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Cabazo



Un hórreo es una construcción destinada a guardar y conservar los alimentos alejados de la humedad y de los animales para mantenerlos en un estado óptimo para su consumo.[1]​ Se caracteriza por mantenerse levantado sobre pilares para evitar la entrada de humedad y de animales (especialmente ratones y otros roedores) desde el suelo y por permitir la ventilación a través de ranuras en las paredes perimétricas.

En 1918 el antropólogo polaco Eugeniusz Frankowsky registra el uso de graneros aéreos en la península ibérica, región de los Alpes, península Escandinava, área de los Balcanes, África subsahariana, Persia, Sureste Asiático, Japón, península de Kamchatka y áreas del estrecho de Bering, empleados para la conservación del cereal.[2]​ La especificidad del hórreo como tipología reside en su unión con el cultivo del maíz y a su maduración y secado en zonas de clima atlántico.

El uso del hórreo se extiende por buena parte del norte de la península ibérica. Actualmente son especialmente abundantes en Galicia y parte de Asturias, aunque también se cuenta con ejemplos en las provincias de León y Zamora, en Cantabria y en algunas zonas del País Vasco y norte de Portugal. En estas zonas el uso del hórreo se explica por la pronta llegada de un invierno largo, frío y húmedo que antaño obligaba a realizar cosechas tempranas.

Hórreo viene del latín horreum (a su vez del griego ὡρεῖον ʻgraneroʼ), que designaba a un edificio en el que se guardaban frutos del campo, especialmente el grano.[3]

Durante el Imperio el término horreum se empleaba para cualquier lugar destinado a conservar cosas de cualquier naturaleza, ya fuera vino (horrea vinearia), mercancías y provisiones (horreum penarium) o incluso dinero u obras de arte. Séneca dijo que su biblioteca era un horreum. El significado más extendido de la palabra es la de granero de frutos y cereales. Además de los horrea subterranea había otros dos tipos más capaces de mantener alejada la humedad, uno de ellos construido en superficie y el otro (el llamado horrea pensilia o sublimia) construido sobre pequeños pies de piedra verticales sobre el suelo.[3]

Los horrea publica formaban parte del sistema público de abasto de las ciudades de la Antigua Roma y de la administración fiscal del Imperio. Se empleaban tanto para la recaudación de impuestos como para la conservación de los bienes que no se consideraban a seguro en las casas, o horreaticus. Estaban bajo la supervisión de un funcionario responsable llamado horrearius.

Sin embargo otros autores consideran que el actual hórreo deriva de un órreo prerromano presente en la toponimia y en la hidronimia, y que ya tendría el significado de silo para el grano.[4]

Más allá de las tipologías existentes en la actualidad en la península ibérica, se encuentran en todo el planeta graneros aéreos sobre pies que son, en todo o en parte, morfológicamente afines al hórreo, como el stabur noruego, el hebre sueco, el sol'ek polaco o el kukuruzniak serbio, por mencionar solo algunos de los que se pueden ver en Europa.[2]​ Sin embargo estas similitudes morfológicas con los hórreos hispanos suponen un parentesco entre ellos, por las radicales diferencias del medio en el que se encuentran, sobre todo en lo referente al clima, al régimen de cultivos y a la dieta base.

Es relativamente frecuente encontrar referencias a que el hórreo tiene su origen en graneros elevados y ventilados que existían en los poblados celtíberos antes de la llegada de los romanos, pero las escasas referencias literarias que existen no permiten establecer una relación formal con el tipo actual. Marco Terencio Varrón, que en el siglo I a. C. recorrió Hispania con Pompeyo, hablaba ambiguamente de unos graneros sobre tierra empleados por los galaicos, supra terra granaria in agro quidam sublimia faciunt ut in Hispania Citeriore et in Apulia, ita ut non solum a lateribus per fenestras, sed etiam subtus a solo ventus regirare possit. En la misma época Julio César, en De Bello Civili, habla de su erección: locis certis horrea constituit vecturasque frumenti. Virgilio, en las Geórgicas, establece similitudes exiguus mus sub terris posuitque domus atque horrea fecit. Plinio el Viejo, ya en el siglo I, dice en su Naturalis historia que en la Hispania Citerior alibi, contra, suspendunt granaria lignea columnis et perflari undique malunt atque etiam a fundo, refiriéndose por vez primera a graneros aéreos sobre espeques. En el siglo I, en Liber de arboribus, el agrónomo Columela insiste en ese aspecto de los pensile horreum, quo imponantur fructus. Porro horrea pensilia dicuntur, quae non in plano posita sunt sed tignis suspensa, quo sicciora sint, preferible para las regiones húmedas.[4]​ En la misma época Marco Vitruvio, en De architectura, hablando en el Libro VI de la disposición de la casa campesina, dice que granaria sublimia et ad seeptemtrionem aut aquilonem spectantia disponantur; ita enim frumenta non poterint cito cancalescere, sed ab flatu refrigera diu servantur. Naamque ceterae regiones procreant curculionem et reliquas bestiolas, quae frumentis solent nocere, dando instrucciones para hacer los graneros en un piso elevado abierto al viento del norte y al nordeste, para evitar que el grano se caldee, pues los otros aires críaban gorgojos.[5]

La primera referencia documentada de la existencia de hórreos en el actual territorio español se encuentra en un documento del año 800 relativo a la fundación del monasterio de Taranco, en Valle de Mena, en la actual provincia de Burgos. Este documento registra donaciones de ganado, tierras y edificios, entre ellos «hedificavimus ibi domicilia, cellarios, orreos, torcularibus, cortinis, ortos, molinis, manzanares, vineis seu cetera arbusta pomifera» aunque no existe unanimidad entre los diversos autores sobre si se trata aquí de un hórreo tal y como lo conocemos en la actualidad o de otra variante menos evolucionada. Gonzalo de Berceo, en el siglo XII, evocando un milagro de San Millán de la Cogolla habla de unos artesanos que construyen un hórreo de madera.[6]

Habrá que esperar hasta el siglo XIII para encontrar la primera representación gráfica de un hórreo, concretamente en el Códice Rico o Códice T-1-1 de la biblioteca del monasterio de El Escorial, que contiene las Cantigas de Santa María, atribuidas a Alfonso X el Sabio. La cantiga que lleva el número CLXXXVI está adornada con una miniatura (lámina 203, miniatura 1.262) que representa dos hórreos góticos con puerta en arco de herradura en la pared lateral, y la leyenda del milagro de la Virgen:[4][5]

Hay constancia arqueológica del uso de la cebada, el mijo (conocido en Galicia como millo miúdo «maíz menudo»)[7]​ y la avena como cereales panificables desde el período Subboreal hasta la llegada de los romanos. También se sabe que se empleaba la harina de bellota tostada. En los castros del norte aparecieron molinos de mano, señal del uso de panificables. El mijo, tan extendido en la Edad Media, apto para ser cultivado con poco riego, exigía ser puesto a secar durante el invierno en hórreos de tiras de madera para poder trillarlo, separar los granos y cribarlo.[4]​ El maíz americano, por el contrario, es un cultivo de regadío de recolección muy tardía: mientras que el trigo o el centeno brotan en primavera y se cosechan al inicio del verano, el maíz no brota hasta el comienzo del verano y madura casi en otoño. Así se convierte en algo fundamental el poder guardar el grano en condiciones favorables para su secado y, al mismo tiempo, protegido de los insectos, de los roedores y de los pájaros.

La consolidación del hórreo como tipología se producirá a partir de los cambios resultantes de la introducción del cultivo del maíz en el siglo XVII, que desplazará el maíz menudo como alimento primario de las clases populares, sobre todo en Galicia y Asturias. Los graneros aéreos existentes se manifiestan capaces de asumir la conservación del nuevo cereal, necesitado de ventilación y secado para ser apto para el molido. La mayor proliferación del uso del hórreo se producirá a partir de los procesos desamortizadores del siglo XIX, que reestructurarán la propiedad de la tierra y la distribución de sus rentas, y durará hasta mediado el siglo XX con la mecanización de las tareas agrícolas.

Ya en 1695, en Antigüedades y cosas memorables del Principado de Asturias, el padre Luis Alfonso de Carvallo menciona «graneros, que llaman orrios, hechos de barretones, texidos con varas, tan firmes, y seguras, que aunque están encima de cuatro palos, expuestos a los ayres, y tempestades, y cargados de pan, y otras cosas, lo sufren todo».[8]​ La primera descripción detallada de un hórreo asturiano es la hecha por Jovellanos en 1792, con la enumeración de las partes que lo componen y una explicación de la manera de construirlo hecha por el propio artesano.[9]​ En 1895 el naturalista alemán Hans Friedrich Gadow expuso en su obra In northern Spain la teoría de que el hórreo fue introducido por los suevos en la baja Edad Media, teoría que cuenta con bastante apoyo en la actualidad. Posteriormente, en su Monografía de Asturias de 1899, el asturiano Félix de Aramburu expresó la teoría de que el origen del hórreo estaba en los palafitos, cabañas prehistóricas construidas sobre palos de madera.

En 1920 el polaco Eugenius Frankowski, en su obra Hórreos y palafitos de la península ibérica, ahondó en esa teoría palafítica, que más adelante sería cuestionada por la ausencia de evidencias arqueológicas.[6]​ López Soler formula en 1931 la hipótesis de que el hórreo, y en particular el hórreo gallego, es el resultado de la paulatina segregación de una función que el volumen de la casa expulsa al exterior.[10]

El hórreo fue una construcción auxiliar indispensable en la vida campesina del norte húmedo peninsular y en pleno uso hasta la llegada de la crisis del sistema agrario tradicional. Su buena adecuación a unas necesidades climáticas muy específicas hizo que fuera adoptado en áreas muy diferentes del norte húmedo, con ciertas adaptaciones formales según las zonas.

De este modo, aunque bajo diferentes denominaciones y tipologías, encontramos hórreos en Galicia, norte de Portugal, Asturias, provincia de León, Cantabria, País Vasco y Navarra. Se estima que se conservan en Galicia unos 30 000 hórreos, otros 30 000 en Asturias,[11]​ unos 400 en León, unos 30 en Cantabria, unos 20 en Navarra y cantidades casi testimoniales en el País Vasco, además de un número indeterminado de espigueiros en Portugal y de una cantidad también desconocida de cabazos móviles vegetales en Galicia.[12]

Las peculiaridades de la estructura de la propiedad de la tierra y la dispersión de la población permitieron que el hórreo mantuviera su razón de ser sobre todo en Asturias, Galicia y norte de Portugal.[13]​ El área de convivencia del hórreo tipo asturiano con el tipo gallego-portugués tiene su límite oriental en el río Barayo, en correspondencia directa con la estructura geológica subyacente, conocida como «Cabalgamiento de Barayo». El límite occidental de esta área no está estudiado con detalle, pero abarca sectores de la sierra del Caurel.[14]

El uso del hórreo se extiende por toda Galicia, con la única excepción de algunas zonas del sudeste limítrofe. También se emplea, sin grandes variaciones formales, en el occidente asturiano y en la región portuguesa del Miño, donde es conocido como espigueiro, canastro o caniço. En Galicia recibe diferentes nombres según la zona: hórreo u hórrio en el centro-norte, cabazo en el noroeste de La Coruña, cabozo en el norte de Lugo, canastro en la zona sur, más raramente canasto, cabaceiro entre el centro y el nordeste de Orense, igual en la misma dirección en Lugo, pero mezclado con formas más cerradas (cabeceiro, cabeceira, cabaceira), canizo entre la ría de Vigo y el río Miño, piorno en el Salnés, cabana más en el interior, paneira en el Morrazo, orno u órneo en el cabo del Morrazo, hórreo u horro los de tipo asturiano en el este de Lugo, y otros apelativos de menor extensión.[15][16][17]

Se trata de un edificio de pequeño tamaño, oblongo y de planta rectangular con cubierta a dos aguas y escasa crujía. Sus dimensiones, materiales y los elementos empleados en su construcción son muy variados, aunque siempre dentro de la lista habitual en la arquitectura popular: cantería o mampostería, madera de castaño, cubierta de teja cerámica, losa de pizarra o colmo de centeno.

Existe una tipología menos elaborada que comprende pequeños graneros ligeros llamados cabazos, formados por un cuerpo de ramas o mimbres tejidos, cubiertos por un pequeño cono de retama o colmo. En áreas del Caurel se usa más el hórreo de tipo asturiano, a veces con cubierta de colmo de centeno, y usualmente de pequeño tamaño. En la zona costera hay otra tipología poco difundida, conocida como hórrea, que difiere del hórreo en su mayor anchura, en la distribución interior en corredor central y cámaras laterales y en emplear ternas de pies en lugar de parejas.

El hórreo más largo de Galicia es el de Araño (Rianjo) con 37,05 m de longitud,[18][19]​ el más alto se eleva hasta los ocho metros y medio, la hórrea de mayor capacidad se encuentra en Poyo, tiene un volumen interior de 123,25  y se sostiene sobre 51 pies, y, aunque tradicionalmente son de planta rectangular, existen hórreos cuadrados, redondos, en forma de ele y hasta uno octogonal, en Fonsagrada.[20]

En el Principado de Asturias se conservan, en mejor o peor estado, unos 30 000 hórreos. A pesar de los intentos desde las administraciones por su conservación, muchos siguen perdiéndose con el paso del tiempo.[21]​ Hay dos grandes tipos de hórreos en Asturias. Uno, el conocido propiamente como hórreo (también denominado hórrio, horru u horro), es el más extendido, siendo de planta cuadrada con una cámara de madera, muchas veces con corredor, que se sostiene sobre cuatro pies, o pegollos. En Asturias el uso del hórreo fue exclusivo de las clases más acomodadas, pero proliferó a partir de la época renacentista, debido al aumento de la producción de la tierra.

El segundo gran tipo es la panera. Los primeros documentos sobre ellas son de la segunda mitad del siglo XVI, siendo su desarrollo en el siglo XVII, favorecido por la difusión del maíz. La panera es una evolución del hórreo, cuya planta aumenta de tamaño y longitudinalmente hasta hacerse sensiblemente rectangular. Esta modificación implica cambios estructurales. Los más llamativos son que los pegollos aumentan de cuatro a seis, o más, y la cubierta se remata con una viga cumbrera, manteniéndose a cuatro aguas. Es ya en el siglo XVIII cuando se incorporan los corredores exteriores.[22][23]​ Esto hace que se encuentren paneras de gran tamaño, especialmente cercanas a la costa.

Dentro de los hórreos asturianos hay varios subgrupos dependiendo de su estructura y decoración:estilo Villaviciosa (el más antiguo), el estilo Allande y el estilo Carreño (nombres de los municipios donde más ejemplos se conservan). Un estilo particular es el Hórreo Beyusco, tipología extendida únicamente en el concejo de Ponga.[24]

En la comarca del Eo-Navia y en el sudoeste de Asturias, en el área nororiental de Galicia y en parte de las comarcas del norte de El Bierzo y del resto de la provincia de León se encuentra una variante tipológica de hórreo tipo asturiano caracterizada por el uso de cubiertas vegetales. Las fuentes documentales demuestran que antaño su extensión fue mucho más amplia, y que su abundancia fue mayor en las zonas en las que existe en la actualidad. Su peculiaridad formal estriba en la carencia de corredor, en la reducida talla, en la escasa altura libre interior y en la cubierta vegetal, que puede estar ejecutada con colmo de centeno o trigo, o bien con retama, brezo o carquesa.[25]

El hórreo leonés consta de una cámara de madera sobre pies de roble o piedra, llamados pegoyos, coronados por tornarratos, llamados solaneras. Carece de corredor exterior y su cubierta es de paja, teja o losa de pizarra a dos aguas.

Según algunas fuentes, en Las Bodas, municipio de Boñar se encuentra el hórreo en madera más antiguo de España, datado del siglo XVII.[26]

En la actualidad se conserva un número de unos 330 en todo León.[27]

También hay algunos en la provincia de Palencia y Asturias (allí llamados «hórreos beyuscos»).[28]

Frankowski explica que su forma y su función no difieren mucho de las del asturiano.[2]

Hoy quedan solo algunos hórreos en los valles cántabros de Pido, Las Ilces, Espinama, Cabuérniga, Herrerías, y Polaciones, aunque se cree que en el pasado estuvo presente a lo largo de toda Cantabria. Se hace mención a hórreos cántabros en diversos documentos a partir del siglo IX. Es un edificio de madera de planta cuadrangular que consta de una cámara que descansa sobre cuatro soportes o pegoyos de roble y se cubre con un tejado de teja árabe, en algunas zonas a cuatro aguas (como el asturiano) y en otras a dos (como el leonés).[6][29]​ En montañés el hórreo recibe el nombre de horriu o hurriu.[17]

La supervivencia de un único ejemplar hace suponer la existencia antaño de un tercer tipo, llamado panera, que se distingue por tener planta rectangular y seis o más pies, semejante a la asturiana.[13]​ La posesión de este tipo de graneros estaba siempre ligada a casas grandes y monasterios, hasta que en el siglo XVI comenzó a hacerse más abundante y a raíz de la introducción de este cereal la necesidad de secar el grano se vio satisfecha por la aparición de la solana como elemento arquitectónico de la casa y posibilitada por la mayor continentalidad del clima de la región.[30]

Se hace mención a hórreos en Vizcaya en diversos documentos a partir del siglo XIV,[6]​ más o menos la época en la que debieron de dejar de construirse.[4]​ Recibe el nombre de garaia, con sus variantes gereixa y garaya, aunque existen también formas dialectales como arnaga.[31]​ Constan de una cámara rectangular de madera sobre cuatro o seis pies de piedra o madera con tornarratos (placas situadas entre los pilares y el hórreo cuyo fin es impedir que pequeños roedores puedan acceder al interior del mismo). Su uso es múltiple, está dividido en tres estancias y no tiene corredor en la fachada, pero sí tiene un pequeño sobrado que vuela en los pinches de los testeros. Tienen cubierta a dos aguas los más grandes y a cuatro los más pequeños. Dejaron de construirse en el siglo XV o XVI.[2]

El cambio que tuvo lugar en el siglo XVI, cuando se pasó de construir las casas de madera a hacerlas de piedra para evitar incendios, posibilitó la habilitación de fayados aptos como graneros. Al mismo tiempo el sistema agrario cambió su especialización cerealista hacia una orientación ganadera intensiva, lo cual produjo una transformación de los campos de maíz en pastos. Además la progresiva deforestación dificultaba la construcción con madera. Estos cambios hicieron que la necesidad de contar con graneros especializados en la conservación del maíz desapareciera.[5]

Son los más orientales de la península ibérica. Los escasos hórreos que se conservan en Navarra son edificios de planta rectangular y muros de mampostería sobre arcos o dinteles en planta baja, cubierta de losa de pizarra o teja cerámica a dos aguas sin sobradillo y, en ocasiones, escalera exterior exenta unida por una pasarela de madera. Reciben el nombre de garaia.

La mayoría de los hórreos navarros están dispersos por el cuadrante nororiental, en el área pirenaica, todos localizados a una altitud de entre 500 y 950 m.[32]​ Estudios recientes relacionan algunos de estos ejemplares con tipologías arquitectónicas prerrománicas asturianas. El garaia que se considera más antiguo de Navarra es el de Iracheta, en el valle de Orba, del siglo XI o XII, restaurado en varias fases en las últimas décadas.[33]

La primera mención del hórreo en una figura legal concerniente a la protección del Patrimonio tiene lugar en el Real Decreto Ley de 9 de agosto de 1926,[34]​ que le otorga al hórreo la consideración de bien inmueble. Hay que tener en cuenta que desde 1863 la jurisprudencia le confería la consideración de bien mueble. Este cambio de estatus, que puede parecer un simple matiz, le abrió la puerta al hórreo para ser considerado Monumento Histórico-Artístico, con la protección legal que esta figura implica.

Posteriormente, la caída de los hórreos en desuso llevó al legislador a emitir un Decreto específico para intentar su protección, ya que era cada vez más frecuente su transformación, destrucción o venta y traslado por piezas, incluso al extranjero.[35]​ De este modo todos los hórreos gallegos y asturianos de más de un siglo quedaban bajo la protección del Estado español, que debería autorizar cualquier obra o modificación.

Ya dentro del Estado de las Autonomías, cada comunidad autónoma hizo distinto uso de su capacidad legisladora para proteger su patrimonio cultural. En lo que se refiere a los hórreos, la situación es la siguiente:




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