce sus puertas, plafón y lambrines en encino de Alsacia. Puertas, ventanas y muebles están revestidos en seda roja. En el punto central de la pared norte se encuentra, la chimenea, escoltada por dos aparadores rematados por cuatro cariátides sosteniendo el mueble tridimensional labrados con rocallas y al centro con un espejo ovalado. El plafón tiene tres secciones; la central con tres conjuntos ornamentales de follaje, de los que penden sendos candiles; y las laterales, más pequeñas, con bajorrelieves reticulares. El friso curvo lleva frutas, flores y legumbres, un cordón y ovos enlazados por palmetas y hojas de acanto La mesa tiene lugar para cuarenta personas. Actualmente, forma parte de las áreas reservadas para las actividades presidenciales.[1][44]

Estancia decorada en 1901 a cargo del Ingeniero Gonzalo Garita, de hechura mexicana. El antecomedor está tapizado en seda con motivos florales y decorado con un plafón en artesonado de cedro y encino del que pende un candil de Bacarat de 15 luces. El piso forma un mosaico de diversas maderas: caoba, cedro, naranjo y ébano. Entre los muebles que adornan este salón destacan los cristaleros tallados en madera de nogal y encino y el conjunto de sillas pertenecientes al tren presidencial de Porfirio Díaz, donde se localiza el escudo nacional.[1]

Mide siete por ocho metros. Se accede a ella por el salón azul. Allí se encuentra un elevador Art nouveau para uso exclusivo del presidente, decorado con las iniciales R.M. enmarcadas por una corona de laureles. Las yeserías imitan madera. El plafón presenta motivos geométricos. Los recuadros del artesonado están pintados en el interior. Al centro hay un rosetón del que pende un candil y del cual parten cuatro recuadros romboidales con pinturas ilusionistas. El friso esta rematado con por una moldura de ovos que unifica el conjunto.[45]​ Destaca por su acabados, las puertas, los cortinajes de terciopelo rojo y flecos dorados. La pared está recubierta con un tapiz de tela roja. Se pueden apreciar dos libreros de estilo Luis XVI, elaborados en madera con aplicaciones de bronce. La mesa del centro es de estilo ecléctico con reminiscencias del renacimiento francés, al igual que las dos sillas, elaboradas en madera de encino con incrustaciones de bronce y cubiertas con cuero marroquí.[1]

Biblioteca pública ubicada en la planta baja de las áreas presidenciales, a un costado del Patio de Honor. Cuenta con un acervo de poco más de 22 000 volúmenes de información general.[1]

De forma trapezoidal y rodeado por una arquería que conserva elementos arquitectónicos del siglo XVIII, este patio es sitio para ceremonias cívicas y actos de gobierno de la Presidencia de la República. En su lado poniente, se abre la puerta que comunica a la Plaza de la Constitución y, al oriente, se levanta la escalera que conduce a los salones presidenciales.[1]

Administradas por la Secretaría de la Defensa Nacional:

Tiene 20 metros de largo por nueve de ancho. Fue construido por el arquitecto Antonio Rivas Mercado en 1901. Decorado en estilo Primer Imperio; esta dividido en tres naves por columnas corintias de granito rosa con bases y capiteles dorados, desplantadas sobre pedestales de mármol negro veteado de amarillo y gris con fajas de color ágata. Las pilastras de los muros corresponden a estos apoyos en orden y riqueza. Las puertas son de caoba roja con encuadramientos arquitectónicos de color marfil, cuyos ornatos de laureles, rosas y arabescos suben hasta las cornisas. El plafón muestra el águila nacional y las alegorías de la agricultura, la minería, la industria y el comercio. Iluminan la estancia 300 lámparas de luz incandescente situadas como coronas de estrellas a lo largo de las cornisas, en los casetones y en el plafón, a modo de constelaciones. Flanqueada por las dos puertas laterales, la pared central ostenta un escudo de bronce con las palabras Pax, Lex; Mismo que esta rodeado por las banderas de todos los países independientes de América[46]

Situado en el ángulo noroeste del Palacio, esta decorado en estilo Francisco I. Tiene un friso con una cadena de hojas de acanto con relieves y ménsulas de madera. En la parte baja se colocó un lambrín de encino. Los muros muestran los escudos de todos los países de América y las antiguas intendencias de la Nueva España.[47]

El salón de cajas se instaló en 1910, y las obras de adaptación se hicieron entre 1925 y 1926. El patio se cubrió con un techo sostenido por vigas de concreto armado en cuyos apoyos se representaron magueyes en flor. Una mampara de hierro, bronce, mármol y madera separan al público de las oficinas. En ella se tallaron las principales monedas de la época independiente, enmarcadas por hojas de acanto. En los ejes verticales lleva tres lámparas de bronce y alabastro en forma de flama y, hacia abajo, un cuerno de la abundancia del que brotan monedas que guían hacia un león. Las ventanillas tienen reja de hierro forjado. Las puertas y el piso son de estilo italianizante.[48]

El salón tiene dos hileras de asientos sobre gradas con balaustradas y sillones de caoba. En la parte central esta un doncel con galones y flecos de oro donde esta expuesta el Acta de la Independencia y hay dos sillones destinados al presidente de la república y al del congreso. Las galerías están sostenidas por 20 columnas de estilo dórico. Claros semicirculares dan luz a la sala. En la parte superior de los intercolumnios los nombres de los héroes con letras doradas. En el centro del cielo raso hay un medallón dorado del que parten líneas rectas trabajadas en yeso, a puntos que marcan el principio y fin de las lumbreras. Frente al solio, arriba de una puerta con marco de caoba se colocó una lanza que se usó en la campaña de Texas. Un cuadro de Carlos Páris recuerda la batalla de Tampico. Esta sala construida originalmente en 1829 para albergar la cámara de diputados, fue destruida en un incendio en 1872, luego se usó como archivo de la procuraduría fiscal; fue restaurada en 1972, basándose en una litografía de Pedro Gusidi de 1846 y un impreso de 1860, que hacia descripción de ella.[49]

La fuente ubicada al centro de Patio Central es una réplica de la original que existió hace más de 300 años en ese mismo sitio, esta tiene en parte superior una representación de un Pegaso, cuyo simbolismo se apega al mito griego de Perseo donde al matar a Medusa nace Pegaso que representa tres virtudes: el valor, la prudencia y la inteligencia ya que Perseo al decidirse a enfrentar a la Medusa fue valiente, al decidir no mirarla de frente fue prudente y al hacerlo a través del reflejo en su escudo fue inteligente. Se considera que estas tres virtudes deben formar parte del carácter de quien ocupe este palacio para gobernar al país.

Entre 1929 y 1951, el muralista Diego Rivera realizó cinco murales en la segunda planta en el tejado central, y el espacio de la escalera principal. Los cuales fueron restaurados durante el año 2009, con motivo de los festejos del Bicentenario de la Independencia Mexicana.[50]

Los murales del palacio nacional fueron pintados por el artista mexicano Diego Rivera, los cuales fueron realizados entre los años de 1929 y 1951, las obras narran con una extraordinaria síntesis e iconografía periodos significativos de la historia de México, ahí están representados el México precolombino y el México de la tercera década del siglo XX, sin omitir los periodos de la Conquista, el Porfiriato y la Revolución mexicana. La composición y el modo de relatar los hechos históricos es muy parecida a las técnicas que utilizaron los antiguos mexicanos en sus pinturas y códices.

Aunque a un inicio estas obras tenían un fin educativo, hoy en día son un gran legado para la plástica mexicana. Dentro de los murales que podemos apreciar está el de la escalinata principal del Palacio Nacional, esta obra llamada México a través de los siglos o Epopeya del pueblo mexicano, representa a México en diversas etapas históricas.

La narración visual es cronológica y esta lectura inicia a nuestra derecha, hecho seguramente simbólico para el artista, el recorrido visual tiene inicio con la obra El mundo prehispánico, donde el personaje central es el legendario Quetzalcóatl, situado debajo de un templo y un sol invertido rodeado de discípulos, el siguiente mural describe la lucha del pueblo y ejército mexicano contra la invasión estadounidense (1846-1848). En este se aprecian detalles que resaltan la defensa de la ciudad de México.

En el arco central del fresco de la escalera, Diego Rivera pinta lo que para él serían las dos grandes hazañas revolucionarias en la historia de México: la Independencia y la Revolución de 1910, en la siguiente obra se ilustra el Porfiriato y la Revolución mexicana. La última parte de esta gran narración visual titulada México de hoy y mañana, 1945, muestra diversos hechos revolucionarios del siglo XX y ejemplifica la opresión de obreros y campesinos; así como las arraigadas creencias religiosas del pueblo. Aquí quedó reflejado el ideal comunista de Diego Rivera y sus aspiraciones políticas y sociales para el México del futuro.

En los pasillos del primer piso del Palacio Nacional se encuentran otros murales de Rivera, sin perder la temática inicial, el primero de ellos, La gran ciudad de Tenochtitlán, datado en 1945, donde se aprecia este islote rodeado de montañas y volcanes.

El segundo mural, La cultura Purépecha, establecida en los estados de Michoacán y parte de Jalisco, narra escenas de la industria textil.

La cultura Zapoteca, establecida principalmente en la región central de Oaxaca es otro mural que representa la vida cotidiana caracterizada por actividades artesanales como el trabajo de la filigrana de oro para la creación de joyas. El trabajo del oro y la joyería fueron algunas de las actividades económicas más importantes para este pueblo.

La siguiente obra de Rivera se titula La Cultura Totonaca, cultura situada al norte de Veracruz. En la parte central de este mural, se ve la ciudad de Tajín, en ella se practicaba el juego de pelota y la danza del volador.

Seguido de este mural se encuentra La producción de hule, pequeña obra que relata el uso que le daban a la savia del árbol del Tule, con la cual elaboraban las pelotas utilizadas en el juego ceremonial.

El Cultivo del maíz, la siguiente obra, se refiere a la importancia que este grano tenía para la gastronomía mesoamericana y que junto con el frijol, el chile y la calabaza se convirtieron en la base de la alimentación indígena.

En La Cosecha del cacao se expone este hermoso árbol cuyo fruto mezclado con agua produce el chocolate, bebida ceremonial reservada para los nobles y sacerdotes. El cacao también tuvo funciones monetarias para las diferentes transacciones comerciales a lo largo y ancho de Mesoamérica.

La Industria del Maguey y el Amate, muestra cómo esta planta fue aprovechada de diferentes maneras, por ejemplo de techumbre en la construcción de las casas, en la producción de bebidas embriagantes como: aguamiel, mezcal y pulque, esta última, una poderosa bebida chamánica. Además, su fibra es empleada hasta la fecha para la manufactura de vestidos, escudos y sandalias.

El último mural titulado La llegada de Hernán Cortes al puerto de Veracruz, aborda con gran simbolismo el tema de la llegada de los barcos españoles a las costas de Veracruz y la Conquista de Tenochtitlan.



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