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Dios no es bueno



Dios no es bueno (God Is Not Great) es un ensayo publicado en 2007 por el periodista británico Christopher Hitchens, en el que éste realiza una pormenorizada y documentada crítica a la religión.

En el libro, Hitchens sostiene que la religión es «violenta, irracional, intolerante, aliada del racismo y el tribalismo, investida de ignorancia y hostil hacia la libre indagación, despectiva hacia las mujeres y coactiva con los niños».

Los principales argumentos de Hitchens consisten en una combinación de historias personales, anécdotas históricas documentadas y análisis crítico de textos religiosos. Sus comentarios y críticas se centran principalmente en las llamadas religiones abrahámicas, aunque pasa por otras tales como el hinduismo y el budismo, a las que igualmente censura.

Agradece el autor a sus «amigos y aliados tan cuidadosos y cultos» su ayuda en la elaboración de un libro que ha estado escribiendo «durante toda la vida», con especial mención al escritor Ian McEwan.[1]

El autor, que se declara «ateo protestante»,[2]​ expone su credo y motivos, haciendo repaso general de la historia de la religión, en el que menciona la Biblia (el Libro del Génesis), y también a Marx, Freud, Pascal y otros autores que han tocado el tema de la religión. Toda la obra abunda en sonoros adagios y citas; se seleccionan algunos de este capítulo:

Repasa Hitchens aquí las connotaciones religiosas de muchas guerras antiguas y modernas, centrándose en el conflicto político de Irlanda del Norte, el conflicto palestino, las guerras religiosas en la India de 1947 y 1948, el conflicto yugoslavo a lo largo del siglo XX, la guerra de Irak, las distintas yihad, las Cruzadas, la Inquisición, y asuntos como la fatwa contra el escritor Salman Rushdie o el atentado de las Torres Gemelas. Todo ello constituye un «resumen de la crueldad inspirada en la religión»,[4]​ de la que el propio autor fue testigo en muchos lugares del mundo.[5]

Se reflejan distintas prohibiciones y mandatos de abstinencia relacionados con la dieta y la sexualidad, centrándose especialmente en la prohibición de comer carne de cerdo. En la España renacentista, por ejemplo, se obligaba a consumir distintos productos de charcutería a aquellos que se sospechaba podían ser judíos y que por tanto aborrecían el cerdo: «En las manos de los primeros fanáticos cristianos, hasta el apetecible jamón ibérico podía ser llamado a ejercer como una modalidad de tortura».[6]

Se hace repaso de hechos y situaciones aberrantes como la oposición a la vacuna de la viruela en pleno siglo XX por parte de un teólogo estadounidense, ya que la consideraba una «injerencia en los planes de Dios», la prohibición del uso del condón en países y continentes asolados por el SIDA, el «infierno» de la ablación y la circuncisión, la oposición a las transfusiones sanguíneas de los testigos de Jehová, la penosa situación de la mujer en el Islam, etc.[7]

Esta sección se abre con las siguientes citas clásicas: «Soy hombre de un solo libro.» (Tomás de Aquino). «Sacrificamos el intelecto a Dios.» (San Ignacio de Loyola). «La razón es la ramera del Diablo, que no sabe hacer más que calumniar y perjudicar cualquier cosa que Dios diga o haga.» (Martín Lutero) «Contemplando las estrellas, sé muy bien que, por ellas, me puedo ir al infierno.» (W. H. Auden). El sentido del capítulo parece resumirse en este pasaje:

Seguidamente se mencionan los casos de Darwin, Laplace, Ockham y otros científicos e intelectuales que han meditado sobre cuestiones metafísicas en controversia con la religión.[8]

Se refuta el argumento del diseño inteligente (la existencia de un plan divino benefactor que rige el cosmos) mediante pruebas intelectuales y científicas relacionadas con la evolución, como la ineptitud de ciertos diseños naturales y la constatación de que el diseño inteligente se basa en simples «tautologías pueriles» y peticiones de principio.[9]

Se critican las falacias y esquemas negativos que llenan el Antiguo Testamento, como los que se desprenden del Dios vengativo que lo preside: «[...] las despiadadas enseñanzas del dios de Moisés, que jamás menciona en absoluto la solidaridad ni la compasión entre seres humanos» (p. 117). O «Es absurdo desear prohibir la envidia de las posesiones o riquezas de los demás. [...] Si Dios quisiera realmente que las personas quedaran libres de estos pensamientos, debería haberse preocupado de inventar una especie distinta» (p. 118). El autor acaba criticando la figura de Moisés por frases como ésta, de Números: «Matad, pues, a todos los niños varones. Y a toda mujer que haya conocido varón, que haya dormido con varón, matadla también. Pero dejad con vida para vosotros a todas las muchachas que no hayan dormido con varón».[10]

Hitchens empieza el capítulo dudando de la veracidad histórica de los Evangelios y de la figura histórica de Jesús, así como de la virginidad de María. Concluye con un repaso de lo que él llama falacias y absurdos históricos y teológicos presentes en el Nuevo Testamento, como las bienaventuranzas, el perdón de los pecados, los augurios, comparaciones... «Muchas de las palabras y enseñanzas de Jesús son testimonios de testimonios de testimonios, lo cual contribuye a explicar su carácter confuso y contradictorio»(p. 138).[11]

Para Hitchens, «cuando analizamos el islam, no es mucho más que un conjunto de plagios bastante evidente y mal estructurado que se sirve de libros y tradiciones anteriores a medida que la ocasión parece exigírselo» (p. 149). Según el erudito húngaro Ignaz Goldziher, sigue el autor inglés, los hadices no eran «más que versículos de la Torá y de los evangelios, fragmentos de sentencias rabínicas, antiguas máximas persas, pasajes de la filosofía griega, proverbios indios e incluso una reproducción literal, casi palabra por palabra, del Padrenuestro» (p. 153). La recompensa para el «mártir» islámico en el paraíso pasa de tratarse de «vírgenes» a tratarse de meras «uvas pasas blancas», si se traduce correctamente la fuente original del Corán.[12]

Hitchens constata: «Pese al maravilloso impacto que causaban, los milagros han disminuido desde los tiempos de la Antigüedad. [...] ¿Ha desaparecido el arte de la resurrección o es que nos basamos en fuentes dudosas?» (p. 162). Y ante las estatuas de santos que lloran o sangran, «yo seguiría preguntándome por qué una deidad se conformaba con producir un efecto tan mísero». (p. 165). Comenta Hitchens a continuación por extenso el caso de Teresa de Calcuta, en el que él mismo fue invitado a participar como abogado del diablo. Y termina criticando al marxismo que abrazara en su juventud:

Hitchens se refiere aquí a la sentencia de Darwin de que hasta el más evolucionado ser humano portará siempre el sello indeleble de su origen (su procedencia del simio), lo que aplica a la religión, cuya fuente original, según este autor, son la ignorancia y la superstición más burda. Por ejemplo, en cierto culto primitivo de las islas del Pacífico se consideró a los primeros colonizadores europeos antepasados suyos que por fin habían regresado con bienes procedentes del Más Allá (p. 177). En otro lugar, los indígenas construían toscas franjas de tierra para aterrizar y fabricaban antenas de bambú, pensando que así atraerían aviones cargados de riquezas (p. 178). Relata Hitchens también el caso del fundador de la iglesia de los mormones, Joseph Smith, a quien califica de estafador e impostor. «¿Es que ya no es cierto que todas las religiones de todos los tiempos han mostrado un afilado interés por la acumulación de bienes materiales en el mundo real?».[14]

Menciona Hitchens algunas religiones que han muerto, como la millerista, que anunciaba en fecha precisa el segundo advenimiento de Cristo, o las religiones paganas, como la griega, la egipcia y otras.

Por otra parte, la «descomunal y atroz industria» de la esclavitud vivió bendecida por todas las iglesias durante siglos sin levantar protesta alguna.

Se comentan figuras históricas como la de Martín Lutero, que

Sadam Hussein proclamó suras para justificar el genocidio de kurdos. El principal «pecado» de Gandhi, para Hitchens, fue su rechazo de la modernidad cuando su país tanto lo exigía, aunque luchó por abolir el sistema de castas. El capítulo se alarga con una profunda disquisición ética y racionalista en que se critica el argumento de que «la fe religiosa mejora la conducta de las personas».

El autor comenta la posibilidad de que algunos lectores de su libro se queden estupefactos al conocer la existencia de asesinos y sádicos hinduistas y budistas. Aunque simpatiza con el actual dalái lama, recuerda que

Los budistas japoneses de la época de la Segunda Guerra Mundial consideraban que la participación de su país en el Eje nazi/fascista era una «manifestación de teología de la liberación». Por otra parte, «fueron los sacerdotes budistas y sintoístas quienes reclutaban y formaban a los fanáticos bombarderos suicidas o Kamikaze (‘viento divino’)». Sobre el budismo:

Este capítulo representa una especie de pequeño tratado de moral atea. En determinados aspectos, la religión no solo es amoral, sino «positivamente inmoral». Sus «delitos»: «1. Presentar una imagen falsa del mundo para los ingenuos y los crédulos. 2. La doctrina del sacrificio de la sangre. 3. La doctrina de la expiación. 4. La doctrina de la recompensa y/o el castigo eternos. 5. La imposición de tareas y normas imposibles» (p. 227).

Asimismo es inmoral la colectivización de la culpa: La Iglesia católica no afirmó que fueran algunos judíos los que mataron a Cristo, sino que fueron los judíos. Por otra parte, «el principio esencial del totalitarismo consiste en promulgar leyes que sean imposibles de obedecer»(p. 234).

La regla moral de oro

Termina Hitchens: «Nada puede ser sin duda más absurdo que tener un ‘creador’ que luego te prohíbe el instinto que él mismo instiló en ti».[18]

Alude el autor en primer lugar al daño físico y psicológico que puede suponer para el niño la inculcación obligatoria de la fe. «La religión siempre ha confiado en aprovecharse de las mentes no formadas e indefensas de los jóvenes [...] estableciendo alianzas con los poderes seculares del mundo material»(p. 239). «La obsesión por los niños y por el estricto control sobre su educación ha formado parte de todos los sistemas de autoridad absoluta». Se habla también de la circuncisión, la ablación, la escisión de los labios vaginales y el clítoris y la infibulación o sutura de la vagina en distintas culturas y religiones. Sobre el abuso de menores, centrándose principalmente en el monstruoso escándalo de las decenas de miles de casos descubiertos recientemente en el seno de la Iglesia católica (p. 249):

Según el autor, «el totalitarismo laico nos ha sumistrado de hecho el súmmum de la maldad humana. Los ejemplos más habituales (los de los regímenes de Hitler y Stalin) nos muestran con pasmosa claridad lo que puede suceder cuando los seres humanos usurpan el papel de dioses», sin embargo, la Iglesia católica, por ejemplo, simpatizó pronto con el fascismo de Mussolini y Franco. La iglesia ha respaldado a menudo golpes militares de extrema derecha, y ésta apoyó a los nazis contra el socialismo en Francia. La entrega de la Iglesia al nacionalsocialismo alemán es un caso más complejo, pero, por ejemplo, se sabe que el 25% de las SS estaba integrado por católicos practicantes y que ninguno de éstos fue siquiera amenazado con la excomunión por sus crímenes de guerra (p. 262).

Se mencionan en este extenso capítulo textos relacionados de autores como George Orwell, Sigmund Freud, Albert Einstein, y temas concretos como el apartheid, la dictadura de Corea del Norte, los jemeres rojos, los talibanes, etc.[20]

Se enumeran los testimonios de distintos sustentadores históricos de la razón, como Sigmund Freud, que «escribió que la voz de la razón es débil, pero muy persistente», y otros pensadores: Epicuro, Lucrecio, Galileo, Spinoza, Kant, Voltaire, Thomas Paine... Sostiene Hitchens que

Propone el autor asimismo incentivar el estudio de la literatura y la poesía, así como el desarrollo de la investigación científica y, lo más importante,

El libro fue publicado el 1 de mayo de 2007 en la edición inglesa, y en una semana alcanzó el segundo puesto de los libros mejor vendidos de Amazon.com. (detrás de Harry Potter y las reliquias de la Muerte) y alcanzó el primer puesto de los libros mejor vendidos del New York Times en su tercera semana.[23]



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