x
1

Historia de Barcelona



La historia de Barcelona se extiende a lo largo de 4000 años, desde finales del Neolítico, con los primeros restos hallados en el territorio de la ciudad, hasta la actualidad. El sustrato de sus habitantes aúna a los pueblos iberos, romanos, judíos, visigodos, musulmanes y cristianos. Como capital de Cataluña y segunda ciudad en importancia de España, la Ciudad Condal ha forjado su relevancia con el tiempo, desde ser una pequeña colonia romana hasta convertirse en una ciudad cosmopolita valorada internacionalmente por aspectos como su economía, su patrimonio artístico, su cultura, su deporte y su vida social.

Existen escasos vestigios anteriores a la fundación de la ciudad por los romanos en el siglo I a. C. El área del llano de Barcelona y zonas colindantes conserva restos de finales del Neolítico y principios del Calcolítico. Posteriormente se desarrolló la cultura de los layetanos, un pueblo íbero. La ciudad romana, fundada en tiempos de Augusto, fue una colonia próspera aunque de escaso tamaño. A partir del siglo III se introdujo el cristianismo y, entre los siglos v y viii, formó parte del reino visigodo. Tras una breve ocupación musulmana, Barcelona entró en la órbita del Imperio carolingio, hasta que se constituyó como condado y se independizó en el siglo X.

En época medieval, el Condado de Barcelona adquirió preeminencia sobre el resto de condados catalanes y, con la formación de la Corona de Aragón, la ciudad se convirtió en uno de los centros políticos, económicos, sociales, culturales y comerciales de un vasto territorio que se extendía por todo el Mediterráneo (Cataluña, Aragón, Valencia, Baleares, Rosellón, Cerdeña, Sicilia, Nápoles, Atenas y Neopatria).

La crisis económica y social de la época bajomedieval se prolongó en buena medida durante la Edad Moderna: la unión de Castilla y Aragón en la Monarquía Hispánica conllevó el traspaso del poder real a tierras castellanas, lo que trajo un período de cierta decadencia, agravada por conflictos militares como la guerra de los Segadores (1640-1651) o la guerra de Sucesión (1701-1714), si bien a partir del siglo XVIII comenzó una etapa de pujanza económica.

El siglo  XIX fue de un gran crecimiento para la ciudad, tanto a nivel demográfico como económico y urbanístico. El plan de Ensanche y la anexión de varios municipios colindantes supusieron una gran ampliación del perímetro urbano. La ciudad vivió un proceso de industrialización y modernización de sus estructuras urbanas, económicas y sociales, aunque, en el ámbito social, se vivió una época de gran conflictividad provocada por la lucha de clases entre el proletariado y la burguesía. Se experimentó también un renacimiento cultural y, a finales de siglo, surgió el modernismo como la expresión artística por excelencia de la nueva sociedad barcelonesa.

El siglo  XX comenzó con las mismas agitaciones políticas con que acabó el siglo anterior, que cristalizarían en la Guerra Civil. La dictadura franquista significó un período de cierta decadencia, aunque la posterior llegada de la democracia revitalizó de nuevo la ciudad. El continuo progreso tanto económico como social llevó a que Barcelona sea una urbe de gran relevancia tanto en el contexto español como europeo, mientras que diversos acontecimientos sociales, como los Juegos Olímpicos de 1992 y el Fórum Universal de las Culturas de 2004, situaron a la Ciudad Condal como una metrópoli de reconocido prestigio internacional, importante foco turístico y cultural, así como un pujante centro financiero y congresístico.

Barcelona, capital de la comunidad autónoma de Cataluña, se encuentra en el Levante español, en la costa mediterránea. Su situación geográfica se ubica entre los 41° 16' y 41° 30' de latitud norte y entre los 1° 54' y 2° 18' de longitud este.[1]​ Con una superficie de 102,16 km², está situada en una llanura de unos 11 km de largo y 6 de ancho, limitada en sus costados por el mar y por la sierra de Collserola —con la cima del Tibidabo (516,2 m) como punto más alto—, así como por los deltas de los ríos Besós y Llobregat. Por encima de la línea de la costa y separando la ciudad del delta del Llobregat se encuentra la montaña de Montjuic (184,8 m).[2]

El llano de Barcelona no es uniforme, sino que presenta diversas ondulaciones originadas por los múltiples torrentes que antaño surcaban el terreno, y tiene asimismo una inclinación uniforme desde el mar hasta la sierra de Collserola, con una ascensión de unos 260 m.[3]​ El terreno está formado por un sustrato de pizarras y formaciones graníticas, así como arcillas y rocas calcáreas.[4]​ La costa estaba ocupada antiguamente por marismas y albuferas, que desaparecieron al ir avanzando la línea de costa gracias a los sedimentos aportados por los ríos y torrentes que desembocaban en la playa; se calcula que desde el siglo VI a. C. la línea de costa ha podido avanzar unos 5 km.[5]

El clima es mediterráneo, de inviernos suaves gracias a la protección que la orografía del terreno ofrece al llano, que queda resguardado de los vientos del norte. La temperatura suele oscilar entre los 9,5 °C y los 24,3 °C, como media. Presenta poca pluviosidad, unos 600 mm anuales, y la mayoría de precipitaciones se produce en primavera y otoño. La vegetación propia de la zona está compuesta principalmente por pinos y encinas, con un sotobosque de brezo, durillo, madroño y plantas trepadoras.[6]

Barcelona es también capital de la comarca del Barcelonés y de la provincia de Barcelona, y es el núcleo urbano más importante de Cataluña a nivel demográfico, político, económico y cultural. Es la sede del gobierno autonómico y del Parlamento de Cataluña, así como de la diputación provincial, del arzobispado y de la IV Región Militar, y cuenta con un puerto, un aeropuerto y una importante red de ferrocarriles y carreteras.[7]​ Con una población de 1 604 555 habitantes en 2015,[8]​ es la segunda ciudad más poblada de España después de Madrid, y la undécima de la Unión Europea.[9]

     Población de derecho según los censos de población del INE.[10]      Población según el padrón municipal de 2017.[11]

El origen y significado del topónimo Barcelona es incierto. Parece provenir de un poblado ibérico denominado Barkeno (Barkeno.png), que se menciona en unos dracmas ibéricos del siglo II a. C.[12]​ Esta forma se adaptó en latín como BARCĬNŌ cuando la ciudad fue fundada como colonia romana en el siglo I a. C.[12]​ Algunas leyendas apuntan a un posible origen cartaginés, derivado de Amílcar Barca, pero parece poco probable,[13]​ como la leyenda que atribuye la fundación de la ciudad a Hércules, que habría recalado en ella en el noveno de una flota de barcos, por lo que la habría llamado Barca-nona.[14][nota 1]

La primera mención escrita sobre Barcino procede del siglo I d. C., efectuada por Pomponio Mela, mientras que en el siglo II d. C. el astrónomo Claudio Ptolomeo la menciona en griego como Βαϱϰινών (Barkinṓn) en su Geografía.[15]​ El topónimo evolucionó entre los siglos IV y VII: en el siglo IV Avieno la llama en su Ora Maritima como Barcilō, aunque aparecen entonces numerosas variantes, como Barcilona, Barcinona, Barcinonem, Barchinon o Barchinonam.[16]​ Por otro lado, ya en el año 402 el poeta Persio la denomina Barcellōne, un genitivo que hace suponer la existencia del nominativo Barcellōna.[17]Isidoro de Sevilla la nombra en el siglo VII como Barcinona, mientras que ya en ese siglo aparece por primera vez la forma actual Barcelona.[18]

El topónimo Barcelona se halla presente en otros países del mundo, con unas 50 entidades de población que llevan ese nombre, la mayoría en Latinoamérica —la más relevante la Barcelona venezolana—, pero también en Francia, Italia, Estados Unidos, Filipinas, Australia y Camerún.[19]

El escudo de Barcelona se divide en cuatro cuarteles: el primero y el cuarto presentan la cruz de San Jorge llena de gules sobre plata, y el segundo y tercero el señal real de la Corona de Aragón, de cuatro palos de gules en campo de oro; lleva por timbre una corona real. El escudo está documentado por vez primera en 1329, mientras que, en 1345, el rey Pedro III concedió a la ciudad el privilegio de llevar signo nostro et signo dicte civitatis, es decir, el señal real y el municipal juntos. Cabe señalar que, entre los siglos xiv y xviii, no había un número fijo de palos, que podían variar de dos a cinco.[20]​ También el timbre ha tenido varias versiones a lo largo del tiempo, pudiendo ser una corona condal o real, o bien una cimera real en forma de dragón alado o de murciélago, a veces con lambrequines.[21]

Por su parte, la bandera de Barcelona es heráldica, ya que proviene de la conversión del escudo en bandera. Su representación más antigua es en una carta náutica de 1339, obra del cartógrafo mallorquín Angelino Dulcert. Como el escudo, ha tenido varias versiones en el tiempo, con dos o cuatro palos, siendo estos verticales u horizontales.[22]​ Otra bandera usada históricamente fue la de Santa Eulalia, patrona de la ciudad, con una imagen de la santa con los símbolos de su martirio (palma y cruz en aspa), sobre fondo carmesí. Como pendón o estandarte militar, fue usada en numerosos conflictos bélicos en los que la ciudad se vio inmersa, especialmente por la Coronela.[23]​ Su primera mención proviene de 1588.[24]

Existen escasos vestigios de época prehistórica en la ciudad. Durante el Mioceno (hace unos 13 millones de años) probablemente habitó la zona el Pierolapithecus catalaunicus, una especie extinta de primate hominoideo cuyos primeros fósiles fueron descubiertos en diciembre de 2002 en Els Hostalets de Pierola (Anoia).[25]​ Los primeros restos vinculados a una especie homínida son del Homo neanderthalensis, que vivió durante el Pleistoceno medio y superior: así lo atestiguan unos restos de árboles fosilizados hallados cerca de Barcelona, que demuestran la capacidad para utilizar el medio natural por parte de esta especie.[26]​ Sin embargo, por causas no del todo conocidas —se apunta a una glaciación, pero no está del todo comprobado—, el neandertal se extinguió en un momento impreciso entre hace unos 35 000 y 21 000 años.[27][28]​ También en un tiempo indeterminado el territorio fue habitado por el Homo sapiens, que convivió por un tiempo con el neandertal.[29]​ Durante el Paleolítico superior el hombre de Cromañón se dispersó por la región, llevando una vida nómada dedicada a la caza y la recolección. En este período se desarrollaron el arte y el lenguaje, fabricaban herramientas y confeccionaban tejidos y pieles.[30]​ Los primeros restos arqueológicos del Paleolítico son unos primitivos instrumentos de piedra hallados en las terrazas del río Llobregat y algunas localidades del entorno.[31]

En el Neolítico el ser humano se volvió sedentario. En este período, probablemente, se comenzó a poblar el llano de Barcelona con cabañas construidas con madera de árbol. Se empezó a cultivar la tierra, se consiguió la domesticación de animales (ganadería), y se desarrolló la cerámica.[32]​ Del Neolítico inicial (5000 a. C.-3500 a. C.) se han hallado algunos restos de cerámica epicardial y de tallas de sílex y jaspe en la ladera sudoriental de la montaña de Montjuic.[33]

En el Neolítico medio (3500 a. C.-1800 a. C.) se encuentran los primeros restos arquitectónicos, que se manifiestan principalmente por las prácticas funerarias con sepulcros de fosa, que solían ser de bastante profundidad y revestidos de losas. Un exponente de ello es la tumba descubierta en 1917 en la vertiente sudoeste de la colina de Monterols, entre las calles de Muntaner y Copérnico; de datación imprecisa, tiene 60 cm de alto y 80 de ancho, y estaba formada por losas planas de forma irregular. También se encontraron allí un cuchillo de sílex de 10 cm y otro fragmento de sílex, probablemente de otro cuchillo. Por lo que respecta a habitáculos, de esta época solo se ha encontrado un fondo de cabaña en lo que es la actual estación de San Andrés Condal.[34]​ También se han encontrado restos de piedra pulida en el parque Güell, la colina de la Rovira y la travesera de Gracia, así como unos pedazos de jaspe y fragmentos de cerámica en el monte Táber, y una punta de sílex y un hacha de piedra pulida en el subsuelo de la catedral.[35]

De la Edad del Bronce (1800 a. C.-800 a. C.) se conservan igualmente pocos restos por lo que respecta al llano de Barcelona. Los principales proceden de un yacimiento descubierto en 1990 en la calle de San Pablo, donde se hallaron restos de hogares de fuego y sepulturas de inhumación individuales. También son seguramente de este período los restos hallados en 1931 en Can Casanoves, detrás del Hospital de San Pablo, donde se encontraron restos de murallas de piedra y los fondos de tres cabañas circulares de unos 180 cm de diámetro, así como diversos vasos de cerámica.[36]​ Existen por otro lado testimonios escritos de dos monumentos megalíticos, situados en Montjuic y Campo del Arpa, de los que, sin embargo, no ha quedado ningún rastro material. Por último, del Calcolítico final existen unos escasos restos de la denominada cultura de los campos de urnas, hallados en la masía de Can Don Joan, en Horta, donde se encontraron unos pedazos de cerámica con decoración de acanalados; y, en la vertiente sudoriental de la montaña de Montjuic, entre los caminos del Molí Antic y la Font de la Mamella, donde se hallaron restos de cerámica, incluidos dos pedazos de cerámica a torno de producción fenicia.[37]

Entre el siglo VI a. C. y el siglo I a. C. el llano de Barcelona estaba ocupado por los layetanos, un pueblo íbero que ocupaba las actuales comarcas del Barcelonés, el Vallés, el Maresme y el Bajo Llobregat.[38]​ Los layetanos vivían de la agricultura, la ganadería y la minería —principalmente hierro, plata, cobre y oro—, y tenían contactos comerciales con la colonia griega de Emporion (Ampurias).[39]​ Utilizaban un alfabeto de 28 signos, aunque su lenguaje no ha sido aún descifrado.[39]

En Barcelona no quedan apenas restos arqueológicos ibéricos: los principales vestigios de esta cultura se encontraron en las colinas de la Rovira, de la Peira y del Putget, así como en Santa Cruz de Olorde —en el Tibidabo—, pero no han permitido establecer unas especiales características por lo que respecta a habitáculos o sepulcros funerarios.[40]​ Los principales restos proceden de la Rovira, donde en 1931 se encontraron vestigios de un poblado ibérico que, desgraciadamente, fueron destruidos al instalarse unas baterías antiaéreas durante la Guerra Civil. Al parecer, tenía una muralla con dos accesos, mientras que, situado extramuros, se halló un conjunto de silos con 44 depósitos excavados en la roca. También se encontraron varios vasos de cerámica.[41]

Según parece, el principal asentamiento ibérico de la zona estuvo en Montjuic —posiblemente el Barkeno que nombran dos monedas acuñadas a finales del siglo III a. C.—, aunque la urbanización de la montaña en fechas recientes y su uso intensivo como cantera de piedra durante toda la historia de la ciudad ha provocado la pérdida de la mayoría de restos. En 1928 se descubrieron en la zona de Magòria nueve silos de gran capacidad, que probablemente formarían parte de un almacén de excedentes agrícolas, además de restos de cerámica y dos llantas de rueda de carro elaboradas en hierro. Por otro lado, en 1984 se hallaron restos de un asentamiento en la vertiente sudoeste de la montaña, en un terreno de unas 2 o 3 hectáreas.[42]

Posiblemente hubo otro asentamiento en el monte Táber, pero el único indicio es una estela de piedra con una inscripción ibérica hallada en una casa de la calle Arc de Sant Ramon del Call, encontrada en el siglo XIX y hoy ya perdida.[43]​ Algunas referencias a un asentamiento ibérico llamado Laie o Laiesken parecen legendarias; la inscripción Laiesken encontrada en algunas monedas probablemente haría referencia al nombre de todo el territorio layetano, no de un poblado.[39]

La República romana entró por primera vez en la península ibérica en el transcurso de la segunda guerra púnica (218 a. C.), para contrarrestar el poder de los cartagineses en la zona, lo que acabó por devenir en el inicio de la conquista del territorio, un lento proceso que duraría casi dos siglos, hasta que el año 19 a. C. el emperador Augusto daría por concluido el control de la península. Las bases de actuación romana en la zona fueron inicialmente Emporion y Rhodae (actuales Ampurias y Rosas), así como la principal fundación romana en el territorio, Tarraco (Tarragona).[44]​ Durante este período, los romanos seguramente ocuparían el enclave íbero situado en Montjuic, para controlar la desembocadura del Llobregat, un centro estratégico. Cabe suponer igualmente que durante este período se produciría una aculturación entre la población autóctona y los recién llegados.[45]

Según parece, fue durante el reinado de Augusto (27 a. C.-14 a. C.) —el cual supuso la conversión de la República romana en imperio— cuando se fundó la colonia que daría origen a la ciudad, bautizada como Barcino, seguramente como latinización del nombre íbero Barkeno. Fundada entre el 15 a. C. y el 10 a. C., el asentamiento se ubicó en un pequeño promontorio del llano de Barcelona cercano a la costa, el monte Táber (25 msnm).[46]​ El principal motivo de la elección de este lugar debió ser seguramente su puerto natural, si bien los aluviones de las torrenteras y la sedimentación de arena de las corrientes litorales irían dificultando el calado del puerto.[47]​ El nuevo poblado recibió el nombre completo de Colonia Iulia Augusta Faventia Paterna Barcino.[48][nota 2]​ Los primeros pobladores parecen haber sido legionarios licenciados de las guerras cántabras, libertos de la Narbonense y colonos itálicos.[53]

Barcino tomó la forma urbana de castrum inicialmente, y oppidum después, con los habituales ejes organizadores cardo maximus (actuales calles Llibreteria y Call) y decumanus maximus (calles Obispo, Ciudad y Regomir); [nota 3]​ en la confluencia de ambos se hallaba el forum (plaza de San Jaime), la plaza central dedicada a la vida pública y a los negocios.[56]​ Desde este centro, la ciudad seguía un trazado ortogonal, con manzanas cuadradas o rectangulares, siguiendo una disposición de mallas que partía de dos ejes principales: un orden axial horizontal (noroeste-sudoeste) y otro vertical (sudeste-nordeste), los cuales marcarían el futuro trazado de la ciudad, y sería recogido por Ildefonso Cerdá en su Plan de Ensanche de 1859.[57]​ El papel estratégico de Barcino, punto de llegada de los grandes ejes norteño —Vía Augusta— y mediterráneo, otorgó a la ciudad desde muy pronto un activo desarrollo comercial y económico; desde muy pronto también disfrutó de exención de impuestos.[53]​ El máximo esplendor de la época romana se dio durante los siglos II y III, con una población que debía oscilar entre los 3500 y 5000 habitantes.[58]​ Por otro lado, hacia el siglo IV Barcino había ya desplazado a Tarraco como referente de la región.[59]

La principal actividad económica era el cultivo de tierras circundantes, especialmente la vid, que tenía buena fama y se exportaba a otras áreas del imperio como la Galia, Italia, el norte de África e incluso en la frontera germánica.[60]​ Además del vino, se exportaba cerámica, sal de las minas de Cardona y salazón de pescado (garum).[61]​ Por el valor de los restos arqueológicos (tamaño del templo, abundancia de esculturas, mosaicos, ánforas) se ha determinado que los habitantes gozaron de un buen nivel de vida; sin embargo, no hay evidencias de que la ciudad tuviese teatro, anfiteatro ni circo.[60]

El gobierno de la ciudad seguía el modelo que el imperio otorgaba a las colonias, que era relativamente autónomo. El municipio tenía jurisdicción sobre la ciudad (urbs) y el área rural que la rodeaba (territorium). La curia municipal (ordo decurionum), formada por un centenar de miembros (curiales), administraba todos los aspectos de la ciudad, tanto políticos como administrativos y judiciales.[62]​ Las clases sociales se dividían entre ciudadanos (cives), domiciliados sin ciudadanía (incolae), residentes transitorios (hospites) y esclavos.[63]​ Entre los pocos barcinoneses con nombre propio conocido destaca Lucio Minicio Natal (siglo II), tribuno militar, cuestor, pretor, senador, cónsul y augur, y ganador además de una prueba de carreras de cuadrigas en los antiguos Juegos Olímpicos (año 129).[64]

El recinto de Barcino estaba amurallado, con un perímetro de 1,5 km, que protegía un espacio de 10,4 ha.[65]​ La primera muralla de la ciudad, de fábrica sencilla, se comenzó a construir en el siglo I a. C. Tenía pocas torres, solo en los ángulos y en las puertas del perímetro amurallado, de las que había cuatro: la Praetoria (plaza Nueva), la Decumana (calle Regomir), la Principalis Sinistra (plaza del Ángel) y la Principalis Dextra (calle del Call).[55]​ Sin embargo, las primeras incursiones de francos y alamanes a partir de los años 250 suscitaron la necesidad de reforzar las murallas, que fueron ampliadas en el siglo IV. La nueva muralla se construyó sobre las bases de la primera, y estaba formada por un muro doble de 2 metros, con espacio en medio relleno de piedra y mortero. El muro constaba de 81 torres de unos 18 m de altura, la mayoría de base rectangular (diez con base semicircular, situadas en las portaladas).[66]

En el foro de la ciudad se concentraban las construcciones dedicadas a los negocios, la justicia, las termas o baños públicos, y era el lugar donde las autoridades se reunían en la Curia y la Basilica.[62]​ Aquí se hallaba el templo de Augusto, construido pocos años después de la fundación de la ciudad, probablemente a finales del siglo I a. C. Era un edificio de planta rectangular, sobre podio, hexástilo y períptero, con una columnata de orden corintio, de unos 35 m de largo por 17,5 de ancho, unas dimensiones considerables para la ciudad. Actualmente solo se conservan cuatro columnas y partes del podio y del arquitrabe, conservadas en el interior de la sede del Centro Excursionista de Cataluña.[67]

Del resto de elementos urbanos conservados de época romana conviene resaltar la necrópolis, un conjunto de tumbas situado en el exterior del área amurallada, en la actual plaza de la Villa de Madrid: cuenta con más de 70 tumbas de los siglos II y III, descubiertas casualmente en 1954.[68]​ También hay restos de dos acueductos que conducían las aguas hacia la ciudad, uno de ellos desde la sierra de Collserola, al noroeste, y otro desde el norte, tomando agua del río Besós; ambos se unían enfrente de la puerta Praetoria de la ciudad (actual plaza Nueva).[69]​ Otros restos son los de una domus (casa familiar) situada en la calle San Honorato, en el subsuelo del edificio del Departamento de Presidencia de la Generalidad de Cataluña, originarios del siglo IV y excavados en 2003. Una parte significativa de la antigua Barcino es visible en el subsuelo arqueológico del Museo de Historia de Barcelona, donde también se encuentran testimonios de sus monumentos y de la vida cotidiana de sus habitantes.[70]

Las primeras comunidades cristianas comenzaron a establecerse pronto en la región: en 259 se creó la diócesis de Tarraco. En Barcino, hay constancia de una primitiva comunidad y obispo propio entre 260 y principios del siglo IV, período en el que surgieron las primeras veneraciones a cristianos martirizados durante la persecución de Diocleciano. Es el caso de san Cucufate, que fue martirizado en Castrum Octavium (actual San Cugat del Vallés);[71]​ o de santa Eulalia, martirizada en Barcelona el año 303, a los 13 años. Fue canonizada en 633 y, más o menos en esa fecha, fue declarada patrona de Barcelona; la catedral de la ciudad está consagrada a ella, además de a la Santa Cruz, su primera advocación como basílica paleocristiana.[72]

El cristianismo fue legalizado el año 313 por el emperador Constantino, a través del edicto de Milán.[73]​ Por estas fechas aparece como obispo legendario de la ciudad san Severo, el cual sin embargo no está documentado; el primer obispo conocido de Barcino fue Pretextato, quien en el año 347 asistió al sínodo antiarriano de Sárdica (Bulgaria), con Osio de Córdoba. Le sucedió san Paciano (c. 360-390), considerado Padre de la Iglesia.[74]

A finales del siglo IV, los municipios bajo el poder de Roma comenzaron a perder poder, ante la demanda por parte del Imperio de más recursos económicos, lo que finalmente derivó en la ruralización de parte de la población y un moderado autogobierno de la ciudad. Finalmente, tras la muerte de Teodosio I (395), se produjo la separación definitiva del Imperio romano en dos: el Imperio romano de Oriente y el Imperio romano de Occidente. Durante este período Barcelona fue la capital de dos usurpadores del trono imperial: Máximo (409-411), un noble hispano que tomó el control de la Tarraconense, hasta ser capturado y ejecutado por el emperador Honorio;[75]​ y Sebastián (444).[76]​ Máximo llegó a acuñar unas monedas con la marca SMBA (Sacra Moneta Barcinonensis).[77]

El inicio del siglo V supuso el principio del fin del Imperio romano de Occidente. Los visigodos, una rama de los pueblos godos, irrumpieron en el imperio por los Balcanes y se afincaron hacia el oeste. Otros pueblos bárbaros, como los vándalos, los suevos y los alanos, entraron en la península ibérica por el Pirineo oriental en 409, y tomaron varias provincias del oeste y sur de Hispania. Posteriormente, al mando de Alarico I, los visigodos saquearon Roma en agosto de 410.[78]

El sucesor de Alarico, su hermanastro Ataúlfo (410-415), se casó en 414 con Gala Placidia, hija de Teodosio I, y estableció en Barcelona su corte.[79]​ La capitalidad apenas duró unos meses, pues Ataúlfo murió asesinado en su palacio de la ciudad por un esclavo de Sigerico; a su vez, Sigerico fue asesinado al cabo de una semana también en Barcelona.[80]​ Hacia 416 se permitió a los visigodos entrar en Hispania para controlar a los otros pueblos bárbaros establecidos, en calidad de fœderati de Roma. Walia reconquistó gran parte de Hispania, por lo que el emperador Honorio permitió a los visigodos acceder a Aquitania y Galia Narbonense para establecer su territorio, a partir de 417. Walia estableció su corte en Toulouse.[81]​ Durante el reinado de Eurico (466-484), el reino de los visigodos se declaró independiente de Roma. Eurico tomó la Tarraconense (470-475), y forzó con el hérulo Odoacro la deposición del último emperador romano de Occidente, Rómulo Augústulo, en 476.[82]

A la muerte de Alarico II en lucha contra los francos en 507, su hijo ilegítimo y sucesor, Gesaleico (507-511), replegó su reino y lo concentró en Hispania, con capital nuevamente en Barcelona.[83]​ Una vez depuesto, la lucha entre sus partidarios y los del ostrogodo Teodorico el Grande dio lugar a la batalla de Barcelona (512), que dio el reino a Amalarico, hijo de Alarico II y nieto de Teodorico, el cual fue asesinado en Barcelona en 531.[79]​ Su sucesor, Teudis, volvió a establecer la corte en Barcelona, hasta el año de su muerte en 548.[84]​ Finalmente, tras sedes poco estables, Leovigildo fijó capital estable en Toledo en 573.[85]​ Aun así, Barcelona continuó teniendo una gran relevancia económica, como demuestra el documento De fisco Barcinonensis (592), y el mantenimiento de una ceca hasta el final de este período.[76]

En el año 673, una rebelión iniciada por el duque Paulo para hacerse con el poder a título de rey en Narbona incluyó aproximadamente los territorios de Septimania y Cataluña —y, por tanto, Barcelona—, aunque fue apaciguada por el rey visigodo Wamba.[79]​ El reino visigodo se derrumbó con el desembarco musulmán de Gibraltar en 711, que dio origen a la formación de al-Ándalus.[86]

Desde el final del Imperio romano la ciudad había destacado en la Tarraconense, y parece que tuvo bastante importancia entre los visigodos por establecer corte y capital en varios períodos (Ataúlfo, Gesaleico, Teudis).[87]​ En general, el período visigodo es bastante desconocido. Parece que la ocupación del territorio fue pacífica, y que los ciudadanos no abandonaron la forma de vida romana y paleocristiana de forma agresiva, en parte porque los visigodos también estaban bastante romanizados.[88]​ En la ciudad, los visigodos no constituyeron una población importante, y solo ocuparon puestos de poder, como la guarnición militar y las autoridades, formadas por el conde (comes civitatis) y su vicarius.[89]

Los primeros visigodos que ocuparon la ciudad eran arrianos, mientras que la ciudad, por tradición hispanorromana, era católica. Según parece, hasta la conversión de Recaredo al catolicismo (589) la catedral de la Santa Cruz fue de credo arriano, mientras que el culto católico se practicaba en la iglesia de San Justo.[87]​ Durante el obispado de Nebridio se celebró en Barcelona un concilio católico de la provincia eclesiástica de la Tarraconense (540); un segundo concilio católico se celebró en 599, en la catedral, bajo el obispado de Ugern.[74]

Hay pocos restos del período visigodo, en que la ciudad se mantuvo intramuros. La mayor parte de lo conservado es visible en el subsuelo arqueológico del Museo de Historia de Barcelona. Se conocen restos de un palacio edificado en el siglo V sobre el antiguo foro romano, posteriormente Palacio Episcopal. Otro palacio, tal vez donde fuera asesinado Ataúlfo, se descubrió bajo el actual Salón del Tinell, en la plaza del Rey, donde también se descubrió una necrópolis de la época (siglos vi-vii).[90]​ Además de la catedral, que evolucionó de la basílica paleocristiana, y de la mencionada iglesia de San Justo, hay constancia de que existían otras iglesias, como San Pablo del Campo y Santa María de las Arenas —posteriormente del Mar—.[91]

Los musulmanes entraron en la península en 711. En ese año, la parte norte de la Tarraconense estaba en poder de Agila II, enemigo del también visigodo Rodrigo, por lo que se sirvió de los musulmanes para combatirle, hecho que evitó la conquista de la ciudad en el primer momento de la entrada musulmana a la península.[92]​ Le siguió Ardón, que fijó su residencia en Narbona y opuso resistencia a los musulmanes, quienes, bajo el mando de Al-Hurr ibn Abd ar-Rahman al-Thaqafi, conquistaron definitivamente el territorio entre 717 y 718.[93]​ La entrada en Barcelona fue pactada y sin resistencia.[94]

El valí de Barcelona Sulayman ben al-Arabí, junto a otros valíes contrarios a Abderramán I, buscó la ayuda de Carlomagno para contrarrestar el poder del emirato de Córdoba en 777.[95]​ El acuerdo no prosperó, y Sulayman fue capturado en Saraqusta (Zaragoza). Durante la batalla de Roncesvalles fue liberado y, de vuelta a Zaragoza, envió a su hijo Matruh ben Sulayman al-Arabí a controlar Barcelona y Gerona. A la muerte de su padre en 780, por el valí Husayn de Zaragoza, dispuso la ciudad a favor del emirato de Córdoba, al que ayudó sitiando Zaragoza en 781. En 789 se rebeló de nuevo y tomó el control de Zaragoza y Wasqa (Huesca).[96]

A la muerte de Matruh en 792 tomó el poder en Barcelona Sadun al-Ruayni. En 797 viajó a Aquisgrán para solicitar ayuda contra el emirato de Córdoba —entonces bajo el control de Al-Hakam I— a Carlomagno, al que ofreció la ciudad. Este envió a su hijo Ludovico Pío, quien, junto a otros nobles, pretendía tomar la ciudad pacíficamente, en otoño de 801. Sadun no cumplió su palabra y se negó a entregar la ciudad, por lo que los francos atacaron Barcelona. El asedio fue largo, y Sadun escapó en busca de ayuda de Córdoba. Fue capturado, y tomó el poder Harun, último valí de Barcelona. Partidario de seguir defendiendo la ciudad del ataque franco, fue destituido por sus allegados y entregado a los atacantes el 3 de abril de 801.[97]

El poder musulmán en la ciudad duró algo más de 83 años. Durante la ocupación musulmana, la ciudad fue conocida como مدينة برشلونة (Madīnâ Barshilūna). Los ocupantes no intentaron convertir a la población local, y permitieron la libertad de culto.[98]​ Los valíes musulmanes habilitaron una guarnición militar en la ciudad, y cobraron impuestos especiales a los no musulmanes; quizá por ello muchos ciudadanos se convirtieron a la nueva religión, para no pagar impuestos: eran los llamados muladíes.[94]​ El principal templo cristiano, la catedral, fue probablemente convertida en mezquita, aunque no hay vestigios de ello; el culto cristiano pasó a la iglesia de San Justo.[94]​ El gobierno civil fue respetado y la ciudad conservó las autoridades tradicionales (conde y obispo). Se reactivó la economía gracias al comercio con Oriente, de donde llegaban perfumes, joyas y esclavos, mientras que se exportaba lino, miel y aceite.[99]

El período histórico de la ciudad bajo dependencia de la dinastía carolingia abarca desde la entrada a la ciudad de Ludovico Pío en 801 hasta la ofensiva dirigida por Almanzor en 985. Tras la entrada en la ciudad, Ludovico designó a un godo local, Bera, como conde de Barcelona.[100]​ Este recibió también el título de marqués, al hacerse cargo del territorio fronterizo o marca (Marca Hispánica).[nota 4]​ El obispado pasó a depender de la sede metropolitana de Narbona.[74]​ En 815, un ejército comandado por Abd Allah al-Balansí, tío de Al-Hakam I, se dispuso a conquistar la ciudad, pero antes de atacarla un ejército godo reclutado por Bera frustró el intento y obligó a los atacantes a retirarse.[101]​ A la muerte de Odilón, conde de Gerona —que incluía los pagus de Besalú y Ampurias—, Bera recibió el poder sobre esos territorios. Hacia 820 Bera y sus seguidores godos se sublevaron contra el poder carolingio, por lo que fue depuesto y sus territorios pasaron a manos del conde Rampón.[100]

Durante este período hubo numerosas incursiones musulmanas: en 827 asaltaron la ciudad sin éxito, al igual que en 841, 842 y 845; sin embargo, en 852 sí consiguieron tomar la ciudad, la cual devastaron.[102]​ Hubo nuevos ataques en 856 y 861, fecha esta última en que conquistaron territorios próximos y asediaron la ciudad, aunque el conde Hunifredo consiguió una tregua. Aún hubo nuevas campañas entre 911 y 914, y en 935, 940 y 956.[103]

La unión del condado al Imperio carolingio ya estaba debilitada a finales del siglo IX. Tras ser depuesto el conde Bernardo II, el título lo recibió Wifredo el Velloso (Guifré el Pilós), hijo de Sunifredo I, de origen hispanogodo.[104]​ Enemistado con el valí de Lérida, Lubb ibn Muhammad ibn Lubb, Barcelona fue atacada en 897. El conde Wifredo murió poco después en lucha con Lubb en las inmediaciones de Navés.[105]​ Tras Wifredo, el condado fue heredado por sus hijos Wifredo II Borrell y Suniario I, ya sin designación real franca. Con Wifredo comenzó una dinastía que regiría las tierras catalanas durante varios siglos, la Casa de Barcelona.[106]

El año 985, el caudillo musulmán Almanzor arribó a las inmediaciones de Barcelona, tras varias incursiones por otros reinos y condados cristianos del norte de la península ibérica.[107]​ Tras un asedio de ocho días, el 6 de julio tomó la ciudad, la cual saqueó y prendió en llamas. Muchos de los habitantes de la ciudad fueron hechos prisioneros, esclavos o asesinados. La ocupación duró unos seis meses.[108]​ Pese a las peticiones de auxilio a los reyes francos, Barcelona fue abandonada a su suerte, por lo que, en 988, el conde Borrell II rehusó rendir vasallaje al nuevo rey, Hugo Capeto, e hizo efectiva la independencia de la marca, la cual fue de facto, pero no reconocida por Francia hasta 1258, en que se firmó el tratado de Corbeil entre Luis IX de Francia y Jaime I de Aragón.[109]

Durante la etapa carolingia, el condado estuvo dirigido y gobernado directamente por el conde, que se ayudaba por un vizconde, mientras que las cuestiones de gobierno local de la ciudad las administraba un vicario (veguer), que también regía en el ámbito militar y la dirección de los alguaciles.[110]​ Durante los aproximadamente dos siglos que duró la influencia carolingia en Barcelona, la ciudad contaba con la catedral y las iglesias urbanas de San Justo, San Miguel y San Jaime, además de las localizadas extramuros de Santa María del Pino, Santa María del Mar, San Julián de Montjuic, el monasterio benedictino de San Pablo del Campo y el de monjas benedictinas de San Pedro de las Puellas.[111]

Durante este período prosperó el barrio judío (el Call), situado entre las actuales calles de Ferran, Baños Nuevos, Palla y Obispo. Fundado en el 692, pervivió hasta su destrucción en 1391 en un pogromo. Los judíos constituían un núcleo activo dedicado a la medicina, el comercio y la pequeña industria, y potenciaron las relaciones con al-Ándalus. Estaba separado del resto de la ciudad por una muralla, y tenía dos sinagogas (Mayor, actualmente un museo, y Menor, hoy en día parroquia de San Jaime), baños, escuelas y hospitales.[112]

Fuera de los muros de la ciudad, el llano de Barcelona estaba dedicado a la agricultura, especialmente dedicada a abastecer a la ciudad: era el conocido como hort i vinyet de Barcelona («huerto y viñedo»), que producía fruta, verdura y vino, en un área comprendida entre las rieras de Horta y Sants, y entre la sierra de Collserola, el Puig Aguilar y el Coll de Codines hasta el mar.[113]​ Este desarrollo agrícola se consolidó con la construcción, a mediados del siglo X —y seguramente por el conde Miró—, de dos canales que dirigían las aguas del río Llobregat y del Besós a las inmediaciones de la ciudad: la del Besós era conocida como Acequia Condal (Rec Comtal o Regomir), y era paralela a la Strata Francisca, una vía que constituía una variante de la antigua Via Augusta romana, y que fue construida por los francos para aproximar mejor la ciudad al centro del Imperio carolingio.[114]

Por otro lado, en el llano de Barcelona fueron surgiendo entre los siglos x y xii diversas aldeas y núcleos de población, generalmente en torno a parroquias y de carácter eminentemente agrícola: San Andrés de Palomar, San Ginés dels Agudells, San Vicente de Sarriá, San Gervasio de Cassolas, Santa Cecilia de Pedralbes, Santa María de Sants, Santa María de Vallvidrera, San Martín de Provensals, Santa Eulalia de Vilapicina, San Juan de Horta, Santa María de Font-rúbia, Santa Eulalia de Provençana, Santa María de Bellvitge y San Adrián de Besós.[115]

Tras la expansión territorial del condado de Barcelona, la ciudad pasó a formar parte de la Corona de Aragón, convirtiéndose en uno de los centros políticos, económicos y sociales de un vasto territorio que incluía posesiones por todo el mar Mediterráneo. El recinto de la ciudad fue creciendo desde el primitivo núcleo urbano —lo que hoy día es el Barrio Gótico— y, en el siglo XIV, surgió el barrio del Raval. Barcelona tenía entonces unos 25 000 habitantes.[116]

En el contexto del feudalismo medieval, Barcelona gozó de unos notables privilegios, concedidos primero por los reyes francos y, posteriormente, por los condes catalanes. Los barceloneses eran hombres libres, pudiéndose dedicar sin trabas a sus actividades artesanales y comerciales. Este hecho, junto al factor protector de su muralla y una envidiable situación geográfica, convirtieron a la ciudad en motor del Principado de Cataluña.[nota 5]

A lo largo del siglo XI el condado de Barcelona efectuó una rápida expansión territorial con los territorios ganados a los musulmanes, lo que otorgó una gran prosperidad a la ciudad con los tributos de estos terrenos feudatarios. El conde Ramón Berenguer I unificó los condados de Barcelona, Gerona y Osona tras la renuncia de sus hermanos, sofocó la rebelión del noble Mir Geribert y logró la sumisión del resto de condados catalanes, adquiriendo el de Barcelona la hegemonía sobre el resto. En 1068 compró además los condados de Rasés y Carcasona, en Occitania, con lo que se convirtió en el señor de un vasto territorio.[122]​ Sus hijos Ramón Berenguer II y Berenguer Ramón II mantuvieron la supremacía del condado, incrementaron las parias que le tributaban los reinos musulmanes de Tortosa y Zaragoza y las extendieron a otros reinos, como Denia y Granada.[123]​ Por su parte, Ramón Berenguer III incorporó los condados de Besalú (1111) y Cerdaña (1117) y, gracias a su matrimonio con Dulce de Provenza (1112), pasó a gobernar igualmente en este condado.[124]​ Por otro lado, en 1118, la Iglesia catalana logró independizarse del arzobispado de Narbona, gracias a la autorización del papa para restaurar la sede de Tarragona.[124]

El matrimonio de Ramón Berenguer IV con Petronila de Aragón (1137) unificó los dos territorios bajo una misma dinastía, con lo que se formó la Corona de Aragón,[nota 6]​ de la que Barcelona fue una de las ciudades más importantes y sede práctica de la corte.[125]​ La unión de los dos territorios no fue jurisdiccional, ya que ambos mantuvieron sus instituciones, fueros y privilegios.[126][127]​ Por otro lado, Ramón Berenguer IV conquistó Lérida y Tortosa, con lo que alcanzó un territorio similar al de la actual Cataluña. En 1165 reincorporó además el condado de Provenza.[128]​ Los territorios conquistados —la Cataluña Nueva— fueron repoblados con población cristiana, la cual gozó de ciertos privilegios respecto a la Cataluña Vieja, que seguía bajo el régimen feudal.[129]

En el siglo XII se construyeron diversas fortificaciones para reforzar las defensas de las puertas de la muralla: el Castell Nou, en el Call; el castillo de Regomir, en la puerta del Mar; y el castillo del Ardiaca en el Portal del Bisbe (plaza Nueva).[130]​ La prosperidad ganada con la expansión territorial propició los primeros asentamientos extramuros de la ciudad, una vez alejado el peligro de las incursiones musulmanas. Se crearon diversos núcleos de población (vila nova), generalmente en torno a iglesias y monasterios: así ocurrió alrededor de la iglesia de Santa María del Mar, donde se creó un barrio de carácter portuario; igualmente en la iglesia de San Cucufate, de carácter agrario; el barrio de San Pedro en torno a San Pedro de las Puellas; el barrio del Pino surgió alrededor del iglesia de Santa María del Pino; el de Santa Ana junto a la iglesia homónima; el barrio de Arcs se asentó alrededor del Portal del Bisbe; y el Mercadal, en torno al mercado del Portal Mayor.[131]​ También se fue formando poco a poco el barrio del Raval («arrabal»), inicialmente un suburbio poblado de huertos y algunos edificios religiosos, como el monasterio de San Pablo del Campo (914), la iglesia de San Antonio Abad (1157), el convento de los carmelitas calzados (1292), el priorato de Nazaret (1342) o el monasterio de Montalegre (1362).[132]

La creación de estos nuevos barrios obligó a ampliar el perímetro amurallado, por lo que en 1260 se construyó una nueva muralla desde San Pedro de las Puellas hasta las Atarazanas, cara al mar. El nuevo tramo era de 5100 m, y englobaba un área de 1,5 km².[133]​ El recinto contaba con ochenta torres y ocho puertas: San Daniel, Campderà —posterior Portal Nuevo—, Jonqueres, Orbs —luego Portal del Ángel—, Santa Ana, Portaferrissa, Boquería y Trentaclaus.[134]​ También se construyó en la periferia urbana un entramado de fortificaciones para la defensa de la ciudad, como el castillo del Puerto, en Montjuic; los de Martorell y Castellví de Rosanes, en la entrada del río Llobregat; los de Eramprunyà (Gavá) y Casteldefels en el delta del mismo río; y el de Montcada en la entrada del río Besós.[135]

La ciudad fue durante la Edad Media un importante enclave comercial, tanto por su situación entre Francia y los dominios musulmanes —que fue disminuyendo conforme avanzaba la Reconquista—, como en su proyección hacia el mar. En el área portuaria era corriente la ubicación de mercaderes de variada procedencia, sobre todo genoveses, pisanos, griegos, egipcios y norteafricanos.[134]

Cabe remarcar también la importancia que en la era medieval tuvo la Iglesia católica, presente en la vida de la ciudad a través de diversas órdenes monásticas que erigieron multitud de conventos y monasterios por todo el perímetro urbano: benedictinos (San Pablo del Campo, San Pedro de las Puellas, Valldaura, Santa María de Valldonzella, Santa María de Jonqueres), templarios (establecidos en lo que luego sería el Palacio Real Menor), hospitalarios (Hospital de la Santa Cruz), franciscanos (convento de San Francisco, llamado Framenors), dominicos (convento de Santa Catalina), trinitarios (convento de Nuestra Señora de la Buenanueva), agustinos (convento de San Agustín), carmelitas (convento del Carmen), orden del Santo Sepulcro (monasterio de Santa Ana), etc.[136]​ En Barcelona surgió además la orden mercedaria, tras la aparición según la leyenda de la Virgen de la Merced a Jaime I, san Raimundo de Peñafort y san Pedro Nolasco en 1218, a los que impuso la redención de cristianos cautivos de musulmanes; establecidos en el convento de la Merced (actual Capitanía General), su culto se difundió rápidamente y, en 1687, la Merced fue declarada patrona de la diócesis de Barcelona.[137]

El crecimiento económico y social de la ciudad propició desde el siglo XII el establecimiento de diversos órganos de autogobierno y de fuentes propias de legislación urbana. Así, en 1228 se promulgaron los Usatges de Barcelona, un código legislativo que sería la base jurídica para el gobierno de la ciudad, regido hasta entonces por los viejos códigos romano y visigodo. Los Usatges pasaron posteriormente de la ciudad al resto del territorio, y sentaron las bases del derecho catalán. Se conserva un manuscrito en latín, del siglo XII, y una versión catalana del siglo XIII.[138]

El gobierno de la ciudad estaba en manos del vicario (veguer), ayudado por el alguacil o baile (batlle), y asesorado por un consejo de notables, así como —en ocasiones— una asamblea de vecinos, el consell de ple. Pero, al ir creciendo la ciudad, aumentó la representación ciudadana, hasta que en 1258 Jaime I creó una nueva estructura de gobierno municipal, compuesta por cuatro veguers, que estaban asistidos por ocho consejeros y una asamblea de jurados —ciudadanos que representaban los diversos estamentos y gremios de la ciudad—. Inicialmente, esta asamblea contaba con doscientos jurados, pero, en 1265, fue reducida a cien, dando nombre al gobierno municipal desde entonces: Consejo de Ciento, que perduró hasta 1714.[139]​ El Consejo gozaba de amplia autonomía para ejercer el poder municipal, la cual fue reconocida en 1284 por Pedro III con el privilegio Recognoverunt proceres.[140]​ Esta entidad operaba en un campo de actuación que iba desde Montcada hasta Molins de Rey, y desde Casteldefels hasta Montgat. Entre otras cosas, se encargaba del suministro de víveres y agua, del mantenimiento de los caminos, del censo de la población y de la demarcación territorial. También estableció los primeros patrones de edificación urbana, conocidos como Consuetuds de Sanctacilia y promulgados por Jaime I.[141]

En el ámbito comercial, en 1258 se creó el Consulado del Mar, agrupación de armadores y comerciantes que regulaba el comercio marítimo y la reglamentación portuaria. Esta asociación creó su propia legislación mercantil, recogida en el siglo XIV en el Libro del Consulado del Mar, el primer código marítimo conocido a nivel mundial, que sentó las bases del comercio marítimo en todo el Mediterráneo.[142][nota 7]

La máxima institución del Principado eran las Cortes, instituidas en 1283 por Pedro III con una función principalmente legislativa.[nota 8]​ Estaban formadas por tres estamentos o «brazos»: el eclesiástico (presidido por el arzobispo de Tarragona), el militar (presidido por el conde de Cardona) y el real (presidido por el síndico primero de Barcelona). En ellas, tanto el rey como los diversos estamentos hacían peticiones y presentaban quejas y, después de varias deliberaciones, votaban los acuerdos a que hubiesen llegado. La base de este sistema era el pactismo, lo que mermaba la autoridad absoluta del rey, que debía ceder ante los estamentos si quería la colaboración de sus súbditos.[143]​ Las Cortes eran itinerantes, por lo que se celebraban en diversas localidades del Principado según la ocasión. Cada reino tenía sus propias cortes, pero en ocasiones se convocaban unas Cortes Generales de la Corona de Aragón, que solían celebrarse en Fraga o Monzón. Sin embargo, el carácter oligárquico de las Cortes, que solo representaban a los estamentos privilegiados, provocó fricciones sociales en el futuro.[144]

En 1365 estableció su sede en Barcelona la Generalidad de Cataluña,[nota 9]​ un organismo encargado de recaudar tributos y supervisar el cumplimiento de los acuerdos tomados en Cortes, lo que en la práctica equivalía al gobierno ejecutivo del reino. Aunque su ámbito era todo el territorio catalán, su ubicación en Barcelona comportó un cierto control sobre los asuntos urbanos. Entre otras funciones de la Generalidad figuraban cometidos militares vinculados a la defensa, orden público y mediación en disputas judiciales —algo parecido a un Tribunal Supremo— y, por lo general, fue un instrumento de la oligarquía para mantener sus privilegios frente a la monarquía. Su presidencia solía recaer en altos cargos de la jerarquía eclesiástica.[146]

En 1401 se creó la Taula de Canvi de Barcelona («mesa de cambio»), el primer banco público creado en Europa. La Taula tenía por objetivo favorecer el cambio de moneda para las transacciones comerciales, al tiempo que servía de depósito de todos los caudales públicos y judiciales. Estaba regida por dos administradores elegidos por dos años, que debían depositar una fianza de 6000 florines de oro para garantizar su buena gestión. La Taula mantuvo sus funciones con éxito hasta ser disuelta por Felipe V en 1714.[147]

Todas estas instituciones requirieron un número cada vez mayor de funcionarios públicos. Los principales eran: advocats (asesores), clavari (responsable de hacienda), mestre racional (contable), escrivà major (notario), procuradors (administradores de las posesiones de la ciudad), síndics (síndicos), obrers (responsables de obras públicas), mostassaf (policía de mercados) y cap de guaita (responsable de orden público).[148]

Por otro lado, en época medieval apareció el escudo de la Corona de Aragón, origen de la bandera catalana o señera. El escudo presenta cuatro palos de gules en campo de oro, y la leyenda establece su origen en la imposición de cuatro dedos manchados en sangre del rey franco Carlos el Calvo sobre el escudo dorado de Wifredo el Velloso. Sin embargo, esta leyenda aparece por primera vez en la Crónica general de España, y especialmente de Aragón, Cathaluña y Valencia de Pere Antoni Beuter (1551), y no hay indicios medievales de ello, aunque el escudo está documentado por primera vez en 1150. Por otro lado, las primeras evidencias no tenían un número fijo de barras, que quedaron fijadas en cuatro en el siglo XIV, durante el reinado de Pedro el Ceremonioso. Cabe remarcar igualmente que el emblema era en origen dinástico, de la Casa de Barcelona, no territorial.[149]

Los sucesivos reyes de la Corona de Aragón fueron ampliando el reino paulatinamente: Alfonso II incorporó los condados de Rosellón y Pallars Jussá, y amplió las tierras aragonesas por Teruel y Caspe;[150]Pedro II ganó por matrimonio el señorío de Montpellier;[150]Jaime I conquistó Mallorca (1229) y Valencia (1232-1245);[151]Pedro III ocupó Sicilia (1282);[152]Alfonso III reincorporó Mallorca y ocupó Menorca (1287);[153]Jaime II recibió Cerdeña de la Santa Sede (1295), y ocupó Murcia (1296);[154]​ y Pedro IV recibió la soberanía de los ducados de Atenas (1311) y Neopatria (1318), conquistados por la Gran Compañía Catalana, formada por almogávares.[155]​ Esta expansión territorial forjó un auténtico imperio, hegemónico en el Mediterráneo occidental durante buena parte de la Edad Media.[108]

Desde el siglo XIII, Barcelona gozó de un período de gran esplendor económico, social y cultural, motivado por la expansión territorial y comercial por el Mediterráneo: Túnez y Argel, donde se comerciaba en oro y esclavos; Sicilia y Cerdeña, que aportaban trigo y sal; Constantinopla, donde se obtenía algodón, especias y esclavos; Chipre, Damasco y Alejandría, otra fuente de especias.[156]​ Durante este período, la ciudad rivalizó con Génova y Florencia en cuanto a volumen comercial y potencia marítima.[157]​ Jaime I favoreció especialmente la economía barcelonesa: en 1227 prohibió la carga de mercancías en barcos extranjeros mientras hubiese naves catalanas disponibles; en 1230 otorgó la libertad de comercio con Mallorca; y, en 1232, el comercio barcelonés fue exento de cualquier imposición real en los territorios de la Corona.[130]​ Gracias a sus privilegios, la ciudad gozaba de gran autonomía, y su volumen de recaudación de impuestos era superior al de la corona; además, obtenía capitales gracias a emisiones de obligaciones.[157]​ Era también el punto neurálgico de un abundante tráfico terrestre (trigo, aceite, vino, productos lácteos, madera, hierro), y un importante centro manufacturero (textiles, armas, hierro forjado, cuero).[157]

La fiscalidad barcelonesa estaba repartida entre la real y la municipal. La real se basaba principalmente en impuestos indirectos, que grababan principalmente las mercancías: lleudes, sobre la compraventa; passatges, sobre la circulación; y mesuratges, por la medición pública durante las transacciones. La fiscalidad municipal era por lo general directa, a través de tallas, colectas o repartos, recaudados en función de la riqueza de cada ciudadano.[158]​ En cuanto al sistema monetario, al dinero carolingio sucedió tras la independización del condado el dinero de vellón, con un 75 % menos de plata. En el siglo XI apareció el mancús de oro, inspirado en el dinar califal, aunque al siglo siguiente desapareció. En tiempos de Jaime I la moneda de Barcelona pasó a ser de toda Cataluña. En 1285 apareció el cruzado (croat), con un valor de doce dineros; pervivió hasta 1707. Por último, en tiempos de Pedro IV, apareció el florín de oro.[159]

El continuo crecimiento urbanístico propició una nueva prolongación del recinto amurallado, con la construcción de la muralla del Raval, en la zona occidental de la ciudad, que englobó una superficie de 218 ha, con un perímetro de 6 km. Las obras duraron alrededor de un siglo, desde mediados del siglo XIV hasta mediados del xv. El nuevo recinto urbano partía de las Atarazanas, siguiendo las actuales rondas (San Pablo, San Antonio, Universidad y San Pedro), bajando por el actual paseo de Lluís Companys hasta el monasterio de Santa Clara (en el actual parque de la Ciudadela), hasta el mar (por la avenida Marqués de la Argentera). Actualmente solo se conserva el Portal de Santa Madrona, en las Atarazanas.[160]

Desde mediados del siglo XIV Barcelona vivió una crisis demográfica motivada por la escasez de alimentos y una prolongada sucesión de pestes que diezmaron la población. Paradójicamente, esto provocó un repunte de la economía, ya que la subida de precios por la escasez de alimentos favoreció la especulación, al tiempo que la crisis demográfica derivada de las pestes llevó a la concentración de capitales. Sin embargo, a partir de mediados del siglo XV el comercio marítimo se vio afectado por la piratería y, desde inicios del siglo XVI, por la apertura de la ruta a Oriente por el Atlántico circunnavegando África. Los comerciantes genoveses y provenzales sustituyeron a los catalanes en los principales mercados mediterráneos y, a inicios del siglo XVI, solo las plazas conquistadas en el norte de África por la Monarquía Hispánica mantenían viva la actividad comercial catalana. Estos factores, junto al endeudamiento de la monarquía y las revueltas campesinas, generalizaron un ambiente de crisis económica.[161]​ Por otro lado, la llegada al poder de los Trastámara tras el compromiso de Caspe relegó a Barcelona como centro político y comercial de la Corona de Aragón. El rey Alfonso el Magnánimo fijó la corte en Nápoles, alejándose de los intereses peninsulares e iniciando una política imperialista situada muy por encima de sus posibilidades, que agravó la crisis.[162]

Desde 1333, primer año de hambre debido a unas malas cosechas, se sucedieron los desastres: en 1348 la peste negra asoló la ciudad, reapareciendo cíclicamente hasta finales del siglo XV: 1363, 1371, 1396, 1410, 1429, 1439, 1448, 1466, 1476, 1483, 1494 y 1497. En siglo y medio, la población se redujo en unos 10 000 habitantes.[163]​ En 1359, Barcelona fue asediada por mar por parte de la flota castellana de Pedro I el Cruel, en el contexto de la Guerra de los Dos Pedros (1356-1375).[164]​ Además, el terremoto del 2 de febrero de 1428 dejó un saldo de veintidós fallecidos.[165]​ Por otro lado, en 1391 se produjo un asalto al barrio judío del Call, debido a la acusación infundada de originar la peste, que se saldó con una matanza de buena parte de la población judía. El barrio ya no se recuperó, hasta que, en 1401, el rey Martín el Humano lo clausuró; la expulsión total de los judíos se materializó en 1492, ordenada por los Reyes Católicos.[166]

La crisis económica, de escala europea desde mediados del siglo XIV, afectó gravemente a Barcelona, que tuvo que recurrir a emisiones de deuda pública para financiarse: se emitieron títulos de rentas perpetuas (censals, con un interés del 7,14 %) o vitalicios (violaris, con un interés del 14,28 %), lo que, unido al descenso de los ingresos por impuestos municipales (del 84 % en 1359 al 34 % en 1414), provocó una grave recesión económica.[167]​ También perjudicó a la economía el cambio de moneda del cruzado al florín, ordenado por Pedro IV en 1346, una medida contraproducente por las fuertes cargas necesarias para mantener la solidez de la nueva moneda, lo que produjo continuas devaluaciones.[167]

La relación con la nueva dinastía reinante fue tensa, lo que se reflejó en el conflicto del vectigal (1416), un impuesto sobre las transacciones de carne y pescado fresco, que enfrentó al Consejo de Ciento con el rey Fernando I. En una estancia en la ciudad, los emisarios del rey compraron vituallas y se negaron a pagar el impuesto, lo que motivó una enérgica protesta del conseller segon, Joan Fiveller, ante el rey. Finalmente, hubo una solución de compromiso: el rey no pagó, pero lo hizo en su nombre uno de sus subordinados, Bernat de Gualbes.[168]​ Durante el reinado de Fernando I se compilaron las Constitucions i altres drets de Catalunya (Constituciones y otros derechos de Cataluña, 1413-1422, primera edición en 1495).[169]

Durante este tiempo se sucedieron las revueltas populares, lo que propició la creación de dos facciones enfrentadas: la Biga, un grupo ligado a la oligarquía noble y eclesiástica; y la Busca, un estamento de las clases populares, mercaderes y artesanos. En 1453, la Busca accedió al gobierno municipal, y propulsó una serie de reformas como la democratización del gobierno municipal, la devaluación de la moneda y el proteccionismo comercial. Tras siete años de gobierno, la Biga, apoyada por la Generalidad, retomó el poder municipal, e inició una política revanchista que conllevó la ejecución de diversos dirigentes de la Busca.[170]

Por otro lado, la ciudad se vio involucrada en el conflicto entre Juan II y su hijo, Carlos de Viana, enemistados por la sucesión al reino de Navarra tras la muerte de la reina Blanca, esposa de Juan y madre de Carlos. Esta rivalidad se reflejó en el terreno político: Juan, enfrentado a la oligarquía que pretendía recortar los derechos reales, se apoyó en las clases populares, especialmente los remensas, campesinos ligados a la tierra por lazos de vasallaje, cansados de los malos usos ejercidos por los terratenientes sobre ellos; en contrapartida, Carlos se apoyó en la oligarquía. Así, una vez recuperado el control de la ciudad por la Biga, apoyaron al príncipe en sus pretensiones, y fue recibido triunfalmente en la ciudad en 1460. Poco después, el príncipe fue encarcelado en Lérida acusado de traición, por lo que las Cortes levantaron un ejército contra el rey y le obligaron a liberarlo. De vuelta en Barcelona, al poco tiempo el príncipe falleció, pero ya había una situación tensa entre la monarquía y los dignatarios catalanes.[171]

En 1462 estalló la revuelta de los remensas, a los que combatió la Generalidad. La reina Juana Enríquez buscó el apoyo de la Busca, que fue inmediatamente disuelta por la Generalidad, por lo que la reina tuvo que huir a Gerona, donde fue sitiada por las tropas de la Generalidad. Al ser socorrida por el rey Juan II, quien al entrar militarmente en el Principado transgredió un acta constitucional, se inició una guerra civil entre el rey y la Generalidad (1462-1472), que involucró a otros países: Juan II contó con el apoyo de Francia, mientras que la Generalidad obtuvo la ayuda de Castilla, a cambio de ofrecer la corona a Enrique IV.[172]​ Más adelante, tras la renuncia de Enrique IV, la Generalidad ofreció la corona al condestable Pedro de Portugal; y, tras la muerte de este, a Renato de Anjou, con lo que se invirtieron las tornas: Francia pasó a ayudar a la Generalidad, y Castilla a Juan II, tras el matrimonio de su hijo Fernando con Isabel.[173]​ Finalmente, la contienda acabó con la toma de Barcelona por el ejército real en 1472. La Paz de Pedralbes (1472) preservó los privilegios del gobierno municipal, pero diez años de guerra supusieron el hundimiento económico de la ciudad.[174]

El hijo de Juan, Fernando II —apodado el Católico—, buscó la pacificación general, e introdujo el proceso de insaculación en la designación de cargos en la Generalidad y el Consejo de Ciento. En las Cortes de 1480-1481 se introdujo la Constitución de la Observancia, que instauró el equilibrio entre las pretensiones reales y las de la oligarquía catalana. También propició la Sentencia arbitral de Guadalupe (1486), que abolió los malos usos feudales.[175]​ Por otro lado, estimuló la economía con su política de Redreç, por la que reservaba a la marina catalana los mercados de Sicilia y Cerdeña, al tiempo que estipulaba una protección arancelaria para las manufacturas catalanas.[176]

Fernando se casó con Isabel I de Castilla, una unión dinástica que no implicó la unidad de los reinos, que mantuvieron sus instituciones y particularidades, incluida una moneda diferente.[177]​ En 1486 se estableció en Barcelona la Inquisición, y se nombró primer inquisidor al dominico Alfonso de Espina, quien en 1488 realizó su primer auto de fe, que llevó a la hoguera a cuatro personas.[178]​ Fernando sufrió un atentado en 1492 durante su estancia en Barcelona, por parte de un campesino, Juan de Cañamares, probablemente perturbado mental, quien le hizo una herida en el cuello.[179]​ Los Reyes Católicos recibieron en Barcelona a Cristóbal Colón al regreso de su primer viaje a América, en 1493.[177]​ Ese mismo año firmaron con Carlos VIII de Francia el Tratado de Barcelona, por el que recuperaban Rosellón y Cerdaña, tomadas por Francia durante la guerra civil, a cambio de reconocer los derechos del francés sobre el reino de Nápoles.[180]

El territorio de la ciudad durante la época medieval excedía el de su recinto urbano, delimitado por sus murallas. Entre los siglos viii y xiv Barcelona fue delimitando un área de influencia con las localidades de su entorno, que llegó a englobar una superficie de unos 275 km². En el siglo XI el territorio de la ciudad se hallaba aproximadamente entre Molins de Rey, Collserola y Vallvidrera hasta el mar, por un lado, y entre Badalona y Cornellá. Posteriormente se amplió este territorio hasta Montgat y hasta Casteldefels, en el otro extremo de la costa, tal y como recogen los Usatges en el siglo XII. Hasta el siglo XIV este territorio se amplió hasta Mataró y Caldas de Estrach, además de Moncada y Abrera; ese siglo se amplió provisionalmente con Rubí, Vilamajor y Las Franquesas, pero estos no llegaron a consolidarse. El dominio institucional de la ciudad sobre este territorio desapareció en 1716, con el decreto de Nueva Planta.[181]

Este territorio se estructuró jurisdiccionalmente como veguería, un tipo de demarcación establecida alrededor de una ciudad o vicus, y administrada por un vicario (veguer), usual en Cataluña durante la Edad Media. Por el oeste delimitaba con la veguería del Penedés, a través de los términos de Eramprunyà, Cervelló, Corbera, Castellví y Martorell; por el norte y el este delimitaba con la veguería del Vallés, con frontera en las localidades de El Papiol, Molins de Rey, Vallvidrera, Santa Coloma de Gramanet, la Conreria y Montgat. Posteriormente se amplió esta demarcación con las localidades de Abrera, San Esteban de Sasroviras, Castellbisbal, Alella, Teyá, Vilasar, Burriac, Cabrils, Argentona, Mataró, Llavaneras y Caldas de Estrach.[182]

Por otro lado, a lo largo del período medieval Barcelona adquirió diversas baronías, por lo que se convirtió en señora feudal. Estas adquisiciones, generalmente por compra, respondían a intereses estratégicos de la ciudad, para asegurarse centros de abastecimiento o controlar ciertas rutas viarias. Así, en 1390, la ciudad compró el castillo y lugar de Montcada, así como la señoría alodial del castillo de Cervelló; y, en 1400, el castillo de Flix y el lugar de la Palma. Otras adquisiciones se hicieron para ayudar económicamente al monarca: en 1391 se compró a carta de gracia —con retroventa— el castillo de Arraona y las villas de Sabadell, Tarrasa, Tárrega, Vilagrasa, Elche y Crevillente, estas dos últimas retornadas en 1473; y, en 1409, una parte del condado de Ampurias (Castellón y el valle de Banyuls). Otras compras, por distintos intereses, fueron: la señoría alodial del castillo de Montornés (1390), Caldas de Estrach (1396), la bailía de Fortiá (1445) y la baronía de Montbui (1490). Barcelona conservó estas baronías hasta el siglo XVII.[183]

Cabe señalar también un privilegio que la ciudad podía conceder a otras localidades por el cual pasaban a ser consideradas como «calles» de Barcelona, y así quedaban bajo la protección institucional de la ciudad: el carreratge. En estos casos, la jurisdicción de estas localidades se compartía entre la ciudad y el monarca: la primera mantenía la titularidad y, el segundo, el usufructo. Barcelona llegó a tener 74 localidades consideradas como calles, entre ellas: Igualada, Cardedeu, Vilamajor, Llissá de Munt, La Ametlla, San Felíu de Codinas, Mollet del Vallés, Sardañola del Vallés, Granollers, Caldas de Montbui, Montmeló, San Cugat del Vallés, Santa Perpetua de Moguda, Vallvidrera, Martorell, Molins de Rey, Olesa de Montserrat, Mataró, Vilasar de Dalt, Argentona, Premiá de Mar, Villanueva y Geltrú, Moyá, Palamós, San Sadurní de Noya, Ripoll y Cambrils.[184]

En cuanto a la división administrativa de la ciudad, la primera delimitación se estableció en 1389, fecha en que se dividió el recinto urbano en cuatro cuarteles (quarters): Framenors, Pi, Mar y Sant Pere. Esta división se efectuó estableciendo una cuadrícula con la plaza del Trigo como centro geométrico, con una separación de los cuarteles del norte y del sur fijada en el antiguo cardo maximus romano. En el siglo XV se añadió otro cuartel, el del Raval, con lo que se estableció una división que llegó hasta el siglo XVIII.[185]

Por último, cabe remarcar que Barcelona tenía plena autonomía para actuar incluso con las armas en defensa de su territorio y sus intereses, ante cualquier conflicto planteado con otros señores feudales de su entorno. Así, la ciudad tenía una milicia formada por los diversos estamentos de la ciudad, el somatén u host reial, bien preparado y organizado, que actuaba según requiriese la situación.[186]

La sociedad de la época era estamental, con clases sociales bien definidas y poca movilidad vertical ascendente. Había tres estamentos: la nobleza, el clero y el general (o «brazo real»). Este último se dividía a su vez en tres categorías o «manos»: la mà major, formada por el patriciado urbano, la burguesía económica, altos funcionarios y otros personajes relacionados con el poder económico, llamados en general ciutadans honrats («ciudadanos honrados»); la mà mitjana, compuesta por mercaderes y profesionales (notarios, juristas, cirujanos, farmacéuticos, escribanos); y la mà menor (o poble menut), en que se englobaban las clases populares, formadas por obreros, artesanos, peones, pequeños comerciantes y otros. Fuera de estos estamentos se encontraban los excluidos de la sociedad: esclavos, mendigos y prostitutas, además de los judíos, aunque algunos de estos tuviesen gran poder adquisitivo.[187]​ Las diferencias sociales y el monopolio del gobierno municipal por la oligarquía urbana provocaron tiranteces en ciertos momentos, y ocasionalmente se vivió alguna rebelión popular, como la protagonizada por Berenguer Oller en 1285 en demanda de una distribución del poder municipal.[188]

La vida diaria se centraba en los trabajos artesanales y el comercio, que se celebraba en los escasos espacios públicos de la ciudad: en la plaza del Aceite se vendía aceite, huevos, queso y aves de corral; en la plaza del Trigo, trigo y harina; y en las plazas Nueva y de las Coles se vendían frutas y verduras. Había diversas carnicerías por toda la ciudad, pero solo una pescadería, en el barrio costero de la Ribera. Había también esparcidas por la ciudad diversas tiendas de víveres como legumbres, manteca y salazones, tabernas donde se servía vino y tiendas de especieros, que despachaban especias, dulces y azúcar.[189]​ Pese a todo, el alimento básico era el pan, que se solía preparar en el hogar, y luego se llevaba a cocer a los hornos públicos, que también lo vendían. Se solía hacer de harina de trigo, cebada, cereales o legumbres (garbanzos o habas), aunque el más caro era el de trigo, por lo que solo estaba al alcance de las clases pudientes.[139]​ Los trabajos artesanales estaban agrupados en gremios, cada uno de los cuales ocupaba una zona específica de la ciudad, hecho palpable aún hoy en día por el nombre de diversas calles del casco antiguo.[nota 10]

Las casas solían ser del «tipo artesanal», con una planta baja destinada al taller y uno o dos pisos de vivienda, generalmente con unas medidas de 4 m de ancho y 10-12 de profundidad, a veces con un pequeño huerto en la parte posterior.[191]​ No tenían baño, ya que la higiene no era una costumbre muy extendida; algunas casas tenían retrete en el patio o huerto, que daba a un pozo ciego, pero si no las necesidades se efectuaban en un orinal, que a menudo se vaciaba en la calle.[147]

La actividad diaria quedaba frenada por la noche, horario en que se cerraban las puertas de la ciudad y la gente se quedaba en sus casas. En esas horas no se podía gritar, andar disfrazado o sin llevar alguna luz, pues era motivo de sospecha y denuncia.[139]​ En esa época apenas había iluminación nocturna pública, tan solo algunos tederos esparcidos por la ciudad, con combustible de madera resinosa o alquitrán; aún se conserva alguno, como los de la plaza del Rey o los de la iglesia de Santa María del Mar.[192]​ La única actividad se centraba en los burdeles: en esa época se reguló la prostitución, actividad que solo se podía ejercer de los doce a los veinte años, y bajo un férreo control por parte de las autoridades; las prostitutas debían vestir de blanco y con un cinturón azul cuando salían a la calle y, en Semana Santa, eran confinadas en conventos. La mayor parte de los burdeles se hallaba en las Ramblas.[193]

En el ámbito festivo, desde 1319 se inició la procesión de Corpus Christi, que pasó a ser la festividad más popular de la ciudad tanto en el ámbito religioso como social. Barcelona fue la segunda ciudad de todo el mundo cristiano en celebrar esta procesión, tras Roma. En la procesión participaban, además del clero y las autoridades civiles y militares, los principales gremios de la ciudad y, además de la comitiva, se celebraban unas comparsas teatrales llamadas entremeses.[194]​ De estas comparsas surgieron algunas figuras tradicionales que aún perduran en las festividades de la ciudad, como los gigantes y cabezudos, los correfocs, diablos y dragones de fuego.[195]​ Otra tradición del Corpus era L'ou com balla, consistente en hacer bailar un huevo sobre un surtidor de agua, que aún se practica en la catedral de Barcelona.[195]

La cultura medieval se forjó con diversos sustratos procedentes de las diversas civilizaciones que dejaron su impronta en el territorio catalán desde la antigüedad, desde la sociedad hispanorromana, pasando por la visigoda, judía y musulmana, hasta la franca, además de otras influencias como la occitana.[196]​ Las relaciones con el emirato de Córdoba, pese a la enemistad y las múltiples campañas militares entre ambos reinos, fueron fructíferas, tanto en el terreno económico como en el cultural: gracias al contacto con la civilización islámica llegaron a tierras catalanas —y, a menudo, sirvió de puente con Europa— adelantos culturales y descubrimientos científicos como la numeración arábiga, el álgebra, el astrolabio, el papel, la pólvora y la brújula; las técnicas médicas y los descubrimientos farmacéuticos; la filosofía y el pensamiento islámico, principalmente el averroísta; y también fue significativa la recuperación del legado cultural grecolatino, preservado por los musulmanes en un período de decadencia occidental.[197]

Uno de los hechos más relevantes de este período a nivel cultural fue el surgimiento del catalán como idioma, a través de su evolución del latín vulgar local. En Barcelona, como sede del condado y una de las principales ciudades de la Corona de Aragón, se forjó el catalán más normativo, especialmente por la labor realizada por los escribanos de la Cancillería Real. En el siglo XV surgió uno de los primeros escritos normativos del catalán, Les regles de esquivar vocables o mots grossers i pagesívols, que aconsejaba un modelo de lengua basado en los dialectos de Barcelona y Valencia.[198]

Durante la época medieval se consolidó el catalán como idioma literario: los primeros vestigios del catalán como lengua escrita aparecen en frases sueltas y pequeños textos en documentos jurídicos, administrativos o económicos, entre los siglos xi y xii; el primer texto escrito íntegramente en catalán es una traducción del Liber Iudiciorum del siglo XII; de comienzos del siglo XIII son las Homilies d'Organyà, una colección de sermones cuaresmales.[199]​ Durante buena parte del período medieval la poesía se escribió en lengua de oc, mientras que el catalán proliferó en las crónicas, como el Llibre dels feits de Jaime I o las crónicas de Bernat Desclot y Ramón Muntaner.[200]​ Uno de los principales escritores barceloneses de la época fue Bernat Metge, introductor del estilo renacentista en la literatura catalana (Lo somni, 1399).[201]

Durante este período la filosofía fue indisoluble de la teología, y floreció en los scriptoria monásticos. El dominico Raimundo Martí estudió en París con Alberto Magno, y fue condiscípulo de Tomás de Aquino. Arnau de Vilanova fue discípulo suyo. Joan Bassols estudió también en París, con Juan Duns Escoto. Ramon Llull pasó algunas estancias en Barcelona, donde recibió la protección de Jaime II; en 1392 se fundó la Escuela Luliana de Barcelona. De esta época cabe destacar también la filosofía judía, representada por Abraham Bar Hiyya, Bonastruc ça Porta —protagonista en 1263 de la Disputa de Barcelona con Pau Cristià—, Shlomo ben Adret y Hasdai Crescas.[202]

Durante la Edad Media se dieron dos principales estilos artísticos: el románico y el gótico. El románico se desarrolló desde cerca del año 1000 hasta el siglo  XIII: en arquitectura destacan el monasterio de San Pablo del Campo (siglos xii-xiii),[203]​ el monasterio de Santa Ana (siglo XII), [204]​ y el Palacio Episcopal de Barcelona (siglo XIII).[205]​ En escultura destacaron los talleres de San Pablo del Campo y del Palacio Episcopal, responsable este último probablemente del portal del claustro de la catedral.[206]​ En cuanto a pintura, los primeros artífices conocidos son Arnau de Terrassa y el maestro Martí, ya a finales del siglo  XIII.[207]

El gótico se desarrolló entre los siglos xiii y xvi. En arquitectura destaca la Catedral de Barcelona, reformada entre 1298 y 1405 (la fachada es del siglo XIX),[208]​ además de las iglesias de Santa María del Pino (1319-finales del siglo XIV),[209]Santa María del Mar (1329-1384),[210]​ y Santos Justo y Pastor (1342-1360);[211]​ en el terreno civil destacó el Palacio Real Mayor,[212]​ la Casa de la Ciudad,[213]​ el Palacio de la Generalidad de Cataluña,[214]​ las Atarazanas,[215]​ la Lonja[216]​ y el Hospital de la Santa Cruz.[217]​ En escultura, los primeros ejemplos destacados son los sepulcros de santa Eulalia de la Catedral de Barcelona y el de Elisenda de Moncada en el monasterio de Pedralbes;[218]​ posteriormente destacaron Jordi de Déu y Aloi de Montbrai y, en el gótico internacional, Pere Sanglada y Pere Johan.[219]​ En pintura hubo diversas fases: «gótico lineal» o «francogótico» (pinturas murales del Salón del Tinell y del Palacio Aguilar);[220]​ «gótico italianizante» (Jaume Ferrer Bassa);[221]​ «gótico internacional» (Joan Mates, Bernardo Martorell);[222]​ y «gótico flamenquizante» (Lluís Dalmau, Jaume Huguet, Bartolomé Bermejo).[223]

La música en esta época era preferentemente religiosa o cortesana, interpretada por cantores, organistas y ministriles, que tocaban instrumentos como flautas, laúdes, tambores, cornetas, chirimías, sacabuches y bajones. La Capilla de Música de la Corona de Aragón fue durante el siglo XIV uno de los centros musicales más relevantes de Europa.[224]

Durante la Edad Media la ciencia estuvo circunscrita a los círculos monacales que preservaban los conocimientos legados por griegos y romanos, aunque no se avanzó especialmente en cuanto a investigación. En el siglo X el arcediano Sunifred Llobet tradujo un tratado astrológico del árabe al latín. También destacaron algunos estudiosos judíos del Call, especialmente en medicina y matemáticas. La primera universidad, el Estudio General, se fundó en 1450. Por otro lado, en 1474 se introdujo la imprenta, que ayudó enormemente a la difusión científica.[225]​ En cuanto a medicina, en 1401 se creó el Estudio de Medicina para la docencia de esta actividad y, ese mismo año, se inició la construcción del Hospital de la Santa Cruz. Como médicos destacaron Pere Gavet, Semuel ben Benvenist y Antoni Ricard.[226]

Crónica de Ramon Muntaner.

Palacio Episcopal de Barcelona.

Basílica de Santa María del Mar.

San Jorge (1418), de Pere Johan, Palacio de la Generalidad de Cataluña.

Virgen dels Consellers (1443), de Lluís Dalmau, MNAC.

Retablo del Condestable (1465), de Jaume Huguet, capilla de Santa Ágata.

Piedad del canónigo Desplá (1490), de Bartolomé Bermejo, Catedral de Barcelona.

En este período Barcelona pasó a formar parte de la Monarquía Hispánica, surgida de la unión de las coronas de Castilla y Aragón. Fue una época de alternancia entre períodos de prosperidad y de crisis económicas, especialmente por las epidemias de peste en el siglo XVI y por conflictos sociales y bélicos como la guerra de los Segadores y la guerra de Sucesión entre los siglos XVII y XVIII, aunque en este último siglo repuntó la economía gracias a la apertura del comercio con América y al inicio de la industria textil. La ciudad seguía encorsetada en sus murallas —la única ampliación fue en la playa, el barrio de La Barceloneta—, pese a que al final del período tenía casi 100 000 habitantes.[227]

Durante la primera mitad del siglo XVI continuaron las pestes y las hambrunas: en 1530 Barcelona perdió 6250 habitantes en cuatro meses por la peste; la falta de trigo era crónica, y representaba una preocupación constante para las autoridades de la ciudad, pese a que la Sentencia arbitral de Guadalupe benefició a la agricultura, que contó con nueva mano de obra gracias a la llegada de inmigrantes del sur de Francia, especialmente de Occitania, lo que palió el descenso demográfico.[228]

En este período se instituyó la figura del virrey —o lugarteniente—, generalmente de la nobleza castellana, el cual representaba al monarca y tenía funciones militares, administrativas, financieras y judiciales. El virrey estaba ayudado por un capitán general para el ejército destinado en Cataluña, y un gobernador encargado del orden público; también se creó una Tesorería para las finanzas, y la Real Audiencia para la administración de justicia. Las relaciones de los sucesivos virreyes con la Generalidad fueron tensas, ya que esta recaudaba la mayor parte de los impuestos en Cataluña, y preservaba celosamente los intereses de la oligarquía catalana.[229]​ En 1593 se estableció en la ciudad la orden jesuita, con la fundación del Colegio de Cordellas, dedicado a la educación de los nobles, por lo que se contrapuso al Estudi General, patrocinado por el consistorio.[93]

Durante los siglos xvi y xvii adquirieron cada vez mayor relevancia en la actividad económica de la ciudad —y, consiguientemente, en el gobierno municipal— los gremios y cofradías, instituciones de origen medieval pero que cobraron protagonismo en este período de la historia. Los gremios, surgidos a partir del siglo XIII, eran asociaciones profesionales que regulaban la práctica de los diversos oficios artesanales de la época, tanto a nivel profesional como económico y social, instaurando un estricto reglamento para controlar la producción y los precios, así como para evitar la competencia y el monopolio. También controlaban la formación y la graduación de sus miembros —por orden jerárquico: aprendices, oficiales y maestros—. Con el tiempo fueron adquiriendo peso en el gobierno municipal y, en 1641, lograron una representación de dos consejeros en el consistorio.[230]

Durante esta época la Monarquía Hispánica floreció con el comercio con América, monopolizado por la Corona de Castilla, pero en el que intervino indirectamente Cataluña —y, por ende, Barcelona—, a través del comercio de cabotaje con Cádiz y Sevilla, principalmente de productos como paños, vidrio, cuero y libros, además de vino, aguardiente y frutos secos.[231]​ También se reactivó el comercio con Zaragoza, como puerta de entrada hacia Castilla de los productos catalanes.[231]​ Sin embargo, la crisis económica y un cierto vacío de autoridad propiciaron durante estos años el auge del bandolerismo por las tierras catalanas.[232]​ Por otro lado, la ciudad tuvo un papel destacado en la política mediterránea de Carlos I y fue el centro organizativo de la expedición a Túnez en 1535, donde trabajaron sin parar las cecas y las atarazanas.[233]​ En 1529 se firmó la Paz de Barcelona entre Carlos I y el papa Clemente VII, por la que el monarca reconocía los derechos de la familia Médici —a la que pertenecía el papa— sobre la ciudad de Florencia y otras plazas italianas, al tiempo que el pontífice reconocía a Carlos como rey de Nápoles.[234]

Es de remarcar que durante la Edad Moderna, al contrario que en el resto de Europa, donde predominaban las clases aristocráticas, en Barcelona destacaba la clase media, que gozaba de prestigio y prosperidad, y donde un simple artesano podía llegar a regir el gobierno de la ciudad.[235]​ El humanista italiano Lucio Marineo Sículo, de visita en Barcelona a finales del siglo XV, escribió lo siguiente:

Esta época no fue de excesivas reformas urbanísticas, ya que la pérdida de la capitalidad de Barcelona comportó la disminución de proyectos de gran envergadura. En la primera mitad del siglo XVI se construyó la muralla del Mar, donde se emplazaron los baluartes de Levante, Torre Nueva, San Ramón y Mediodía.[236]​ En el siglo XVII se amplió nuevamente la muralla de la ciudad con la construcción de cinco nuevas puertas (San Severo, Talleres, San Antonio, San Pablo y Santa Madrona, esta última una reconstrucción de la del siglo XIV).[237]​ Durante los siglos XV y XVI se construyó un puerto artificial que cubriese por fin las necesidades del importante centro mercantil que era Barcelona: paradójicamente, durante la época de esplendor del comercio catalán por el Mediterráneo, Barcelona no contaba con un puerto preparado para el volumen portuario que era habitual en la ciudad. El antiguo puerto al pie de Montjuic había sido abandonado y la ciudad contaba únicamente con la playa para recibir pasajeros y mercancías. Los barcos de gran calado debían descargar mediante barcas y mozos de cuerda (bastaixos). Por fin, en 1438, se obtuvo el permiso real para construir un puerto: en primer lugar, se hundió un barco cargado de piedras para servir de base al muro que unió la playa con la isla de Maians; reforzado el muro en 1477, se alargó en forma de espigón en 1484. A mediados del siglo XVI se amplió el puerto ante la campaña iniciada por Carlos I contra Túnez. A finales de siglo, el muelle contaba con una longitud de 180 m por 12 de ancho. Nuevas obras de mejora en el siglo XVII dieron por fin un puerto en condiciones para la ciudad.[238]

Desde la unión de Castilla y Aragón con los Reyes Católicos, Barcelona perdió la primacía que tenía durante la época medieval, una vez trasladada la corte e instaurada una lugartenencia para el gobierno del Principado. Las relaciones con la nueva casa reinante, los Austrias, fueron bastante buenas en un principio: en 1519 Carlos I fue recibido triunfalmente en la Ciudad Condal, y fue en ella donde recibió la noticia de la muerte de su abuelo el emperador Maximiliano I, por lo que convocó una reunión de la Orden del Toisón de Oro y, días más tarde, fue elegido emperador; las autoridades barcelonesas fueron las primeras en rendirle honores por su nombramiento.[239]Felipe II asistió a algunas Cortes, y contó como uno de sus hombres de confianza con el barcelonés Luis de Requesens, quien participó en la batalla de Lepanto (1571) y fue gobernador de los Países Bajos (1574-1576).[240]

Sin embargo, con los reinados de Felipe III y Felipe IV estas relaciones empezaron a ser algo tensas y, paulatinamente, los monarcas dejaron de asistir a las Cortes Catalanas. Las relaciones se fueron deteriorando, especialmente desde que el rey Felipe IV y su valido, el conde-duque de Olivares, propusieron en 1626 la Unión de Armas, un proyecto para crear un ejército permanente en territorio español, al que Cataluña tendría que haber aportado 16 000 soldados, además de cubrir sus gastos. Para ello, el rey se dirigió a las Cortes el 18 de abril de 1616 y, en su condición de conde de Barcelona, exhortó a los diputados a aumentar su contribución a los gastos de la Corona en su política exterior, a lo que estos se negaron.[nota 11]​ Desde entonces fue creciendo el intento de la monarquía de incrementar la presión fiscal, así como la resistencia de las Cortes a hacer concesiones. Asimismo, las poblaciones catalanas, entre ellas Barcelona, se resistían al pago del quint, un impuesto que recaudaba la quinta parte de las rentas municipales.[241]​ En este ambiente, cuando en 1635 estalló la guerra con Francia, Olivares inició las hostilidades por la frontera catalana, para involucrar al Principado plenamente en el conflicto. Según manifestó:

Durante la contienda, los campesinos catalanes fueron obligados a alojar a los soldados —en su mayoría, mercenarios— y darles gratuitamente sal, vinagre, fuego, mesa y servicio.[243]​ Tras las primeras hostilidades, en 1640 se llegó a un cierto statu quo, por lo que las tropas —unos 10 000 soldados— quedaron recluidas en territorio catalán. Se produjeron entonces numerosos abusos y desmanes, hasta que hubo una revuelta en Santa Coloma de Farners, donde fue asesinado el alguacil Monrodon. Por ello, la localidad fue destruida, hecho que generalizó la revuelta en todo el territorio y, el 7 de junio de 1640, se produjo en Barcelona una rebelión popular conocida como el Corpus de Sangre, en la que fue asesinado el virrey, conde de Santa Coloma.[243]

Este fue el origen de la llamada guerra de los Segadores (1640-1651), llamada así por contar mayoritariamente entre sus miembros con el campesinado catalán, al que se unió el poble menut, las clases bajas urbanas. El alzamiento fue inicialmente una insurrección popular contra las injusticias sociales y los abusos cometidos por las tropas mercenarias, pero sin ninguna reivindicación política o territorial; de hecho, los amotinados, junto a lemas como Visca la terra i muira lo mal govern («viva la tierra y muera el mal gobierno»), gritaban igualmente Visca lo rei («viva el rey»), y muchos de los ajusticiados fueron funcionarios catalanes.[244]​ Sin embargo, el proceso fue pronto patrimonializado por la Generalidad, dirigida por su presidente, Pau Claris, quienes, en defensa de sus privilegios, se rebelaron contra la Corona.[245]​ Cabe remarcar que también existió en Cataluña un bando realista, por lo que la contienda tuvo también un componente de guerra civil.[246]

La Generalidad logró la ayuda de Francia, a cambio de reconocer a Luis XIII como conde de Barcelona.[247]​ Pese a los éxitos iniciales de las tropas felipistas, el 26 de enero de 1641 fueron derrotadas en la batalla de Montjuic. Sin embargo, tras la muerte de Claris, los franceses tomaron el rumbo de la guerra, como se vio en su victoria en la batalla en el puerto de Barcelona el 30 de junio de 1642. En el transcurso de la guerra, Francia ocupó el Rosellón; esto, junto a los excesos de las tropas francesas, similares a los anteriormente cometidos por las castellanas,[nota 12]​ provocó el desafecto catalán respecto a sus aliados, lo que, unido a los gestos conciliadores del rey Felipe IV, propició la capitulación de Barcelona en 1652.[248]​ El rey promulgó una amnistía general y acató la constitución catalana, aunque Barcelona perdió la gestión de sus recursos militares: las murallas, los baluartes, las atarazanas y el castillo de Montjuic pasaron a la corona, que estableció guarniciones en ellos.[249]

Sin embargo, la guerra con Francia continuó hasta 1659, fecha en que se firmó la paz de los Pirineos, por la que la Monarquía Hispánica perdió el Rosellón, Conflent, Vallespir y el norte de la Cerdaña.[250]​ La paz de los Pirineos duró poco tiempo, y los conflictos entre España y Francia en el contexto europeo continuaron (guerra de los Nueve Años, 1688-1697), afectando a Cataluña y su capital: en 1691 una flota francesa bombardeó Barcelona y, en 1697, ocuparon la ciudad tras un asedio de dos meses, hasta ser liberada tras la paz de Ryswick.[251]

Posteriormente a la contienda, el reinado de Carlos II fue una etapa de reconciliación entre las instituciones de Cataluña y la Corona, al tiempo que se vivió un período de recuperación económica, gracias a la mejora de los procesos manufactureros, el aumento del tráfico mercantil y la expansión de nuevos cultivos.[252]​ Todo ello llevó a denominar esta etapa como de «neoforalismo».[253]

En 1700, la muerte sin descendencia del rey Carlos II provocó un conflicto sucesorio que dio origen a la guerra de Sucesión (1701-1714), donde intervinieron las principales potencias europeas: Francia en defensa del pretendiente Felipe de Borbón —futuro Felipe V—, y el Sacro Imperio Romano Germánico, Gran Bretaña, Países Bajos y Portugal a favor de Carlos de Austria —futuro emperador Carlos VI—.[254]

Cataluña optó inicialmente por Felipe, el cual juró las constituciones catalanas ante las Cortes (1701). En 1704, hubo un intento de desembarco aliado en Barcelona, comandado por Jorge de Darmstadt, el cual fracasó. Sin embargo, algunos excesos cometidos por el virrey Francisco Antonio de Velasco —entre ellos, la expulsión del obispo de Barcelona, Benet de Sala i de Caramany— provocó un giro en las simpatías de algunos dirigentes catalanes, los cuales en 1705 se pasaron al bando de Carlos.[255]​ La mayoría eran nobles, eclesiásticos y comerciantes ricos, generalmente antifranceses y partidarios de un sistema no absolutista, con un modelo económico inspirado en el capitalismo neerlandés.[256]​ Un prohombre barcelonés, Antonio de Peguera y de Aymerich, junto a miembros del partido austracista de Vich —los llamados vigatans—, firmaron con Inglaterra el pacto de Génova, que comprometía a esta a ayudarles militarmente a cambio de su apoyo al archiduque.[257]​ En 1705, las tropas aliadas ocuparon Barcelona, tras tomar el castillo de Montjuic y asediar y bombardear la ciudad durante un mes. En la batalla hubo contingentes catalanes por ambos bandos, hecho que continuó durante toda la contienda, que fue de nuevo una guerra civil en el contexto del Principado, ya que ciudades como Cervera o Berga apoyaron el felipismo. En 1706 el archiduque fue proclamado rey Carlos III por las Cortes Catalanas.[258]

Felipe V intentó denodadamente recuperar la capital catalana y, en 1706, comandó personalmente un ejército que sitió Barcelona por tierra y mar; tras un mes de intensos combates logró capturar el castillo de Montjuic, pero cuando comenzaba a asaltar las murallas de la ciudad fue atacado por mar por una flota aliada y obligado a retirarse.[259]​ Sin embargo, el éxito de la ofensiva francesa en las batallas de Almansa (1707), Brihuega y Villaviciosa (1710), con la ocupación de Valencia y Aragón, y la retirada del pretendiente austríaco tras su entronización como emperador en 1711 (tratado de Utrecht, 1713), dejaron sola a Cataluña.[260]​ Barcelona sufrió un asedio prolongado (14 meses), pero mantuvo una fuerte resistencia pese a sus escasos efectivos —unos 5500 hombres, de ellos solo 500 soldados, junto a voluntarios castellanos, aragoneses y valencianos, además de la Coronela, una milicia gremial que contaba con unos 3000 efectivos—, liderada por el conseller en cap Rafael de Casanova y el general Antonio de Villarroel.[261]​ Finalmente, la ciudad fue tomada el 11 de septiembre de 1714,[262]​ fecha que fue elegida posteriormente (desde 1901) como diada nacional.[263]​ Las bajas entre los defensores fueron de unos 7000 hombres, y el posterior clima de represión provocó numerosos exilios.[264]

La derrota supuso para Cataluña la pérdida de sus fueros —excepto el derecho civil— y sus órganos de autogobierno: con el Decreto de Nueva Planta (1716) se abolieron las Cortes, la Generalidad y el Consejo de Ciento. Se suprimió la figura del virrey, que fue sustituida por el capitán general, que reunía la figura de jefe del ejército, gobernador y presidente de la Real Audiencia.[265]​ El gobierno de la ciudad pasó al nuevo Ayuntamiento, dirigido por una junta de 24 regidores, presidida por un corregidor, todos de designación real y generalmente de carácter vitalicio y, a veces, hereditario —el cargo se podía alquilar en la figura del «teniente»—; el primer ayuntamiento se constituyó el 6 de diciembre de 1718.[266]​ También se suprimieron las veguerías, y el Principado fue dividido en doce corregimientos, uno de ellos con sede en Barcelona, que tenía una demarcación similar a la antigua veguería, a la que tan solo se había segregado el Maresme.[267]​ Las poblaciones del entorno de Barcelona —excepto Gracia[nota 13]​ se desligaron de la jurisdicción de la ciudad, y establecieron ayuntamientos propios.[268]​ En esta época se creó el cuerpo de Mozos de Escuadra, una fuerza de orden público.[269]

Se clausuró la universidad (el Estudio General), y se trasladaron los estudios superiores —excepto Medicina— a la Universidad de Cervera, ciudad que se había mantenido fiel a Felipe V.[270]​ Asimismo, se impuso el uso del idioma castellano a nivel de la administración pública y la justicia y, medio siglo después, de la enseñanza, por lo que el catalán quedó relegado al ámbito privado.[271][nota 14]​ El propio rey envió instrucciones a los corregidores para la introducción del castellano:

En el ámbito económico, se instauró el Real Catastro, un impuesto sobre las propiedades inmuebles y las actividades económicas.[261]​ La Taula de Canvi se convirtió en un banco privado, y el Consulado de Mar continuó como entidad, pero perdiendo casi todos sus recursos financieros. El cambio de moneda al real español comportó un grave perjuicio a la economía ciudadana, provocando la caída de precios y salarios.[270]

Con el fin de controlar militarmente la ciudad y sofocar posibles disturbios, se reconstruyó el castillo de Montjuic y se levantó una nueva fortaleza, la Ciudadela, para la que se derruyeron 1200 casas del barrio de la Ribera —quedando 4500 personas sin casa y sin indemnización—, así como los conventos de San Agustín y Santa Clara, y se desvió la Acequia Condal. Para su construcción se empleó a los prisioneros que habían participado en la defensa de la ciudad.[274]​ Obra de Jorge Próspero de Verboom, era un baluarte amurallado de forma pentagonal, con una fosa de protección y una explanada de 120 m de separación entre las murallas y las construcciones de alrededor. Derribado en la Revolución de 1868, en su perímetro se instaló el parque de la Ciudadela.[275]​ También, en 1720, se creó la Real Academia Militar de Matemáticas, para la formación de ingenieros militares; y, en el recinto del Hospital de la Santa Cruz, se fundó el Colegio de Cirugía.[276]

Pese a todo, durante esta centuria se produjo una creciente reactivación económica, basada en el crecimiento demográfico (de 30 000 habitantes en 1717 a 130 000 a finales de siglo) y en los nuevos procedimientos industriales que comportó la Revolución Industrial, de la que Cataluña fue pionera en la península. También coadyuvó la mejora de las técnicas agrícolas, como la especialización y la rotación de cultivos, lo que permitió generar excedentes y alejar el peligro de las hambrunas. Creció la exportación de productos a todo el ámbito nacional, preferentemente vino, aguardiente, frutos secos y manufacturas (tejidos, sombreros y papel).[277]​ Comenzó en este período la industrialización de los procesos textiles, el primer sector que incorporó nuevos procesos de fabricación basados en las nuevas tecnologías y el uso intensivo de mano de obra de la clase obrera. La primera fábrica de indianas (tejidos de algodón estampados) fue creada en 1737 por Esteve Canals, a la que siguieron otras muchas durante esta centuria y la siguiente.[278]

Otro factor que ayudó a la economía fue la apertura del comercio con América, que resultó muy fructuoso para la ciudad: en 1745, la fragata Nuestra Señora de Montserrat fue la primera nave catalana en recalar en América. En 1756 se fundó la Real Compañía de Comercio de Barcelona, que obtuvo el monopolio comercial con Puerto Rico, Santo Domingo y la isla de Margarita y, en 1764, la Junta Particular de Comercio, que consiguió de Carlos III la autorización de comerciar directamente con el Caribe y, posteriormente, con Luisiana (1765) y toda América (1778), dando origen a una intensa relación comercial sobre todo con la isla de Cuba, donde muchos comerciantes catalanes —conocidos como indianos— se hicieron ricos, una riqueza que trajeron de vuelta a la ciudad. Barcelona exportaba productos agrícolas y manufacturas textiles, e importaba azúcar, café, cacao, algodón y tabaco.[279]​ Por otro lado, la paz firmada por Carlos III con el Imperio otomano en 1785 permitió la llegada de mercancías procedentes de China.[280]​ En 1763 se inauguró un servicio bisemanal de diligencias entre Barcelona y Madrid.[281]​ A finales de siglo se creó igualmente la Real Compañía de Pesca de Barcelona, que estableció factorías en Patagonia.[282]

En el último cuarto de siglo hubo algunas revueltas populares: en 1773 se produjo una revuelta denominada motín de las quintas, motivada por el intento del gobierno central de instaurar un sistema de levas para el ejército basado en quintas por sorteo —hasta entonces el ejército se nutría solo de voluntarios—. El 4 de mayo, un grupo de jóvenes entró en la catedral y tocó a somatén; la revuelta se extendió por la ciudad y, cuando un grupo de rebeldes intentó salir de la ciudad, fue tiroteado por guardias del Portal Nou, causando varios muertos. Posteriormente intervino el ayuntamiento, que envió una queja al gobierno, el cual dio marcha atrás en la medida.[283]​ Igualmente, en 1789, unas malas cosechas provocaron el aumento del precio del pan, por lo que se produjo una revuelta popular conocida como Rebomboris del pa («alborotos del pan»): se quemaron varios despachos de pan y, al grito de Visca el Rei, mori lo general («viva el rey, muera el general»), la multitud se dirigió hacia el Pla de Palau, donde se hallaban las principales instituciones estatales de la ciudad; aunque el capitán general, el conde del Asalto, se había refugiado en la Ciudadela, hubo diversos enfrentamientos con la tropa, que provocaron la muerte de un soldado y un sargento, así como numerosos heridos. Finalmente, tras dos días de rebelión, se impuso el orden, con una dura represión que causó un centenar de deportados y seis condenados a muerte.[284]

A final de siglo, las consecuencias de la Revolución francesa llegaron a la península: tras entrar España en la coalición antirrevolucionaria, en 1793 Francia le declaró la guerra. La llamada en Cataluña Guerra Gran («guerra grande», 1793-1795) tuvo distintas ofensivas y contraofensivas, hasta desembocar en la paz de Basilea (1795), por la que España pasó a ser aliada de Francia. Este giro provocó dos guerras contra el anterior aliado, Reino Unido (1796-1802 y 1804-1809), que afectaron gravemente a la economía catalana.[285]

En el ámbito urbano, hay que remarcar la construcción en 1753 del barrio de La Barceloneta, promovida por el marqués de la Mina, el cual también reparó y amplió el puerto y fomentó la instalación del primer alumbrado público. El barrio de la Barceloneta se emplazó en una pequeña península de terrenos ganados al mar, con un trazado diseñado por el ingeniero Pedro Martín Cermeño, caracterizado por una trama de calles ortogonales y manzanas de casas de planta alargada, que supuso un claro exponente del urbanismo académico barroco.[286]​ Entre 1776 y 1778 se efectuó la reurbanización de la Rambla, un antiguo torrente que durante la Edad Media marcaba el límite occidental de la ciudad, que se fue poblando desde el siglo XVI, principalmente por teatros y conventos. En estas fechas se derribó la muralla interior, se realinearon los edificios y se diseñó un nuevo paseo ajardinado, al estilo del boulevard francés.[287]​ También se proyectaron los paseos de San Juan y de Gracia, aunque no se realizaron hasta el cambio de siglo el primero y 1820-1827 el segundo.[288]​ Durante este siglo se establecieron los mercados del Borne y la Boquería como los dos únicos de abastecimiento general y, en 1752, se regularon aspectos como pesos y medidas para la comercialización de productos alimentarios, además del carbón.[289]

En 1769 se hizo una reforma administrativa de la ciudad por la que se crearon cinco cuarteles subdivididos cada uno en ocho barrios: I-Palacio comprendía el puerto y el nuevo barrio de la Barceloneta; II-San Pedro era una zona eminentemente industrial; III-Audiencia se correspondía con el centro de la ciudad; IV-Casa de la Ciudad era una zona sobre todo residencial; y V-Raval acogía el terreno al oeste de la Rambla.[290]

Los inicios de la Edad Moderna estuvieron marcados por las grandes diferencias sociales procedentes del período medieval, aunque poco a poco comenzó a posibilitarse un cierto ascenso vertical originado en la prosperidad económica. Durante el siglo XVI la clase alta seguía estando formada por la nobleza de origen terrateniente, el clero y los prohombres de la ciudad, mientras fue creciendo una cierta clase media, formada por mercaderes y artesanos; en la clase baja se hallaban obreros y peones, además de ciertos grupos sociales ajenos a los estamentos clásicos, como los esclavos, los gitanos y los extranjeros y, más abajo aún, pobres y marginados.[232]

En el siglo XVIII la sociedad experimentó importantes cambios en su estructura: pese a la pervivencia de los tres estamentos de origen medieval (nobleza, clero y tercer estado), en este último se agudizaron las diferencias, ya que algunos segmentos comenzaron a destacarse del pueblo llano, tales como comerciantes, fabricantes, campesinos acomodados, funcionarios y profesionales liberales; este sería el germen de la burguesía, la nueva clase social que adquiriría el predominio en el siglo XIX. Igualmente, dentro del tercer estamento surgió una capa intermedia formada por tenderos, menestrales y campesinos autosuficientes. Por último, en las capas inferiores se hallaban obreros, peones, jornaleros, criados y marginados sociales.[291]

En cuanto a costumbres sociales, en el siglo XVIII la moda era elegante y ostentosa: los hombres vestían casaca, camisa, charreteras, calzas y medias hasta la rodilla; las mujeres, cotilla, corpiño y vestido, y era usual llevar pelucas, generalmente empolvadas. La nobleza solía fumar polvo de tabaco (rapé), mientras que las clases populares fumaban cigarros y pipas.[292]​ En su obra Viaje a España (1787), el escritor inglés Henry Swinburne testimonió que:

En 1520 se imprimió en la ciudad el primer libro de cocina de la península, el Llibre de Coch, del maestro Robert, que reseña la cocina catalana de la época.[294]​ Durante este período se introdujeron numerosos alimentos importados de América, como la patata, el tomate y el chocolate. También se establecieron diversos cocineros franceses e italianos, que popularizaron numerosos platos de esos países, al tiempo que la llegada de emigrantes del campo a la ciudad incorporaba a la gastronomía barcelonesa platos de todas las comarcas catalanas.[295]

Durante este período una de las fiestas más populares era la de Carnaval, en la que se celebraban bailes, mascaradas y mojigangas. Según el diario de la ciudad, el año 1702 Felipe V participó en la rúa de la Rambla. El barón de Maldá describió pormenorizadamente esta fiesta en su Calaix de sastre; detalla por ejemplo los más de 90 saraos que hubo en 1778.[296]​ En cuanto a espectáculos, uno de los más populares era el de la tauromaquia, del que se tienen noticias en la ciudad desde finales de la Edad Media: en 1387 el rey Juan I organizó una corrida de toros en el patio de su palacio (actual plaza del Rey). Durante este período hay referencias esporádicas: en 1560 hubo un toreo a caballo en la plaza del Ángel con motivo de la boda de Felipe II; en 1629 hubo un correbou en la plaza de San Agustín Viejo para celebrar el nacimiento del príncipe Baltasar Carlos. Hasta el siglo XVIII la mayoría de corridas se hacían en el paseo del Borne, hasta que, en 1758, se erigió una plaza de toros en la Barceloneta.[297]

Este período contempló dos principales estilos artísticos: el Renacimiento y el Barroco. Las innovaciones del Renacimiento italiano llegaron tarde, hacia finales del siglo XVI y, mientras tanto, pervivieron las formas góticas.[298]​ En arquitectura, las principales realizaciones fueron: el convento de los Ángeles y del Pie de la Cruz (1562-1566),[299]​ la Pia Almoina —actual Museo Diocesano de Barcelona—,[300]​ el Palacio del Lloctinent (1549-557) —actual Archivo de la Corona de Aragón—,[301]​ y la nueva fachada del Palacio de la Generalidad (1596-1619), de Pere Blai.[302]​ La escultura y la pintura también muestran una síntesis del estilo gótico con las nuevas influencias italiana, flamenca y francesa. En este período trabajaron algunos artistas extranjeros, como el brabantino Aine Bru, el portugués Pere Nunyes o el alsaciano Joan de Burgunya.[303]​ En escultura destacan el burgalés Bartolomé Ordóñez (coro de la Catedral de Barcelona, 1515-1520), y Agustí Pujol, autor del retablo del Rosario de la Catedral de Barcelona.[304]

Como pasó con las innovaciones renacentistas, el Barroco fue penetrando paulatinamente, con pervivencia de las tipologías anteriores y una nueva mezcla estilística en la ejecución de las obras.[305]​ Prácticamente hasta 1660 pervivió el clasicismo renacentista, que fue sustituido por un Barroco «salomónico decorativista» hasta 1705, fecha en que la arquitectura se fue volviendo más académica, hasta desembocar en el neoclasicismo.[306]​ Entre las obras más destacadas cabría citar: la Casa de Convalecencia del Hospital de la Santa Cruz (1629-1680), la iglesia de Belén (1681-1732) y la iglesia de San Severo (1698-1705),[307]​ así como el Palacio del Virrey (1668-1688) y la iglesia de Nuestra Señora de Gracia y San José (1687), obras de Fray Josep de la Concepció.[308]​ En el siglo XVIII hay que mencionar las iglesias de San Felipe Neri (1721-1752), San Miguel del Puerto (1753) y de la Merced (1765-1775),[309]​ así como el Colegio de Cirugía de Barcelona (1762-1764),[310]​ el palacio de la Lonja (1774-1802),[311]​ el palacio de la Virreina (1772-1778) y la Aduana —actual Delegación del Gobierno— (1790-1792).[312]​ De finales del siglo XVIII procede el jardín más antiguo que se conserva en la ciudad, el parque del Laberinto de Horta, de estilo neoclásico.[313]

La escultura barroca se enmarcó en el trabajo gremial y dentro de escuelas o de dinastías familiares, como los Tramulles, Grau, Costa, Pujol, Rovira, Sunyer y Bonifaç.[314]​ Entre las obras más importantes están el altar-baldaquino de Santa María del Mar (1772-1783), de Salvador Gurri; y el sepulcro de San Olegario de la Catedral de Barcelona (1678), de Francesc Grau y Domènec Rovira el Joven.[315]​ En 1673 se erigió en la plaza del Pedró el monumento público más antiguo que se conserva en la ciudad en su emplazamiento original, el Monumento a Santa Eulalia, obra de Llàtzer Tramulles y Lluís Bonifaç.[316]​ La pintura barroca tiene en el siglo XVII escasa relevancia, al ser sustituida en los retablos por el relieve escultórico policromado. Destaca Pere Cuquet, autor de los murales de las estancias de la Casa de la Ciudad de Barcelona (1647-1648).[317]​ En el siglo XVIII, en cambio, cobró más importancia, sobre todo en el ámbito civil y del encargo privado. La figura capital de la primera mitad de siglo fue Antonio Viladomat y, después, destacan nombres como Francesc Tramulles, Pere Pau Muntanya y Francesc Pla el Vigatà.[318]

En esta época proliferaron gracias al proyecto ilustrado las instituciones culturales, lo que se concretó en la fundación de diversas academias: Real Academia de Buenas Letras de Barcelona (1729), Real Academia de Medicina de Cataluña (1754), Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona (1764) y Academia de Jurisprudencia y Legislación de Cataluña (1777).[319]

La literatura al inicio de este período fue escrita predominantemente en catalán, aunque se fue introduciendo el castellano en el ambiente literario, como en la obra de Juan Boscán.[320]​ Durante los siglos xvi y xvii, Siglo de Oro de las letras hispanas, el castellano ganó prestigio y fue dominante entre la aristocracia y la burguesía, mientras que el catalán quedó arrinconado al ámbito familiar, pastoral, epistolar, docente y de la literatura popular.[321]​ Entre los autores barrocos se encuentran Pere Serafí, Francesc Fontanella, Josep Romaguera, Narcís Feliu de la Penya, el barón de Maldá y Antonio de Capmany.[322]​ Existen indicios de que Miguel de Cervantes visitó al menos una vez la ciudad y, en su obra El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (segunda parte, 1615), se hace mención a Barcelona, en un tono bastante elogioso:

Durante este período la música estuvo relegada a las capillas musicales de los centros religiosos, de las que destacaban, además de la de la catedral, las de las iglesias de Santa María del Mar, Santa María del Pino y San Justo; también cabe citar la del Palacio de la Condesa (Palacio Real Menor). El maestro de capilla solía ejercer de compositor, director musical y profesor y, además de las composiciones para oficios litúrgicos, en latín, componía algunas piezas en lengua romance para algunas festividades, entre las que destacan los villancicos. Entre los compositores más afamados cabe mencionar a: Pere Alberch, Joan Pau Pujol, Lluís Vicent Gargallo, Francisco Valls y Carles Baguer. En el siglo XVIII se introdujo la música secular y la ópera, terreno en el que destacó el compositor Domingo Terradellas, autor de una docena de óperas serias y otro tanto de cómicas.[324]

La ciencia adquirió un gran impulso durante este período, gracias a la nueva concepción del mundo y del ser humano auspiciada por el humanismo y, posteriormente, por la Ilustración. Aunque en 1714 Barcelona perdió su universidad, mantuvo los estudios de medicina en el Hospital de la Santa Cruz, donde en 1761 se creó el Colegio de Cirugía. En 1736 se fundó también la Academia de Matemáticas. Entre los diversos científicos de esta época se puede mencionar a: Jaume Salvador, botánico; Antoni de Martí, Francisco Salvá y Francisco Santpons, físicos; Carlos de Gimbernat, geólogo; Tomàs Cerdà, matemático; y Francisco Carbonell, químico.[325]​ En el campo de la medicina, Joan d'Alòs defendió la idea de la circulación de la sangre de Harvey (De corde hominis disquisitio, 1694), y Jaume Solà fue uno de los propulsores de la transfusión sanguínea; otros reconocidos médicos fueron Pedro Virgili y Antonio Gimbernat.[226]

Por último, conviene recordar la fecha del 1 de octubre de 1792 como la de la aparición del primer periódico editado en la ciudad, el Diario de Barcelona. Inicialmente solo publicaba noticias del extranjero y de corte científico, así como avisos y anuncios, proclamas oficiales, información meteorológica, movimientos del puerto y similares; en cambio, estaban censurados los comentarios políticos. En principio se publicó en castellano, aunque al cabo del tiempo incluyó algunos poemas en catalán; durante la ocupación napoleónica se editó en catalán y francés, para volver luego al castellano.[326]

Palacio del Lloctinent (1549-1557), de Antoni Carbonell.

Iglesia de Belén (1681-1732), de Josep Juli.

Iglesia de la Merced (1765-1775), de José Mas Dordal.

Monumento a Santa Eulalia (1673), de Llàtzer Tramulles y Lluís Bonifaç.

Degollación de San Cucufate (1504-1507), de Aine Bru, MNAC.

Jesús concede a San Francisco la indulgencia de la Porciúncula (1722-1724), de Antonio Viladomat, MNAC.

Código de las costumbres marítimas de Barcelona (1783), de Antonio de Capmany.

En este período hubo una gran revitalización económica, ligada a la Revolución Industrial —especialmente la industria textil—, lo que comportó a su vez un renacimiento cultural. Entre 1854 y 1859 se produjo el derribo de las murallas, por lo que la ciudad pudo expandirse, motivo por el que se impulsó el proyecto de Ensanche, elaborado por Ildefonso Cerdá en 1859. Asimismo, gracias a la revolución de 1868, se consiguió el derribo de la Ciudadela, cuyos terrenos fueron transformados en un parque público. La población fue creciendo, especialmente gracias a la inmigración procedente de otras regiones españolas, llegando a finales de siglo a los 400 000 habitantes.[327]

El siglo comenzó con la crisis económica derivada de la guerra con Francia y, posteriormente, Gran Bretaña, lo que provocó la paralización de la industria, el aumento del paro y el incremento de la mendicidad. Sin embargo, en 1802, la ciudad acogió con entusiasmo la llegada de la familia real para los enlaces matrimoniales del príncipe de Asturias, Fernando, con María Antonia de Nápoles, y de la infanta María Isabel con Francisco Genaro de Dos Sicilias. Para el evento se engalanaron las calles, se realizaron obras públicas, y se organizaron bailes, representaciones teatrales, mascaradas, desfiles con carrozas, fuegos artificiales y ascensiones en globo.[328]

En 1808 las tropas de Napoleón entraron en España con el pretexto de avanzar hacia Portugal. Sin embargo, lo que parecía una operación entre aliados se convirtió en una ocupación de la península, lo que dio origen a la guerra de la Independencia (llamada en Cataluña Guerra del Francés, 1808-1814). El 13 de febrero de ese año el general Duhesme ocupó pacíficamente Barcelona. Pronto se sucedieron las revueltas populares, que también cobraron tintes sociales contra el ya moribundo sistema del Antiguo Régimen, bajo el lema si no tenim rei, no hem de pagar («si no tenemos rey, no hemos de pagar»).[329]​ A finales de 1808 (3 de noviembre-17 de diciembre) Barcelona fue asediada por el general Juan Miguel de Vives, que contaba con el apoyo por mar de la Royal Navy británica, la cual bombardeó la ciudad el 19 de noviembre; sin embargo, fueron derrotados en las batallas de Cardedeu (16 de diciembre) y Molins de Rey (17 de diciembre) por los refuerzos franceses comandados por Saint-Cyr.[330]

Otro episodio sucedió el 9 de marzo de 1809, cuando la ciudad estaba a punto de ser liberada por Juan Clarós, cuando un temporal obligó a la flota inglesa que le apoyaba a retirarse.[331]​ Poco después se produjo el llamado complot de la Ascensión (12 de mayo de 1809), un intento de sublevación frustrado por la delación de uno de los conspiradores, que comportó penas de muerte a cinco detenidos; el día de su ejecución, tres ciudadanos repicaron las campanas llamando a somatén, por lo que también fueron ajusticiados.[332]​ Pero excepto pequeños conatos como este, la ciudad no opuso mucha resistencia al invasor.[333]​ La ocupación francesa se hizo efectiva paulatinamente y, en 1812, Cataluña fue anexionada directamente a Francia.[334]​ Se hizo una nueva división territorial en departamentos, al estilo francés, en que Barcelona fue capital del departamento de Montserrat (1812).[335]​ Con el fin de la guerra y la derrota napoleónica, el 28 de mayo de 1814 las tropas francesas abandonaron la ciudad.[336]

Durante la ocupación, se acuñó en Barcelona una moneda de 2 1/2 pesetas (1808),[nota 15]​ y, al año siguiente, una de 5 pesetas, del tamaño y peso de las de 8 reales, que funcionaron hasta el final de la guerra. En 1868 la peseta pasó a ser la moneda oficial en todo el país.[338]

En el ámbito nacional, en 1810 se reunieron las Cortes de Cádiz, que redactaron la primera constitución española en 1812; Cataluña aportó 15 diputados, entre ellos dos barceloneses, Antonio de Capmany y Ramón Lázaro de Dou.[339]​ La nueva constitución supuso la modernización de las estructuras del estado; entre otras cosas, dio paso a la creación de los modernos ayuntamientos, presididos por la figura del alcalde, de elección popular.[340]​ Sin embargo, las expectativas creadas por la nueva constitución se vieron frustradas y, tras la derrota de las tropas napoleónicas, el reinado de Fernando VII supuso la reinstauración del absolutismo.[341]

Pese a todo, las ideas liberales aportadas por los franceses calaron en la población y, desde entonces, Barcelona fue un importante centro difusor del liberalismo. En 1817 el general Lacy protagonizó una fracasada sublevación que le costó la vida.[342]​ Pero, en 1820, el pronunciamiento de Rafael del Riego tuvo su reflejo en la Ciudad Condal, y una revuelta popular en el Pla de Palau obligó al general Castaños a proclamar la Constitución.[343]​ Se inició entonces el Trienio Liberal (1820-1823), que comportó la libertad de imprenta, la abolición de la Inquisición y, entre otras cosas, la provisional restauración de la Universidad de Barcelona —revertida al final del trienio—.[342]​ Surgió también entonces el primer ayuntamiento constitucional, cuyo primer alcalde, elegido el 24 de marzo de 1820, fue Narciso Sans y Rius.[344]​ De esta etapa hay que señalar un fuerte brote de fiebre amarilla vivido en la ciudad en 1821, que dejó más de 8000 muertos.[345]

Sin embargo, en 1823, con ayuda francesa (los Cien Mil Hijos de San Luis), el rey retornó de nuevo al absolutismo. Barcelona fue ocupada por tropas francesas, que se acuartelaron en la ciudad durante cuatro años. Paradójicamente, ello supuso un cierto bienestar para la sociedad, porque en el resto del país las revanchas contra los sectores liberales fueron cruentas. Pero, en 1827, tras la retirada de los franceses, fue nombrado capitán general de Cataluña el conde de España, quien inició una brutal represión contra los liberales, con cientos de ejecuciones y miles de encarcelamientos, generalmente sin juicio ni pruebas.[346]​ Ese mismo año, el rey inició un tímido aperturismo, con algunas reformas moderadas, que sin embargo no fueron del agrado de los sectores conservadores, los cuales protagonizaron una revuelta llamada guerra de los Agraviados o malcontents (marzo-septiembre de 1827). Para contentarlos, el rey visitó Barcelona, e hizo algunas concesiones, aunque los dirigentes malcontents fueron ajusticiados.[347]​ Fernando VII residió medio año en la ciudad, desde el 4 de septiembre de 1827 al 9 de abril de 1828.[280]

La Década Ominosa (1823-1833) evidenció, pese a todo, lo caduco de un sistema superado por nuevos factores sociales y económicos como el auge de la burguesía y el inicio de la era industrial, que sucedía al sistema preferentemente agrario en que se basaba el Antiguo Régimen. Finalmente, el advenimiento de Isabel II, apoyada por los sectores liberales frente a los más conservadores de la facción carlista que se opuso a su entronización, favoreció el avance social y cierta democratización del sistema político.[348]​ Una de las primeras medidas del nuevo régimen liberal fue una nueva división administrativa en provincias, que deparó cuatro para Cataluña: Barcelona, Tarragona, Lérida y Gerona.[349]​ En 1835 se retomó la línea constitucional de alcaldes de la ciudad —con la figura de José Mariano de Cabanes—, ininterrumpida desde entonces.[350]​ Por otro lado, en 1836 se logró el definitivo restablecimiento de la Universidad de Barcelona, que se emplazaría en un nuevo edificio construido por Elías Rogent.[351]

Sin embargo, las disputas entre los sectores moderados y progresistas dentro del partido liberal provocaron diversos enfrentamientos. En Barcelona, este clima de tensión produjo numerosos disturbios —conocidos como bullangues («tumultos»)—, que se solían traducir en una abierta hostilidad hacia la nobleza y el clero: en 1835, a raíz de una protesta popular por la mala calidad de los toros de una corrida, los sublevados quemaron los conventos de Santa Catalina, San José, San Francisco, San Agustín, los Trinitarios y el Carmen, así como la fábrica El Vapor, y asesinaron al general Bassa.[352]​ En 1836, las noticias llegadas a la ciudad de los excesos cometidos por los carlistas condujeron a la multitud a asaltar la cárcel de la Ciudadela y matar a unos cien prisioneros de guerra carlistas.[353]​ El 13 de enero de 1837, algunos batallones de la Milicia Nacional se sublevaron a favor de la Constitución de 1812, pero la revuelta fue sofocada por el capitán general, barón de Meer, quien disolvió el ayuntamiento y la diputación provincial.[353][354]​ En 1842, siendo regente el general Baldomero Espartero, un pequeño incidente en el fielato de Portal del Ángel provocó la intervención del ejército, que ocupó la plaza de San Jaime; se inició entonces una reacción popular que obligó al ejército a salir de la ciudad, y se reclamó la dimisión de Espartero, la convocatoria de Cortes Constituyentes y la defensa del proteccionismo.[355]​ Barcelona fue sitiada por el ejército, que se negó a cualquier negociación y, tras la llegada de Espartero a la ciudad, este ordenó el bombardeo desde el castillo de Montjuïc (3 y 4 de diciembre de 1842), que duró doce horas y destruyó 462 casas.[356]​ Igualmente, en 1843, una nueva revuelta conocida como la Jamància provocó otro bombardeo de la ciudad, desde el 7 de septiembre hasta el 19 de noviembre, a cargo del general Prim, que no cesó hasta que se rindió la Junta que había tomado el poder en la ciudad; los tres meses de asedio dejaron un saldo de 335 muertos, además de numerosos daños materiales.[357]

Entre 1844 y 1854 se vivió la llamada Década Moderada, por ser este sector el que se mantuvo en el poder. En 1845 se promulgó una nueva constitución bastante más conservadora y centralista, bien recibida por la burguesía catalana —aglutinada en el Instituto Agrícola Catalán de San Isidro—, pero impopular entre las clases bajas, que se vieron desfavorecidas, más especialmente desde la crisis económica de 1846, la cual favoreció el estallido de la segunda guerra carlista (1846-1849), circunscrita al ámbito catalán.[358]​ La política del gobierno central con Cataluña en este período fue criticada por el general Prim, quien en un discurso en las Cortes pronunciado en 1851 manifestó que:

El período moderado terminó por un nuevo levantamiento protagonizado por el general O'Donnell en 1854, que fue secundado por las clases populares barcelonesas, descontentas con los bajos salarios y la escasez de empleo. Se inició entonces el Bienio Progresista (1854-1856), que supuso el retorno al poder de Espartero. Pero, debido a los continuos amotinamientos y falta de estabilidad, en 1856 volvió el poder a manos de los moderados, liderados por Narváez (1856-1858), al que sucedió O'Donnell (1858-1863).[359]​ Sin embargo, la burguesía catalana, desencantada ya con los moderados, e influida por el romanticismo y el inicio de la Renaixença cultural, se iría decantando hacia un regionalismo conservador, que derivaría a finales de siglo en el catalanismo.[360]

La Revolución Industrial tuvo una rápida implantación en Cataluña, siendo pionera en el territorio nacional en la implantación de los procedimientos fabriles iniciados en Gran Bretaña en el siglo XVIII. En 1737 se creó en Barcelona la primera fábrica de manufacturas textiles, la de Esteve Canals. A esta sucedieron diversas fábricas instaladas en el Raval y extramuros, como la de Erasmo de Gónima, que llegó a tener mil trabajadores. A finales de siglo se introdujeron nuevas máquinas movidas por energía hidráulica. En 1800 había en Barcelona 150 fábricas del ramo textil, entre las que destacaba El Vapor, fundada por José Bonaplata. En 1849 se abrió en Sants el complejo La España Industrial, propiedad de los hermanos Muntadas. La industria textil tuvo un continuo crecimiento hasta la crisis de 1861, motivada por la escasez de algodón debida a la guerra de Secesión estadounidense.[361]​ También fue cobrando importancia la industria metalúrgica, potenciada por la creación del ferrocarril y la navegación a vapor. En 1836 abrió la fundición Nuevo Vulcano, en la Barceloneta; y, en 1841, arrancó La Barcelonesa, antecedente de La Maquinista Terrestre y Marítima (1855), una de las más importantes fábricas de la historia de Barcelona.[362]

A mediados de siglo, sin embargo, el aumento de la industrialización en la ciudad se vio frenado por la falta de espacio, ya que las nuevas fábricas requerían amplios terrenos para instalarse, y la ciudad ya estaba saturada. Fuera de las murallas estaba prohibido construir a una distancia de un tiro de bala de cañón desde la muralla (1200 m), debido a la consideración de plaza militar de la ciudad. Así que las nuevas industrias empezaron a instalarse en los pueblos del entorno, que experimentaron entonces un fuerte desarrollo urbano, principalmente Sants, Gracia, San Andrés y San Martín.[363]

La proliferación de nuevas industrias comportó un auge del sector financiero, auspiciado también por la llegada de fortunas forjadas en las colonias —principalmente Cuba—, las de los llamados indianos. En 1844 se creó el Banco de Barcelona y, el mismo año, la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Barcelona y la Banca Vilalta i Mas; en 1852, la Societat Garriga Germans i Fills; en 1856, el Crédito Mobiliario Barcelonés y la Caja Catalana Industrial y Mercantil;[364]​ en 1876, el Banco Hispano Colonial;[365]​ en 1881, el Banco de Cataluña;[364]​ y, en 1886, el Banco Garriga Nogués.[366]​ También se fundaron la Sociedad Catalana General de Crédito (1856) y la Catalana General de Seguros.[367]

Uno de los mayores factores de dinamización de la ciudad como capital de un amplio entorno metropolitano fue la llegada del ferrocarril: de Barcelona partió en 1848 la primera línea de ferrocarril de la España peninsular, que comunicaba la Ciudad Condal con la villa de Mataró. Se crearon entonces las estaciones de Francia (1854), Sants (1854) y del Norte (1862). La capital catalana se convirtió en el centro de una red ferroviaria en forma de 8 —el llamado «ocho catalán»—, formada por dos anillos que se cruzan en la ciudad. En los años 1880 había ya enlaces con Francia, Madrid, Zaragoza y Valencia, además del resto de capitales de provincia catalanas. Operaban en esa época dos compañías: Ferrocarril del Norte y MZA (Madrid-Zaragoza-Alicante), integradas en 1941 en RENFE.[368]​ Por otro lado, en el puerto de Barcelona se sumergió por primera vez un submarino, el Ictíneo I, creado por Narciso Monturiol, el cual fue botado el 28 de junio de 1859. Se presentó al público el 23 de septiembre, fecha en que se sumergió durante 2 horas y 20 minutos a una profundidad de 20 m.[369]

Los nuevos procesos industriales supusieron un aumento de la conflictividad laboral, ya que los trabajadores temían ser sustituidos por las nuevas máquinas. Así, por ejemplo, el 14 de julio de 1854, al abrigo de una nueva revuelta liberal, varios obreros saquearon fábricas y quemaron maquinaria industrial (conflicto de las selfactinas).[370]​ Poco a poco fue ganando terreno un nuevo sentimiento de clase que propició el asociacionismo obrero: en 1840 se fundó la Asociación Mutua de la Industria Algodonera, primera entidad que tenía por objetivo mejorar las condiciones de vida y laborales de los trabajadores. En 1854 se creó la Unión de Clases, primera asociación que promovió el uso de la huelga como medida de presión. En 1855, con motivo de la ejecución del dirigente obrero Josep Barceló, se declaró la primera huelga general, al tiempo que una revuelta ciudadana fue violentamente sofocada por el gobernador militar.[371]

La industrialización comportó importantes cambios en el urbanismo de la ciudad, debido a las nuevas necesidades de los sectores económicos de sistema capitalista, que requerían una fuerte concentración de mano de obra y de servicios auxiliares. Barcelona sufrió así un importante salto a la modernidad, caracterizada por tres factores: la migración poblacional del campo a la ciudad, la vinculación entre los avances industriales y los urbanísticos, y una mejor articulación del territorio mediante una amplia red de carreteras y ferrocarriles, que llevaría a Barcelona a convertirse en una metrópoli colonizadora de su entorno territorial.[372]

En aquellas fechas, Barcelona comenzaba a ser una ciudad moderna comparable a otras ciudades europeas, como atestiguan algunos testimonios de la época: en 1835 el viajero francés Charles Didier escribió que «Barcelona es a España aquello que Milán es a Italia»; en 1872, el barón Jean-Charles Davillier opinaba que «ha sido nombrada con justicia el Mánchester de la Península»; y el historiador francés Louis Teste comentaba en 1872 que era «la más bella de las ciudades modernas, la más activa y la más rica de España».[327]​ También Hans Christian Andersen la definió como «el París de España».[373]

Paralelamente a los procesos industriales, Barcelona vivió a lo largo del siglo XIX una amplia serie de transformaciones urbanas: se abrió la calle de Ferran en 1827, entre la Rambla y la plaza de San Jaime, con una posterior continuación hacia el Borne con las calles de Jaime I (1849-53) y Princesa (1853).[374]​ En 1833 se inició la ampliación del Pla de Palau, que por entonces era el centro neurálgico de la ciudad, debido a la presencia del Palacio Real, la Lonja y la Aduana; se amplió la plaza y se construyó el Portal de Mar (1844-1848), un monumental pórtico de acceso a la Barceloneta desde el casco viejo, obra de Josep Massanès, que fue derribado en 1859 conjuntamente con las murallas de la ciudad.[375]​ Massanès fue autor también de un plan de ensanche en 1838 que no llegó a término, que comprendía el triángulo situado entre Canaletas, la plaza de la Universidad y la plaza Urquinaona, y que ya esbozaba lo que sería la plaza de Cataluña, situada en el centro del triángulo.[376]

Otro factor que favoreció el urbanismo de estos años fue la desamortización de 1836, que dejó numerosos solares que fueron edificados o convertidos en espacios públicos, como los mercados de la Boquería y Santa Catalina, el Gran Teatro del Liceo y dos plazas trazadas por Francesc Daniel Molina: la plaza Real y la plaza del Duque de Medinaceli.[nota 16]​ De igual forma, las nuevas disposiciones sanitarias promulgadas en esta época supusieron la desaparición de numerosos cementerios parroquiales, cuyos solares se urbanizaron como nuevas plazas públicas: surgieron así plazas como la de Santa María, del Pino, de San José Oriol, de San Felipe Neri, de San Justo, de San Pedro y de San Jaime.[377]​ Esta última se convirtió en el corazón político de la ciudad, ya que se encuentran allí el Ayuntamiento de Barcelona y la Generalidad de Cataluña.[378]​ Por otro lado, la desaparición de los cementerios parroquiales comportó la creación de un nuevo camposanto situado fuera de la ciudad, el cementerio del Este o de Pueblo Nuevo, basado en un proyecto de 1773 pero que se construyó principalmente entre 1813 y 1819. Le siguió en 1883 el cementerio del Sudoeste o de Montjuic, mientras que ya en el siglo XX se construyó el del Norte o de Collserola (1969).[379]

En 1842 se dio inicio a uno de los más claros factores de modernidad derivados de los nuevos avances científicos, la iluminación de gas. Las primeras calles iluminadas fueron la Rambla, la calle de Ferran y la plaza de San Jaime, concretamente con gas producido por destilación seca de la hulla (gas ciudad). Ese año se creó la Sociedad Catalana para el Alumbrado por Gas, rebautizada en 1912 como Catalana de Gas y Electricidad.[380]​ En estos años se acondicionó el puerto, cada vez más importante como llegada de materia prima —sobre todo algodón y carbón—, con la construcción de un nuevo muelle y el dragado del puerto, a cargo del ingeniero José Rafo, quien presentó su proyecto en 1859.[381]

Cabe remarcar también que en este siglo aparecieron los primeros parques públicos, ya que el aumento de los entornos urbanos debido al fenómeno de la Revolución Industrial, a menudo en condiciones de degradación del medio ambiente, aconsejó la creación de grandes parques y jardines urbanos, que corrieron a cuenta de las autoridades públicas.[382]​ El primer jardín público de Barcelona se creó en 1816: el Jardín del General, una iniciativa del capitán general Castaños; estaba situado entre la actual avenida Marqués de la Argentera y la Ciudadela —delante de donde hoy se halla la estación de Francia—, y tenía una extensión de 0,4 ha, hasta que desapareció en 1877 durante la urbanización del parque de la Ciudadela.[383]

A mediados de siglo se produjo un hecho trascendental que cambió por completo la fisonomía de la ciudad, el derribo de las murallas. Durante los siglos XVIII y XIX la población fue creciendo constantemente (de 34 000 habitantes a principios del siglo XVIII a 160 000 a mediados del XIX), lo que comportó un aumento de la densidad poblacional alarmante (850 habitantes por hectárea), poniendo en riesgo la salubridad de la ciudadanía. Sin embargo, debido a su condición de plaza fuerte, el gobierno central se oponía al derribo de las murallas. Comenzó entonces un fuerte clamor popular, liderado por Pedro Felipe Monlau, quien en 1841 publicó la memoria ¡Abajo las murallas!, en la que defendía su destrucción para evitar enfermedades y epidemias. Por fin, en 1854 se dio el permiso para su derribo, con lo que se dio la vía de salida para la expansión territorial de la ciudad.[384]

El derribo de las murallas favoreció el proyecto de Ensanche, elaborado por Ildefonso Cerdá en 1859.[nota 17]​ El Plan Cerdá instituía un trazado ortogonal entre Montjuic y el Besós, con un sistema de calles rectilíneas de orientación noroeste-sureste, de 20 m de anchura, cortadas por otras de orientación suroeste-noreste paralelas a la costa y a la sierra de Collserola. Quedaban así delimitadas una serie de manzanas de planta cuadrada de 113,3 m de lado, de las cuales Cerdá tenía previsto edificar solo dos lados y dejar los otros espacios para jardines, aunque este punto no se cumplió y finalmente se aprovechó prácticamente todo el suelo edificable; las edificaciones se proyectaron con una planta octogonal característica del Ensanche, con unos chaflanes que favorecían la circulación.[385]​ El plano preveía la construcción de varias avenidas principales: la Diagonal, la Meridiana, el Paralelo, la Gran Vía y el paseo de San Juan; así como varias grandes plazas en sus intersecciones: Tetuán, Glorias, España, Verdaguer, Letamendi y Universidad.[386]​ Asimismo, contemplaba una serie de nuevas rondas que circunvalarían la ciudad antigua, en el lugar dejado por las murallas: las rondas de San Pablo, San Antonio, Universidad y San Pedro.[387]

En estas fechas aparecieron también los primeros servicios de bomberos y policía propios de la ciudad. En 1843 se creó la Guardia Urbana de Barcelona, encargada de la defensa de la seguridad ciudadana; en 1938 asumieron también el control del tráfico y la circulación urbana.[388]​ Por otro lado, en 1849 surgió la Sociedad de Socorro Mutuo contra Incendios, una empresa privada que en 1865 fue sustituida por la Sociedad de Extinción de Incendios y Salvamento de Barcelona, el primer servicio público de bomberos gestionado por el Ayuntamiento.[357]​ Por otro lado, en 1855 se inició el servicio de telégrafo, con una red de carácter radial centrada en Madrid, que a partir de 1920 se extendió de forma periférica con Valencia, Sevilla y La Coruña. Controlada por el Estado, el servicio fue incorporado al de correos, creándose la Dirección General de Correos y Telégrafos.[389]

De esta época cabe destacar también la introducción del tranvía para el transporte urbano. En 1860 se había abierto una línea de ómnibus que recorría la Rambla, pero la lentitud de los carruajes hacía poco viable este medio de transporte. En 1872 se colocaron raíles para su tracción, lo que aligeró el transporte, con coches de modelo imperial —de origen inglés—, tirados por dos o cuatro caballos. La línea se alargó desde el puerto (Atarazanas) hasta la villa de Gracia, y posteriormente desde las Atarazanas hasta la Barceloneta. Una de las primeras líneas en operar fue la inglesa Barcelona Tramways Company Limited. En 1899 los tranvías fueron electrificados.[390]

En estos años fue creciendo también el mobiliario urbano, especialmente desde la designación en 1871 de Antonio Rovira y Trías como responsable de Edificaciones y Ornamentación del Ayuntamiento, así como de su sucesor, Pere Falqués, quienes pusieron un especial empeño en aunar estética y funcionalidad para este tipo de aderezos urbanos. El incremento de elementos como farolas, fuentes, bancos, quioscos, barandillas, jardineras, buzones y otros servicios públicos se vio favorecido por el auge de la industria del hierro, que permitía su fabricación en serie y resultaba de mayor resistencia y durabilidad.[391]

En los años 1880 comenzó la instalación de iluminación eléctrica, que fue sustituyendo paulatinamente a la de gas en las vías públicas. En 1882 se colocaron las primeras farolas en la plaza de San Jaime y, entre 1887 y 1888, se electrificaron la Rambla y el paseo de Colón. Sin embargo, la generalización de la luz eléctrica no se produjo hasta inicios del siglo XX, con la invención de la bombilla, y no se concluyó hasta 1929.[392][nota 18]

Otro de los servicios que surgió a finales de siglo fue el teléfono. En Barcelona se produjo la primera comunicación telefónica de toda la península, efectuada en 1877 entre el castillo de Montjuic y la fortaleza de la Ciudadela. Ese mismo año se realizó la primera transmisión interurbana entre Barcelona y Gerona, a cargo de la empresa Dalmau i Fills, pionera en la instalación de líneas en la Ciudad Condal. En 1884 se estableció el monopolio estatal del servicio, pero dos años después se autorizó su explotación a la empresa Sociedad General de Teléfonos de Barcelona, que fue posteriormente absorbida por la Compañía Peninsular de Teléfonos. En 1925 el servicio fue nacionalizado por la dictadura de Primo de Rivera, y se creó la Compañía Telefónica Nacional de España.[393][nota 19]

Cabe señalar también que durante el siglo XIX el aumento de la población y las nuevas necesidades industriales comportaron un aumento del consumo de agua, lo que requirió una mayor red de captación y distribución de este elemento. Así, a finales de siglo se construyó una nueva canalización desde Dosrius (Maresme), con una galería de 17 km y un acueducto de 37 km que traía el agua a la ciudad. Aparecieron entonces las primeras empresas comercializadoras, la principal de las cuales fue la Sociedad General de Aguas de Barcelona (AGBAR), creada en 1882.[394]

A finales de siglo se empezó a urbanizar las calles con aceras de losetas y calzada de adoquines, sustituidos en los años 1960 por asfalto. Los adoquines solían ser de piedra de Montjuic, de 25 cm de diámetro, mientras que las losetas para aceras solían ser de mortero de cemento, en baldosas de 20 x 20 cm, con diversos diseños entre los que destacan uno de flores creado por Josep Puig i Cadafalch o uno de motivos marinos ideado por Antoni Gaudí.[395]

En el terreno administrativo, en este siglo se realizaron numerosas divisiones, la mayoría efectuadas por motivos políticos, ya que los distritos marcaban también las circunscripciones electorales. Las más destacadas fueron las de 1837, en que la ciudad quedó dividida en cuatro distritos (Lonja, San Pedro, Universidad y San Pablo); y la de 1878, después del derribo de las murallas, en que se establecieron 10 distritos: I-La Barceloneta, II-Borne, III-Lonja, IV-Atarazanas, V-Hospital, VI-Audiencia, VII-Instituto, VIII-Universidad, IX-Hostafranchs y X-Concepción.[396]

La crisis económica que vivía España desde 1866 y la falta de alternancia política entre moderados y progresistas propiciaron en 1868 una revolución —apodada la Gloriosa—, iniciada con el pronunciamiento del almirante Topete en Cádiz el 17 de septiembre, que dio comienzo al llamado Sexenio Democrático (1868-1874).[397]​ La reina Isabel II se exilió a Francia, y tomó el poder un gobierno provisional dirigido por los generales Prim y Serrano. En Barcelona se hizo cargo del poder una junta revolucionaria, la cual, entre otras medidas, inició el derribo de la fortaleza de la Ciudadela.[398]​ En 1869 se realizaron unas elecciones a Cortes Constituyentes, las primeras por sufragio universal, y se promulgó una nueva constitución, la cual, pese a su carácter liberal y democrático, mantenía la monarquía y el centralismo, lo que provocó el descontento de los sectores federalistas. Por ello, en octubre de 1869, se inició una rebelión por toda Cataluña, que fue sofocada por el capitán general Gaminde.[399]​ En 1870 hubo una nueva revuelta popular en contra de las levas de soldados para la guerra de Cuba, uno de cuyos principales focos estuvo en la entonces villa de Gracia —hoy un barrio de la ciudad—, que fue bombardeada por el general Gaminde durante cuatro días.[400]



Escribe un comentario o lo que quieras sobre Historia de Barcelona (directo, no tienes que registrarte)


Comentarios
(de más nuevos a más antiguos)


Aún no hay comentarios, ¡deja el primero!