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Reconquista (España)



Se denomina Reconquista al período de la historia de la península ibérica de aproximadamente 780 años entre la conquista omeya de Hispania en 711 y la caída del Reino nazarí de Granada ante los reinos cristianos en expansión en 1492. La conquista completa de Granada marca el final del periodo.

La historiografía tradicional utiliza el término «Reconquista» a partir del siglo XIX[1]​ para lo que previamente se conocía como «restauración» de los reinos cristianos visigodos, entendida como conquista de nuevos terrenos por unas nuevas monarquías que pretendían restablecer un orden político y religioso preexistente.[2][3]

El comienzo de la Reconquista se marca con la batalla de Covadonga (718 o 722), la primera victoria conocida de las fuerzas militares cristianas en la península ibérica desde la intervención militar de las fuerzas combinadas árabe-bereber de 711. En esa pequeña batalla, un grupo liderado por el noble Pelayo derrotó a una patrulla musulmana en las montañas de la cordillera cantábrica y estableció el reino cristiano independiente de Asturias. La Reconquista terminó con la conquista del emirato de Granada, el último estado musulmán en la península, en 1492, la conquista y caída fue precedida por las Capitulaciones de Granada o Tratado de Granada (1491).

Después de 1492 toda la península fue controlada por gobernantes cristianos. La Reconquista fue seguida por el Edicto de Granada (1492) que expulsó a los judíos de Castilla y Aragón que no se convirtieron al cristianismo, y una serie de edictos (1499-1526) que forzaron las conversiones de los musulmanes en España, y en 1609-1610, su destierro. Desde mediados del siglo XIX, la idea de una «reconquista» se arraigó en España asociada a su creciente nacionalismo y colonialismo.[4]

El término «Reconquista» ha sido muy discutido por algunos académicos e incluso su uso ha sido cuestionado por supuestamente no responder a la realidad histórica medieval peninsular.[5][6]

La «Reconquista» constituyó para los distintos reinos y señoríos surgidos en el aislamiento del norte montañoso de la Península un proceso restaurador y liberador, no solo del territorio, sino de la numerosa población cristiana hispano-visigoda (mozárabes),[7]​ que permaneció durante siglos en el territorio ocupado. Resultaban ser los verdaderos herederos del reino visigodo, y su apelación constante al auxilio de los reinos cristianos, suponía para las autoridades musulmanas un problema que surgía periódicamente y que era resuelto con persecuciones y deportaciones de distinto grado.[8]

Según esta misma visión tradicional la temprana reacción en la cornisa cantábrica en contra del islam (Don Pelayo rechazó a los sarracenos en Covadonga apenas siete años después de que atravesaran el estrecho de Gibraltar), y el rechazo del territorio actualmente francés después de la batalla de Poitiers del año 732, sustentan la idea de que la Reconquista sigue casi inmediatamente a la conquista árabe. Incluso, «gran parte de dicha cornisa cantábrica jamás llegó a ser conquistada»,[9]​ lo cual viene a justificar la idea de que la conquista árabe y la reconquista cristiana, de muy diferente duración (muy corta la primera y sumamente larga la segunda), se superponen. Teniendo en cuenta esta posible superposición, podría considerarse como una sola etapa histórica, sobre todo si tenemos en cuenta que la batalla de Guadalete, la primera batalla por defender el reino visigodo en el año 711, marca el inicio de la conquista musulmana.

Sin embargo, algunos académicos, como los historiadores Abilio Barbero y Marcelo Vigil,[10]​ han manifestado que el término de «Reconquista» podría ser inexacto, pues los reinos cristianos que «re-conquistaron» el territorio peninsular se constituyeron con posterioridad a la invasión islámica, a pesar de los intentos de estas monarquías por presentarse como herederas directas del antiguo reino visigodo. Se trataría más bien de un afán de legitimación política de estos reinos, que de hecho se consideraban reales herederos y descendientes de los visigodos, así como de un intento por parte de los reinos cristianos de justificar sus conquistas, por otro lado esta versión choca con el hecho indiscutible de la finalidad religiosa de la reconquista por restablecer el catolicismo en toda la península.[11]

Por otro lado, el término parece confuso, considerando que tras el derrumbe del Califato a comienzos del siglo XI, los reinos cristianos optaron por una política de dominio tributario –parias– sobre las taifas en lugar de una clara expansión hacia el sur, y las pugnas entre las diferentes coronas –y sus luchas dinásticas–, que solo alcanzaron acuerdos de colaboración contra los musulmanes en momentos puntuales.

Durante el Siglo de Oro algunos poetas definieron y denominaron a los españoles como «godos» (como dijo Lope de Vega: «eah, sangre de los godos»),[12]​ y durante las guerras de independencia en América, eran también así llamados por los independentistas americanos (de ahí procede el uso despectivo que se emplea en Canarias para referirse al español peninsular). Es por ello, que los críticos del término lo consideran un concepto parcial, pues solo transmite la visión cristiana y europea de este complejo proceso histórico, soslayando el punto de vista de los musulmanes andalusíes; también puede decirse que en el lado cristiano existía conciencia de «reconquista».[13]

En su España invertebrada (1922), José Ortega y Gasset, desde la filosofía afirmaba que «Un soplo de aire africano los barre [a los visigodos] de la Península (...) Se me dirá que, a pesar de esto, supimos dar cima a nuestros gloriosos ocho siglos de Reconquista. Y a ello respondo ingenuamente que yo no entiendo cómo se puede llamar reconquista a una cosa que dura ocho siglos».[14][15]Eloy Benito Ruano, medievalista español, contradijo a Ortega afirmando que la larga duración, ochocientos años, no es un argumento de peso para invalidar la Reconquista como fenómeno: «Argumento que, a nuestro juicio, puede rebatirse con la invocación de tantos procesos y fenómenos históricos como pueden ser, en sus diversas proporciones, el cristianismo, el feudalismo, la institución monárquica... Sujetos todos hoy incluibles en la moderna concepción braudeliana (de Braudel) de la longue durée.[16]​»

En 1965 los historiadores Marcelo Vigil y Abilio Barbero de Aguilera propusieron que los pueblos del norte peninsular presentaban en la Alta Edad Media un bajo nivel de romanización y cristianización. Según estos autores, estos pueblos, que habían resistido tanto a romanos como visigodos, rechazarían del mismo modo la invasión árabe. Teniendo esto en cuenta, estos autores afirmaron que: «el fenómeno histórico llamado reconquista no obedeció en sus orígenes a motivos puramente políticos y religiosos (...). Debió su dinamismo a ser la continuación de un movimiento de expansión de pueblos que iban alcanzando formas de desarrollo económico y social superiores».[17]​ Aunque tuvo cierta acogida entre algunos historiadores españoles del momento como José Luis Martín Rodríguez,[18]​ otros como Claudio Sánchez-Albornoz rechazaron esta propuesta desde el mismo momento de su publicación.[19]​ En 1992, José Miguel Novo Güisán publicó un trabajo donde afirmaba que sí había un alto grado de romanización en los pueblos del norte peninsular ya en el Bajo Imperio Romano, contradiciendo la propuesta de Marcelo Vigil y Abilio Barbero.[20]

Escritores como Ignacio Olagüe Videla, en La revolución islámica en Occidente (1974), consideran que la invasión militar árabe es un mito y sostienen que la creación de Al-Ándalus fue el resultado de la conversión de gran parte de la población hispana al islam.[21]​ Estas tesis han sido estudiadas por el conocido arabista González Ferrín en su obra Historia general de Al-Andalus, en la que sobre la Reconquista dice «que en verdad nunca existió». También plantea que al-Ándalus «constituye un eslabón insustituible de la historia europea». Olagüe afirma en La revolución islámica en Occidente: «Creen los historiadores que ha sido invadida España por unos nómadas llegados desde el Hedjaz, sin habérseles ocurrido medir en un mapa el camino que era menester andar, ni tampoco estudiar en obras de geografía los obstáculos que era necesario vencer en tan larguísimo viaje».[21]​ Las hipótesis de Olagüe no cuentan con ningún apoyo significativo en la historiografía actual.[22]​ La obra de Olagüe ha sido calificada de «historia ficción» y rechazada en círculos académicos.[23]​ La arqueología y los textos antiguos desmienten esta teoría, ya que son abundantes las fuentes clásicas y los restos arqueológicos que prueban que la conquista islámica fue violenta, con numerosas batallas y asedios, con poblaciones enteras exterminadas por los ejércitos islámicos, como en Zaragoza o Tarragona durante la Conquista del norte. Además, tanto en fuentes cristianas como musulmanas, aparecen numerosas citas acerca de los elevados impuestos especiales que debían pagar solo los no musulmanes, como la gizya, harag, así como leyes que tratan con inferioridad a los no musulmanes.

Los medievalistas franceses Charles-Emmanuel Dufourcq y Jean Gautier-Dalché, en su obra La España cristiana en la Edad Media (1983) califican al proceso de conflictos entre cristianos y musulmanes como reconquista[24]​:

Derek William Lomax, escritor e hispanista británico especializado en la literatura medieval española, escribió en su libro La Reconquista (1984):[25]

El catedrático arabista Serafín Fanjul, en sus libros Al-Andalus contra España (2000) y La quimera de Al-Andalus (2004), desmonta los mitos de una invasión poco violenta, la idealización de la convivencia de culturas o religiones en Al-Ándalus y usa el término reconquista, entendiéndolo como la recuperación por parte de las comunidades cristianas del territorio invadido por los musulmanes. En Al-Andalus contra España, Fanjul afirma: «Pero será en el reinado de Alfonso III (866-911) y al socaire de la incipiente reconquista, cuando la Crónica profética anuncie ya la vuelta del reino de los godos y la recuperación de todo el suelo de España bajo la égida del mismo rey».[26]

Eloy Benito Ruano, historiador medievalista español, escribió en el año 2002: «Exaltada en general su valoración a lo largo de los siglos, tanto por su propia cronística como por la simple intuición de la masa española, esta versión ha venido siendo objeto de un generalizado en ingenuo (sincero) "patriotismo", por lo general perfectamente lícito». Sobre las reacción en contra de la visión tradicional de la Reconquista, opina que no son argumentos válidos la larga duración del proceso, ya que otros fenómenos de la historia han sido igual de largos, ni la supuesta ausencia de una ideolgía reivindicadora en la élite, ya que estuvo presente por escrito a partir de la Crónica albeldense (año 833), ni la falta de continuidad en el proceso, ya que el espíritu de confrontación, según su opinión, siempre estuvo presente. Eloy cita a la historiadora francobelga Adeline Rucquoi «La Reconquista es una realidad y tiene su historia».[16]

Julio Valdeón Baruque, medievalista y catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Valladolid, define la Reconquista en su obra El concepto de España (2006) como «recuperación»:

El historiador Domínguez Ortiz, en su trabajo España. Tres milenios de historia (2000), explica lo dilatado del proceso con una falta de solidaridad del mundo cristiano en la causa peninsular frente a los musulmanes: «La Conquista y posterior Reconquista (...) cuatro años de Conquista, seis siglos de Reconquista. (...) una disimetría tan llamativa ha de buscarse no sólo en la diversa actitud de las poblaciones concernidas, sino en una mayor solidaridad de los musulmanes a uno y otro lado del Estrecho frente a la ayuda muy escasa (...) que a la España cristiana llegó a través de los pasos pirenaicos».[27]

Los medievalistas García de Cortázar y Sesma Muñoz, en su trabajo Manual de Historia Medieval (2014), señalan: «Entendido como un proceso de colonización, la Reconquista fue resultado de una combinación de estímulos demográficos, económicos, ideológicos, políticos y militares, y se desarrolló entre comienzos del siglo XI y finales del XIII».[28]

El medievalista español Ladero Quesada opina sobre el término reconquista que, aunque la palabra comenzó a usarse a comienzos del siglo XIX, ya existía una ideología afín a este concepto empleada por las monarquías de los reinos medievales cristianos en su avance peninsular[29]​:

Y en su obra Lecturas sobre la España histórica (1998), Ladero sentencia:[30]


Manuel González, historiador español, señaló en 2005: «La Reconquista en manos de unos y de otros se había convertido en un tópico retóricamente exaltado y objeto de culto o en uno de esos conceptos que había que extirpar y combatir. Creo que ambas posturas son igualmente erróneas, porque ambas adolecen del mismo defecto: el de reducir la enorme complejidad del hecho histórico de la Reconquista a una sola de sus múltiples facetas». Y sentencia: «La idea de reconquista, a despecho de modernas teorías y hasta el descrédito que en determinados círculos académicos e intelectuales haya podido tener o tenga, sigue en pie».[31]

Federico Ríos Saloma, doctor en Sociedad y cultura medieval, afirma en un artículo publicado en 2008 que el concepto de reconquista apareció por primera vez en 1646 en la obra Histórica relación del Reyno de Chile y de las misiones y ministerios que exercita la Compañía de Jesús. Aunque reconoce que en la Crónica profética del año 883 ya se plantea un deseo de expulsión de los musulmanes de la península ibérica, opina que el proyecto de Alfonso III tenía más un carácter más restaurador que de recuperación. Federico señala tres corrientes actuales en el debate en torno a lo que fue la reconquista: La primera corriente está representada por Derek Lomax y Manuel González. Consideran que la conquista militar del territorio andalusí debía interpretarse como una reconquista, ya que desde el reinado de Alfonso III "la reconquista era algo más que un proyecto nebuloso" y, además, un hecho histórico con una dimensión espiritual, material y económica. La segunda corriente es defendida por Thomas Deswarte: deduce que la conquista militar fue una fase previa a la restauración política y eclesiástica promovida por los monarcas astur-leoneses, aferrados a una concepción singular del mundo por la herencia política visigoda y con elementos del pensamiento tardo-romano y agustiniano. La tercera corriente, concebida desde un enfoque materialista (marxista), se halla representada por Abilio Barbero, Marcelo Vigil, José María Mínguez y Joseph Torró, y entiende la conquista militar de al-Ándalus como una fase más del proceso general de expansión del Occidente cristiano ocurrido a lo largo de los siglos del alto y pleno medievales[32]

En 2010 Eduardo Manzano Moreno destacó que las crónicas de la época de Alfonso III de Asturias se escribieron en un momento —la segunda mitad del siglo IX y principios del siglo X— en el que Al-Ándalus estaba atravesando una profunda crisis, lo que les hizo pensar a los cronistas que el fin de la presencia musulmana en la península ibérica estaba cerca. «Cuando esas circunstancias se frustraron, el programa se reajustó de acuerdo con las nuevas condiciones que la historia de los siglos posteriores fue aportando, aunque es evidente que la idea de "pérdida" y de "recuperación" de lo perdido siguió estando presente a lo largo de los siglos». Pero esas menciones posteriores «atenuaron muy considerablemente el componente religioso. Así, en pleno siglo XIV don Juan Manuel decía que hay guerra entre los cristianos y los moros y la habrá hasta que hayan tomado los cristianos las tierras que los moros tienen capturadas, pero negaba que el conflicto tuviera un trasfondo religioso ya que ni por la ley, ni por la secta que tienen [los moros] habría guerra entre ambos».[33]

Años más tarde, el mismo Eduardo Manzano Moreno defendió que el término «reconquista» presupone equivocadamente la continuidad entre los reinos y condados cristianos del norte y la Monarquía visigoda anterior a la conquista musulmana de la península ibérica, con lo que Al-Ándalus habría sido simplemente un paréntesis histórico en la evolución peninsular. Este historiador también cuestiona el uso del término «repoblación» pues añade la noción de que Al-Ándalus «fue convenientemente borrado de manera súbita y radical después de la ocupación cristiana». Así, Manzano Moreno propone abandonar el binomio «reconquista»/«repoblación» para referirse a la expansión cristiana, lo que «no implica ―matiza― que la ocupación de enclaves y territorios no alterara sustancialmente situaciones previas, ni que hubiera importantes abandonos de ciertos enclaves, ni que, en fin, se impusieran formas de encuadramiento nuevas que acabaron configurando los caracteres presentes en las sociedades bajomedievales. Hubo, pues, ciertas continuidades, pero también cambios dramáticos, y estos últimos no hicieron más que incrementarse con el paso del tiempo hasta llegar a hacer irreconocible la antigua sociedad andalusí».[34]

En 2018 la revista Al-Ándalus y la historia organizó un debate sobre el uso término «Reconquista» en el que participaron Alejandro García Sanjuan, de la Universidad de Huelva, y Carlos de Ayala Martínez, de la Universidad Complutense de Madrid. El primero rechazó el uso del término debido a su carga ideológica «nacional-católica» que imposibilita su aplicación a la realidad medieval peninsular.[6]​ El segundo, tras reconocer las limitaciones que plantea el uso del término, defendió su validez entendido, no como un hecho histórico, sino como la ideología que crearon los reinos cristianos del norte para legitimar sus conquistas sobre el territorio andalusí.[5]

Por otro lado, para los cristianos peninsulares la reconquista no terminó con la conquista de Granada, sino que continuó en el norte de África septentrional. Con el objeto de "restituir" el territorio de la Mauritania hispana[35]​ que era parte de Hispania desde la división de Diocleciano. Las conquistas de los Reyes Católicos en el norte de África (Melilla, Cazaza, Mazalquivir, Orán), y anteriormente las de los reyes portugueses, (Ceuta, Tánger) estaban también basadas en el mismo principio de restauración.[36]​ Sin embargo, la historiografía romántica española del siglo XIX omitió la continuidad que tenía para los cristianos peninsulares el norte de África restringiendo el concepto de Hispania a "la península" y como consecuencia que la reconquista terminó cuando se tomó la ciudad de Granada.

El hispanista británico Henry Kamen niega el término Reconquista alegando que «ninguna campaña militar dura ocho siglos» y que el término no aparece hasta 1796 cuando lo empiean a usar los conservadores «para subrayar la supuesta gloria de España, usando un concepto equivocado para servir a una ideología».[37]

En 711 se produjo en la península ibérica la primera incursión musulmana, compuesta por 7000 bereberes enviados por el gobernador Musa ibn Nusair y comandados por Tárik. Zarparon desde el norte de África y entraron en la península ibérica por Gibraltar (que precisamente debe su nombre actual a Tárik, «Jebel al-Tarik»). Roderic o Roderico (Don Rodrigo), uno de los últimos reyes visigodos, intentó rechazar esta incursión, siendo derrotado[38]​ y perdiendo la vida en la batalla de Guadalete (o laguna de la Janda). Ese mismo año Tarik entró en Toledo, la capital de los visigodos.[39]​ Tárik fue llamado a informar al califato, viajando a la capital Damasco, y nunca más volvió.[cita requerida] Su lugar lo ocupó el gobernador Abd al-Aziz, más conocido por la historiografía como «Musa». En el año 712 Musa cruzó el estrecho con más de 18 000 guerreros musulmanes, tanto árabes como bereberes, y conquistó Sevilla, Mérida y Zaragoza, realizando además incursiones en Galicia, León y Asturias.[39]​ Con Musa da comienzo lo que se conoce como Emirato dependiente.[40]​ Los invasores se sirvieron del sistema de calzadas romano para avanzar entre el año 711 y el 714 por el territorio,[41]​ dejando guarniciones en puntos clave.[42]

A partir de este momento los musulmanes empezaron una política de tratados con los nobles visigodos, como el de Teodomiro en Murcia, que unido a una política relativamente tolerante con judíos y cristianos,[42]​ les permitió controlar la mayor parte de la península en pocos años.[41]​ El pacto entre Teodomiro y Abdelaziz, firmado el 5 de abril de 713, donde se mantenía en el poder a las viejas autoridades hispanogodas a cambio de algunas concesiones, lealtad a Damasco y el pago de tributos:

Poco tiempo después del inicio de la invasión apareció en el seno de los vencedores diversas disputas entre árabes y bereberes, y dentro de los árabes, entre qaysíes y yemeníes.[42]​ En 716 Abd al-Aziz fue asesinado en Sevilla y se inició una crisis tal que en los siguientes cuarenta años (hasta el año 756, con la llegada de Abderramán I), se sucedieron veinte gobernadores, período conocido como Emirato dependiente.[40]​ Con el fin de acabar una revuelta bereber, quienes se sentían marginados por la mayoría árabe, desde Siria se mandaron tropas árabes con el propósito de sofocarla.

En el año 716, con el centro de poder ya establecido en Córdoba,[42]​ los árabes comenzaron a dirigir sus fuerzas hacia los Pirineos para tratar de entrar en el territorio de la antigua Galia romana. Entre los años 711 y 725 los musulmanes ocupan la Península salvo pequeños núcleos cristianos en Asturias y los Pirineos. En el año 720 llegaron incluso a tomar la ciudad de Narbona. Sin embargo su avance por el reino franco se vería frenado por la derrota en Poitiers en el año 732.[42]​ Entre los años 751 y 756, una serie de malas cosechas fuerzan el repliegue de las tropas musulmanas hacia el sur del Duero, permitiendo la reorganización y recuperación de los cristianos del norte.[44]

Crónica mozárabe del año 754 donde se narra la experiencia del momento de la conquista musulmana de la península ibérica desde el punto de vista cristiano:

La veloz y contundente invasión islámica, además de los factores que propiciaron la expansión mundial del islam, se explica por las debilidades que afectaban al reino visigodo:

Tras la invasión, la resistencia cristiana cristaliza en dos focos de los cuales Asturias fue el más precoz.[45]

Tras la invasión islámica, una minoría cristiana escapó al norte de la península ibérica.[24]​ Del núcleo asturiano surgió una monarquía cuyo poder les permitiría avanzar en los años siguientes hasta la línea del Duero,[46]​ entre Oporto y Simancas.[47]​ En el año 718 se sublevó un noble llamado Pelayo (718-37). Fracasó, fue hecho prisionero y enviado a Córdoba (los escritos usan la palabra «Córdoba», pero esto no implica que fuera la capital, ya que los árabes llamaban Córdoba a todo el califato).[cita requerida] Sin embargo, consiguió escapar y organizó una segunda revuelta en los montes de Asturias, que empezó con la batalla de Covadonga en 722.[47]​ Esta batalla se considera el comienzo de la Reconquista. La interpretación es discutida: mientras que en las crónicas cristianas aparece como «una gran victoria frente a los infieles, gracias a la ayuda de Dios»,[cita requerida] los cronistas árabes[cita requerida] la describen como un enfrentamiento con un reducido grupo de cristianos, a los que tras vencer se desiste de perseguir al considerarlos inofensivos. Probablemente fuera una victoria cristiana sobre un pequeño contingente de exploración[cita requerida]. La realidad es que esta victoria de Covadonga, por pequeñas que fueran las fuerzas contendientes, tuvo una importancia tal que creó en torno a Don Pelayo, un foco de independencia del poder musulmán que le permitió mantenerse independiente en Oviedo e ir incorporando nuevas tierras a sus dominios. Con Alfonso I de Asturias (739-757) el reino se benefició de las dificultades de al-Andalus[44]​ y de la inmigración de cristianos venidos del valle del Duero, que quedó prácticamente despoblado. Este aporte humano permitió a los reyes de Asturias ampliar sus dominios.[46]

En cualquier caso, los árabes desistieron de controlar la zona más septentrional de la península,[48][24]​ dado que en su opinión, dominar una región montañosa de limitados recursos e inviernos extremos no valía la pena. Además, la fuerte resistencia de los francos en Aquitania y Septimania les impidió destinar fuerzas a la cornisa cantábrica.[24]​ Los cristianos de la zona no representaban un peligro, y controlar el extremo más alejado supondría más costes que beneficios.[cita requerida] Las poblaciones astures y cántabras emprendieron una campaña de resistencia y depredación contra las tierras del Duero.[47]​ El yerno de Pelayo, Alfonso I de Asturias, aprovechó la crisis interna del emirato de Córdoba para extender el control desde Galicia a Álava.[47]​ La sorprendente expansión y consolidación del minúsculo reino con el largo reinado[49]​ de Alfonso II (791-842), quien ya pudo vencer en batalla campal a los musulmanes, recuperó conscientemente la herencia visigoda (officium palatinum), favoreció la creación de monasterios[49]​ y estableció la capital en Oviedo.[47]​ Esta situación preocupó a las autoridades califales, por lo que se llevaron a cabo sucesivas incursiones (en tiempos de Alfonso II, se hizo una cada año en territorio asturiano), pero el reino sobrevivió y se siguió expandiendo, con sonoras victorias como la batalla de Lutos, Polvoraria y la toma de Lisboa en 798. La aparición del presunto sepulcro del apóstol Santiago en Compostela sirvió para fortalecer la identidad e ideología del reino.[49]

El reino de Asturias era inicialmente de carácter astur, pero fue sometido en sus últimas décadas a una sucesiva gotificación debida a la influencia de los inmigrantes de cultura hispanogoda que huían desde el sur.[47]​ Asimismo, fue un referente para parte del espacio cultural europeo con la batalla contra el adopcionismo, al romper con el obispado de Toledo.[47]​ El reino estuvo por épocas muy vinculado al reino de los francos, sobre todo a raíz del «descubrimiento» del supuesto sepulcro del apóstol Santiago. Esta idea «propagandista» consiguió vincular a la Europa cristiana con el pequeño reino del norte, frente al sur islamizado. La emigración de clérigos mozárabes a Asturias permitió crear la doctrina que consideraba al rey como heredero de los visigodos, con derechos a avanzar hacia el sur sobre los territorios de Al-Andalus. Esta doctrina proporcionó a la nueva monarquía elementos propios de las tradiciones godas.[46]

Se originó a partir de la resistencia carolingia (el caudillo franco Carlos Martel había rechazado la invasión musulmana de Aquitania en la batalla de Poitiers en 732). Posteriormente su sucesor, Carlomagno, trató de hacer retroceder a los musulmanes mediante una expedición en el valle del Ebro, consiguiendo conquistar Barcelona y Gerona. Con todo, la expedición fue un desastre tras la derrota ante los vascones en la batalla de Roncesvalles, tal y como narra la Chanson de Roland. Tras este fracaso creó la Marca Hispánica como barrera defensiva[50]​ (frontera militar del sur), que con el tiempo dio origen a otros focos cristianos en la península: el reino de Pamplona, los actualmente llamados condados catalanes, y los de Aragón, Sobrarbe y Ribagorza.

El territorio situado entre el oriente de Navarra y el mar se dividió en condados sometidos a los francos. Los condados catalanes fueron divisiones de la zona occidental de la Marca Hispánica y los condados de Aragón, Sobrarbe y Ribagorza ocupaban la zona intermedia. Fue una zona de contención militar que tomaron los francos para frenar las incursiones sarracenas. Si bien la intención inicial de estos era llevar las fronteras hasta el Ebro, la Marca quedó delimitada por los Pirineos en el norte y por el río Llobregat en el Sur. Los francos favorecieron la llegada de mozárabes, entre los que surgió con el tiempo un sentimiento contrario al dominio franco. Posteriormente se independizó del dominio franco gracias a la actuación de los condes Aznar Galíndez, conde de Aragón desde 809 hasta 820 y Wifredo el Velloso, que en el año 874 reunió y gobernó de forma autónoma los condados catalanes para legarlo luego a sus descendientes[50]Borrell II (947-92) y Ramón Borrell (992-1018).[44]

En la zona de los condados catalanes, el Condado de Barcelona se convirtió muy pronto en el dominante de la zona. Tras la unión dinástica entre el Reino de Aragón y el conjunto de condados vinculados al de Barcelona, tendría origen la Corona de Aragón, que extendería sus dominios hacia el sur y el Mediterráneo.

El avance de los reinos cristianos en la península ibérica fue un proceso lento, discontinuo y complejo, en el que se alternaron períodos de expansión con otros de estabilización de fronteras y en el que muchas veces los diferentes reinos o núcleos cristianos siguieron también ritmos de expansión distintos, a la vez que se remodelaban internamente, con uniones, divisiones y reagrupaciones territoriales de signo dinástico.También cambiaba internamente la forma y fuerza del poder musulmán peninsular al que se enfrentaban, experimentando diversas fases de poder centralizado y períodos de disgregación.

La expansión conquistadora estuvo salpicada de continuos conflictos y cambiantes pactos entre reinos cristianos, negociaciones y acuerdos con poderes regionales musulmanes y, puntualmente, alianzas cristianas más amplias, como la que se dio en la batalla de Simancas (939), que aseguró el control cristiano del valle del Duero y del Tormes; o la más sonada (por su excepcionalidad) y de más amplios vuelos en la batalla de las Navas de Tolosa en 1212, que supuso el principio del fin de la presencia almohade en la península ibérica. El estudio de tan dilatado y complejo proceso pasa por el establecimiento de diferentes fases en las que los historiadores han establecido perfiles diferenciados en los ritmos y características de conquista, ocupación y repoblación.

Derrotado el reino visigodo de Toledo entre el año 711 y el 714,[48]​ al margen de la invasión solo queda una estrecha franja montañosa en el norte peninsular. El principal esfuerzo de estos primeros núcleos de resistencia hasta el siglo X irá dirigido a consolidar nuevas estructuras político-institucionales sobre una realidades socio-económica en transformación (el asentamiento masivo de población huida del avance musulmán), configurando las bases del feudalismo en la península ibérica. Al oeste se afianzó el reino asturiano, extendiéndose entre Galicia, el Duero y el Nervión. Al este la Marca defensiva carolingia germinará en diferentes núcleos cristianos pirenaicos. Su precaria situación quedará demostrada durante el reinado de Abd al-Rahman III (912-961), cuando reconocieron la soberanía del Califato y se convirtieron en estados tributarios.

Durante el siglo IX y a comienzos del X, los territorios cristianos asistieron a un incremento de la población y al desarrollo de la colonización y explotación de tierras. Los avances de las conquistas fueron lentos al principio, durante los últimos años del reinado de Alfonso II (Brañosera, 824), para acelerarse con posterioridad desde mediados del siglo IX, durante los reinados de Ordoño I y Alfonso III (Braga, Tuy, Astorga, León, Amaya, Briviesca, Miranda, Oporto (868), Simancas (889) y Zamora (893).[51]​ En la zona castellana serían incorporadas a territorio cristiano: Clunia, Roa, San Esteban de Gormaz (912) y Osma.[51]​ En el año 914 durante el reinado de Sancho Garcés I se añadiría la zona alta de La Rioja.[51]

El avance sobre el valle del Duero a lo largo del siglo IX parece confirmar la visión goticista iniciada con Alfonso III el Magno (866-910).[cita requerida] En el año 856 se produce la toma de León, siendo la nueva sede de los monarcas para administrar mejor los nuevos territorios.[52]​ Con Alfonso III la frontera quedó fijada en el Duero gracias a la política de colonización llevada adelante con habitantes de las montañas y huidos cristianos de la zona islámica.[46]​ Las tierras de repoblación pasan a ser propiedad de los labriegos en lo que se conoce como presuras. Estos campesinos llevaban una vida rudimentaria, basada fundamentalmente en la ganadería y agricultura, constituyendo pequeños núcleos.[44]

El Reino de Asturias tuvo varias escisiones. La primera, a la muerte del rey Alfonso III el Magno, que repartió sus dominios entre tres de sus cinco hijos: García, Ordoño y Fruela. Estos dominios incluían, además de Asturias, los condados de León, Castilla y Galicia y las marcas de Álava y Portugal (esta última, por aqueil entonces, era solo la frontera sur de Galicia). García se quedó León, Álava y Castilla, fundando el Reino de León. Ordoño se quedó Galicia y Portugal, y Fruela se quedó Asturias.

En la primera mitad del siglo X se llegó a superar la línea del Duero, avanzando hasta Salamanca y Coímbra. En la zona oriental del Duero se produjeron choques más duros contra los musulmanes, entre los que destacamos la derrota de las fuerzas conjuntas de Ordoño II de León y Sancho Garcés I de Pamplona en la Valdejunquera (920) contra el emir Abderramán III y la victoria de Ramiro II (931-951) en Simancas (939).[52]​ Ramiro II repobló Sepúlveda y la cuenca del Tormes. A Ordoño III de León (951-956) sucede Sancho I (956-958) por presiones de la facción navarra, cuya influencia culmina con Ramiro III.

El avance cristiano al sur del Duero no terminó consolidándose a causa de la reunificación de al-Andalus por Abderramán III, que en el año 929 se autoproclamó califa, iniciando el Califato de Córdoba. Será bajo su gobierno que la zona islámica peninsular alcanzará su cenit político, económico y cultural.[39]​ El territorio cristiano sufrió ataques con las aceifas de Almanzor,[44]​ canciller del Califato de Córdoba y hayib o chambelán del califa Hisham II (976-1009). Se perdieron todas las plazas situadas al sur del Duero y la mayoría de las ciudades importantes del norte peninsular, como Santiago, León y Barcelona, sufrieron asaltos y daños importantes.[53]

Castilla (territorium Castellae) fue mencionada por primera vez en un documento en el año 800.[54]​ Era la zona más oriental de León y expuesta a las incursiones islámicas del valle del Ebro[46]​ y se correspondía al valle alto del río Trueba, al norte de la provincia de Burgos y al pie de la Cordillera Cantábrica.[54]​ Se trataba de un condado poblado fundamentalmente por vascones cristianizados que había ido adquiriendo autonomía a medida que declinaba el poder de los reyes de León. [46]​ Se fue consolidando un estilo de vida propio de la zona de frontera: una sociedad fuertemente jerarquizada en lo militar (con unos condes muy autónomos con respecto al poder de los reyes de León), habituada a la guerra y al botín por un lado y a las relaciones mercantiles con al-Andalus por otro.[55]​ El condado de Castilla se hizo hereditario por primera vez con Fernán González (930-970). La expansión castellana, tanto guerrera como pacífica, tuvo como resultado lejano la construcción de un amplio conjunto de territorios desde el Atlántico al Mediterráneo.[54]​ En su avance hacia territorios despoblados del sur durante los siglos IX y X se definirán dos zonas: «Castilla Vieja», que correspondería a los territorios al norte del Duero, y lo que quedaría al sur hasta la Cordillera Central o Extrema Dorii, que durante mucho tiempo conservará un derecho propio y unas instituciones urbanas particulares.[56]

El Reino de Pamplona, posteriormente llamado Reino de Navarra, tuvo como origen la propia familia gobernante, que había pactado la expulsión de las tropas francas de Pamplona con los muladíes de Tudela, la familia Banu Qasi.[50]​ Su primer rey fue Íñigo Arista (820-851). Tras él, el nuevo reino logró mantener la autonomía con García Íñiguez (851-70) y Fortún Garcés (870-905).[44]​ A principios del siglo X, la familia Jimena sustituye a la Arista y el primer rey es Sancho Garcés I (905-26), que tiene un gran éxito militar.[cita requerida]

Referencia a Sancho Garcés I en la Crónica albeldense (881):

Le seguirán García Sánchez I (926-70), Sancho Garcés II (970-94) y García Sánchez II (994-1000). La economía del reino estaba basada fundamentalmente en la agricultura y el pastoreo, con algunos contactos comerciales con los musulmanes.[44]​ Pamplona llegó a controlar lo que actualmente es Navarra (su origen), La Rioja (llamado entonces «Reino de Nájera») y lo que en la actualidad es el País Vasco,[50]​ y a unir dinásticamente los condados de Castilla, dependiente de León pero muy autónomo, y Aragón (tras haberse constituido como dinastía hereditaria con el conde Aznar Galíndez), Sobrarbe y Ribagorza en los Pirineos en tiempos de Sancho el Mayor (1004-1035). A su muerte legó su reino patrimonial (el Reino de Pamplona) a García Sánchez III de Pamplona (1035-54), a quien de jure, deberían estar subordinados los tenentes de las otras zonas de su reino: Fernando, que recibió el condado de Castilla, Ramiro, que recibió el condado de Aragón y Gonzalo, el menor de los hermanos, que heredó Sobrarbe y Ribagorza. Tras anexionarse Sobrarbe y Ribagorza en 1045, Aragón se independiza.[58]

La disgregación del Califato en una treintena de taifas, coincidirá con la reorganización y consolidación política de los reinos hispano-cristianos[59]​ y facilitará un lento avance cristiano por la Meseta norte y el valle del Ebro. Ello será financiado con las imposiciones tributarias (parias) a que sometieron a los reinos musulmanes Fernando I de Castilla y León (1035-1065), Sancho Garcés IV de Pamplona (1054-1076), Sancho Ramírez de Aragón (1064-1094) y Ramón Berenguer I de Barcelona (1035-1076),[60]​ convirtiéndolos virtualmente en protectorados. Es un período de europeización,[59]​ con la apertura a las corrientes culturales continentales (Cluny, Císter) y la aceptación de la supremacía religiosa de Roma. La guerra con al-Andalus se plantea ya como una guerra de reconquista, provocando que la frontera adquiera un carácter de provisionalidad permanente.[59]​ El avance castellano-leonés (Toledo, 1085) provocó sucesivas invasiones norteafricanas –almorávides y almohades– que evitaron el colapso de la España musulmana. La repoblación entre el Duero y el Tajo se produce con colonos libres formando concejos con amplia autonomía (fueros), mientras que en el Ebro, los señoríos cristianos explotarán a la población agrícola musulmana.

El Reino de Aragón tiene su origen en un condado perteneciente a la Marca Hispánica. Se uniría al de Pamplona gracias al enlace dinástico de Andregoto Galíndez con García Sánchez I en el año 943.[44]​ Tras la muerte de Sancho III de Navarra en 1035, legó a su hijo Ramiro (1035-63) el dominio del condado de Aragón.[58]​ Tras anexionarse los condados de Sobrarbe y Ribagorza, Ramiro I establecería un reino de facto que comprendía los tres antiguos condados y ocupaba los Pirineos centrales. En 1076, durante el reinado de Sancho Ramírez de Aragón, llegó a anexionarse Navarra. Durante el reinado de Alfonso I el Batallador y tras una dura lucha con las taifas de Zaragoza, el reino aragonés llegó al Ebro, conquistando la capital en 1118. Tras la muerte de Alfonso I, los reinos de Aragón y Navarra se escinden al elegir cada uno a su gobernante.

Incluye Castilla, León, Navarra y el bajo Aragón. Entre los años 1000 y 1035, Sancho el Mayor somete a la Iglesia a Roma con la reforma benedictina con Cluny como referencia. Tras García Sánchez (1035-54) el reino se divide entre castellanos y aragoneses.[44]

Tras ser un condado hereditario con Fernán González (923-970), pasa a ser un reino con Fernando I (1032-1065). Le siguen Sancho II (1065-72) y Alfonso VI (1072-1109). Auge del románico.[44]

La alianza entre los reinos cristianos (Navas de Tolosa, 1212) logra el definitivo derrumbe del Al-Andalus, conquistando con gran celeridad el sur peninsular (salvo Granada), destacando la batalla del Estrecho donde entran en juego el último pueblo norteafricano que intervienen en la península, los benimerines. Esta expansión, protagonizada por las coronas de Castilla y Aragón, generará problemas debido a la absorción de un enorme volumen territorial y poblacional. En Andalucía y Murcia, la imposición de grandes señoríos –nobles guerreros y órdenes militares-, la expulsión de las poblaciones autóctonas –agrícolas y artesanas-, la crisis económica del siglo XIV y las guerras civiles que desangraron a los reinos castellanos bajomedievales, derivará en la decadencia económica del territorio. En Valencia y Alicante, los señoríos cristianos, de menor extensión, se superpondrán a una población musulmana que mantendrá la prosperidad económica. De esta forma se consolida España como la nación que resistió y contuvo los ataques musulmanes en Occidente, del mismo modo que el Reino de Hungría se erige como el guardián de Europa en el Este ante la llegada de los turcos.

Comentario de Antonio Ubieto Arteta sobre la batalla de Las Navas de Tolosa, en el año 1212, que abrió a los reinos cristianos el acceso al valle del Guadalquivir:

La unión dinástica que se produjo con el matrimonio de Petronila (hija única del rey de Aragón, años 1157-1164) y Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona (1131-1162), conformó la Corona de Aragón, agrupando al reino y a los condados. A pesar de ello, cada territorio mantuvo sus usos y costumbres consuetudinarios.

La Corona acabaría por unificar con el tiempo lo que hoy es Cataluña, arrebatando a los árabes el resto de Cataluña, la Cataluña Nueva, y anexionándose los restantes territorios.

Los condes de Castilla extendieron su control sobre Álava y Guipúzcoa, incorporada en el siglo XIII. Ambos territorios conservaron su lengua y amplia autonomía. Vizcaya sería incorporada a Castilla en el año 1379, conservando también sus fueros.[56]

La supervivencia del Emirato de Granada responde a varias razones: su condición de vasallo del rey castellano, su conveniencia como refugio de la población musulmana, el carácter montañoso del reino (complementado con una consistente red de fortalezas fronterizas), el apoyo norteafricano, la crisis castellana bajomedieval y la indiferencia de Aragón, que se hallaba ocupada en su expansión mediterránea. Además, la homogeneidad cultural y religiosa (sin población mozárabe) proporcionó al Estado granadino una fuerte cohesión. Su desaparición a finales del siglo XV –además de por sus interminables luchas dinásticas- se ensarta en el contexto de la construcción de un Estado moderno llevado a cabo por los Reyes Católicos a través de la unificación territorial y el reforzamiento de la soberanía de la Corona.

Sicilia es incorporada a la Corona de Aragón en el año 1479.[63]​ Esta anexión coincide con las políticas de acercamiento entre Castilla y Aragón que se produce con el matrimonio en el año 1469 entre Isabel I [1451-1504] y Fernando I [1452-1516]. Los Reyes Católicos desarrollarán una política interior autoritaria donde se destaca la incorporación de los maestrazgos de las Órdenes militares a la Corona, la disminución de la autonomía de los municipios con el nombramiento de los corregidores y el aumento de las facultades de las Cortes, el reforzamiento o ampliación de los Concejos, la creación de la sala de Contadores (Hacienda), la reforma militar (nuevos reclutamientos), la mejora de la seguridad pública con la Santa Hermandad y la reforma de la justicia. El 2 de enero de 1492 se produjo la toma de Granada, dando fin al último reino islámico de la península ibérica. El 31 de marzo de ese mismo año se produjo la expulsión salvo bautismo de los judíos. Los conversos darán lugar a una nueva minoría llamada criptojudíos, perseguidos por el Santo Oficio.[64]

En paralelo al avance militar, se produjo un proceso de repoblación con el asentamiento de población cristiana en territorios conquistados, que podía provenir de los núcleos septentrionales (de tierras montañosas, pobres y superpobladas), de las comunidades mozárabes del sur que emigraban al norte debido al incremento de la represión religiosa (al arte mozárabe se le denomina también arte de repoblación), e incluso provenientes de zonas de la Europa al norte de los Pirineos, a los que genéricamente se llamaba francos. La modalidad de asentamiento de esa población varió en sus características de acuerdo a la forma en que se produjo la conquista, el ritmo de la ocupación y el volumen de la población musulmana preexistente en el territorio. En las zonas que fueron frontera entre cristianos y musulmanes, nunca hubo un "vacío demográfico" o "zona despoblada", a pesar de que algunos documentos (que así lo pretendían, justificando de ese modo la legitimidad de las apropiaciones) dieron origen al concepto de "desierto del Duero", acuñado por la historiografía de comienzos del siglo XX (Claudio Sánchez Albornoz).

La llegada de los repobladores cristianos se testimonia arqueológicamente no solo en lo más evidente, como edificaciones religiosas o enterramientos, sino también con cambios en la cultura material, como la denominada cerámica de repoblación.[65]

Sirviendo como hitos divisores los valles de los grandes ríos que cruzan la península ibérica de este a oeste, se han definido ciertas modalidades de repoblación, protagonizadas cada una por distintas instituciones y agentes sociales en épocas sucesivas:[66]

Repoblaciones emprendidas tras la toma de Simancas por Ramiro II, en 939. Sampiro fue un cronista del reino de León quien redactó la obra conocida Crónica de Sampiro, del siglo XI. Este texto tiene importancia debido a que la Crónica albeldense finaliza su relato en el año 883:

Las comunidades cristianas peninsulares, tanto en territorio musulmán como cristiano, desarrollaron su propio rito diferente al del resto de la cristiandad de Occidente. Esto será reprochado por el papado en el siglo XI, tal y como lo expresó Gregorio VII:

Los Reyes Católicos acabaron la reconquista de España el 2 de enero de 1492 con la toma de Granada. Esto dio origen a una festividad que se lleva a cabo el 2 de enero de todos los años. El emir Boabdil, de la dinastía Nazarí, tuvo que abandonar Granada. La tolerancia religiosa que había hasta entonces dejó de serlo con la expulsión de los judíos en 1492, y con la prohibición del culto islámico en Granada en 1500, contra los términos pactados. Acabó del todo un siglo después con la expulsión de los moriscos, homogeneizando así toda la península.

Como en otras partes del mundo musulmán, a los cristianos y judíos se les permitió conservar sus religiones, con sus propios sistemas legales y tribunales, pagando un impuesto, el yizia. La sanción por no pagarlo era la prisión.

La nueva jerarquía cristiana exigió fuertes impuestos a los no cristianos y les otorgó derechos, como en el Tratado de Granada (1491) solo para los moros en la que fue la Granada islámica reciente. El 30 de julio de 1492, toda la comunidad judía, unas 200 000 personas, fueron expulsadas por la fuerza.[70]​ Al año siguiente, el decreto de la Alhambra ordenó la expulsión de judíos practicantes, lo que llevó a muchos a convertirse al catolicismo. En 1502, la reina Isabel I declaró obligatoria la conversión al catolicismo dentro del Reino de Castilla. El rey Carlos I hizo lo mismo con los moros en el Reino de Aragón en 1526, forzando las conversiones de su población musulmana durante la rebelión de las Germanías.[71]​ Muchos funcionarios locales aprovecharon la situación para confiscar propiedades.

Los moriscos, descendientes de aquellos musulmanes que se sometieron a la conversión al cristianismo, en lugar de ir al exilio, durante los primeros tiempos de la Inquisición española y portuguesa fueron expulsados de España después de una grave agitación social, cuando la Inquisición estaba en su apogeo. Las expulsiones se llevaron a cabo de manera más severa en el este de España (Valencia y Aragón) debido a la animosidad local hacia los musulmanes y moriscos, donde los trabajadores locales los consideraron como rivales económicos, ya que eran vistos como mano de obra barata que socavaba su posición de negociación con los propietarios.[cita requerida] Las exacciones impuestas a los moriscos allanaron el camino [cita requerida] para una importante revuelta de los moriscos que tuvo lugar en 1568, que terminó con la expulsión definitiva de los moriscos de Castilla en 1609, siendo expulsados de Aragón casi al mismo tiempo.




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